LA UNAM Y UN PATRIÓTICO SUICIDIO
Por Gerardo Reyes Gómez

El suicida más patriota que México ha tenido fue Mario Ruiz Massieu, sospechosamente decidió quitarse la vida un 15 de septiembre, cuando en la sonora e iluminada noche capitalina, llena de fuegos artificiales multicolores, cohetes, y petardos, se escucharía el triple grito de: ¡viva México!
La UNAM, víctima de la agresión presidencial más terrible del Siglo XX, no pudo hacer ondear la bandera a media asta, como le hubiera gustado al ex secretario de Gobernación Jorge Carpizo. En esos momentos, el también ex rector de la UNAM, todavía no sabía que su ex colaborador más cercano, quien había ocupado la Secretaría de la Rectoría (responsable de los servicios internos de inteligencia) lo había tildado de "traidor", en una amarga misiva que pretendía aclarar quienes eran los responsables de su muerte.
Un patriótico suicidio que, para el grupo en el poder, resultó fatalmente inoportuno; la derrama de recursos para corromper a los medios electrónicos y a los comunicadores oficialistas, con objeto de impedir que traten el asunto, ha sido impresionante.
En medio de dos procesos nacionales de sucesión: el de la Presidencia de la República y el de la rectoría de la UNAM, Mario, aquel taciturno y pálido jovencito que transitó cogido de la mano de Carpizo por la Universidad, la Comisión de Derechos Humanos, la Procuraduría General de la República y la Secretaría de Gobernación, todo durante el tristemente célebre sexenio salinista, echó a perder los intentos del grupo político del ex rector para, desde el Instituto de Ciencias Jurídicas, colocar a Diego Valadés como jefe nato de la UNAM. Ese fue un efecto indudablemente valioso, para una casa de estudios que ha sido enfrentada con la posibilidad de su desaparición, al menos con la estructura que le fue tradicional.
El actual procurador general de la República, Jorge Madrazo Cuellar, quien fuera ayudante de profesor en la cátedra que impartía Jorge Carpizo en la Facultad de Derecho, y luego caminaría sobre los pasos de su ex jefe, la noche del patriótico suicidio tampoco sabía que al otro día tendría que comer cantidades industriales de camote, obligado a pronunciar un discurso que fue como arrojar dos escupitajos; uno al cielo y otro sobre la tumba de Mario, el querido ex compañero de grupo político que le disputaba los favores de Carpizo.
Mientras la Universidad se sacude la nefasta influencia de grupos políticos universitarios que traicionarían su misión y sus principios, ahora en la Universidad se abre la expectativa de una transformación positiva que servirá para ensanchar los límites de la participación democrática. Y, curiosamente, Ernesto Zedillo, sin proponérselo, está legando al país una generación de jóvenes con plena conciencia de su papel de actores politizados que, dentro de algunos años, serán los líderes que dirijan al país. La juventud, antes del nefasto Barnés, de Sarukán y Carpizo, estaba aletargada, como sumida en el sueño de la inconsciencia, incapaz de pensar por sí misma.
Ahora, aunque inmersos en un movimiento de huelga que en cierta medida está manipulado por la Presidencia y Gobernación, los universitarios han aprendido en unos meses, lo que a otros les tomaría toda una vida y, quizá, ni así lograrían capitalizar esa gran experiencia. Pronto esos jóvenes estarán, si es que ya no lo están, listos para construir un México mucho mejor del que conocieron durante su infancia. El proceso ha resultado muy costoso, pero el sacrificio es la moneda con que  se paga la gloria.