Linea Directa


LOS PROBLEMAS DE ALCOBA EN LOS PINOS
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 20-07-01)

Instalado a sus anchas en la más completa irracionalidad, don Vicente Fox no deja pasar un día sin sorprendernos con nuevas como valiosas aportaciones. Es lamentable que el muy sui generis (de tan profundo) discurso presidencial se haya dado a conocer en el extranjero, como sucedió en el más reciente de sus viajes a la república chilena, durante el cual afirmó con desparpajo el presidente que: “el cero crecimiento económico, crea oportunidades”. Idiotas de los mexicanos que no nos habíamos percatado de lo “suertudos” que somos y del brillante talento del señor de Los Pinos.

Con todo, hoy no tenemos el propósito poner en tela de juicio el rico caudal de conocimientos económicos que posee el primer jefe del Estado mexicano (aunque algunos afirmen que en México el único jefe es, con mucho, el senador Diego Fernández. Sin embargo nosotros, tan formalitos como somos, preferimos pensar que el presidente de la República continúa siendo, nos guste o no, don Vicente Fox). Pero ¡no! Para nosotros lo importante hoy no es el homo economicus que Fox lleva dentro, sino una situación que consideramos muchos más importante: sus problemas de alcoba.

Antes de continuar debemos ofrecer una explicación sobre la ética profesional del comunicador. Es práctica común que el periodista serio y objetivo prefiera siempre desestimar y dejar de lado la critica que atañe los aspectos privados o muy particulares de los hombres que ejercen en el poder. No es de caballeros, ni de gente bien nacida, hacer referencia sobre aspectos íntimos de la vida privada de los gobernantes. Pero hay una excepción válida: cuando esos aspectos privados juegan un papel preponderante en la toma de decisiones del hombre de Estado. Entonces, si esa crítica no es enteramente justificable, sí es explicable que el comunicador juzgue el peso específico de los factores que están condicionando el actuar de un mandatario, porque esos problemas afectan o pueden afectar a millones de gobernados.

En México no tenemos mucha experiencia al respecto, porque Fox es el primer jefe de Estado que se casa estando en funciones, pero es evidente que aunque su matrimonio se llevó a cabo con toda austeridad, la realidad fue que el mismo fue utilizado como promocional de legitimidad política para hacer crecer artificialmente la popularidad del presidente. Hasta ahí todo debería estar relativamente normal. Sin embargo, a partir de ese momento la nueva esposa del presidente comenzó a ejercer una desmedida influencia en su cónyuge, hasta poner en evidencia que los miembros más importantes del Gabinete Presidencial se plegaban a los deseos de la señora y eso, en pocas palabras, significa trastocar el poder político.

Como don Vicente Fox no posee el perfil del romántico empedernido, capaz de afirmar algo así como: “mi reino por un amor”, entonces toda la situación descrita nos llevó a hacernos la siguiente pregunta: ¿qué le sabe doña Martha a don Vicente para tenerlo completamente dominado y comiendo en la palma de su mano? En lo político los planes de la señora son desmesurados y fuera de toda proporción; ella ya está planeando hacerse la primera dama que organizó al resto de las primeras damas del mundo, opacando, por mucho, la popularidad de la senadora Hillary Clinton, quien fue llevada a ese cargo por la voluntad de sus electores, y no por un solo voto, el de su marido.

Para dar respuesta a la pregunta descrita enviamos a un corresponsal a investigar, en la ciudad de los hechos, los puntos finos del primer matrimonio de un señor más amante de las botas que de las mujeres. Cuál no sería nuestra sorpresa al descubrir la existencia de un personaje oculto, cuyas iniciales de su nombre y apellido se escriben con “D” y “D”, el mismo que tuvo mucho que ver en la falsa versión del primer matrimonio fallido de nuestro personaje. No sólo es un problema de potencia o de carencia de la misma. El asunto fue mucho más grave y esa sí, es una información que le daría a la nueva doña todo el diabólico poder para domeñar a una persona, aunque fuera rey o presidente.

    


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