Linea Directa


EL SECRETARIO INCÓMODO
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 24-09-01)

El señor de la alba torre de Tlaltelolco, quien recientemente compareció ante el pleno del Senado, piensa que su jefe no le puede pedir la renuncia a su cargo de canciller debido, principalmente, a que no fue el jefe del Poder Ejecutivo quien lo colocó en esa posición, sino  el Departamento de Estado. Y tiene en gran parte razón, pero su premisa es engañosa o semifalsa.

Como sabemos don Jorge Castañeda Gutman es un hombre de la CIA. No un miembro de esa Agencia, porque para esa calidad el canciller necesitaría ser estadounidense, haber prestado juramento, haber recibido entrenamiento y estar dedicado a cuestiones operativas. No, él ha sido un analista protegido de esa organización, un intelectual que ha tenido acceso a información privilegiada y al estudio de las estructuras de poder del establismenth. Pero no olvidemos que la CIA (al igual que don Jorge) está también coordinada con el Departamento de Estado, para defender los intereses norteamericanos en el extranjero.

Sin embargo, el señor de Tlaltelolco cometió uno más de sus garrafales errores: durante su comparecencia ante el Senado todos nos dimos cuenta que exhibió, como el más apasionado deportista, su amor por la camiseta, pero no por la nuestra, sino por la que lleva los colores de las barras y las estrellas. Si de esa forma quisiera y defendiera, hasta el punto de la irracionalidad ética y jurídica, a México, contaríamos con un gran patriota, pero está claro, don Jorge no podía ser perfecto.

¿Inteligente? sí, estudioso, perseverante, sibarita y diletante, agudo y serio conocedor, también, pero al mismo tiempo, soberbio, prepotente, intransigente, autoritario y discriminante. Empero, si no fuera por esos “pecadillos”, debidos al problema fundamental de su personalidad, aquellos que lo llevan, con más frecuencia de la que el mismo acepta, a ofrecer respuestas histéricas, con todo lo que ello implica, entonces pocas oportunidades hubiéramos tenido para detectar de qué pié cojea un canciller que se pliega más a los deseos del señor Colin Powell que los del jefe del Ejecutivo mexicano que aunque semejantes, no son idénticos.

El canciller, podemos afirmarlo con contundencia, ya cumplió su misión: logró levantar el acta de defunción a la Doctrina Estrada, en beneficio de nuestros vecinos del Norte, ello sin ofrecer un réquiem y ni siquiera unas poco sentidas condolencias. Aunque Santiago Creel opine lo contrario y trate de enmendarle la plana, para el Departamento de Estado Castañeda fue el campeón, lo que afirme el de Gobernación es solo para el consumo interno, lo que verdaderamente cuenta es que Castañeda fue efectivo y eficiente y los vecinos del Potomac se lo reconocen y se lo agradecen, por eso la seguridad en sí mismo que orgullosamente despliega ante sus pares. Él si sabe cumplir.

Recapitulando: don Jorge Castañeda tiene gran parte de razón; ante el juego real de sus lealtades, don Vicente Fox se las vería negras, para poder sacarlo de la blanca Torre de la cancillería, no obstante es tal la impopularidad del más incómodo de sus secretarios de Estado, que un día de estos se anima a pedirle otro favor a su amigo George Bush, para sacarse le espina y, además, ganar legitimidad entre sus gobernados.


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