Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

LA MUJER UNIVERSITARIA

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 06-03-19)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

Es inexplicable que tantas estudiantes se encuentren en pie de lucha para exigir el fin de una violencia normalizada durante largo tiempo. En un contexto de paros de labores estudiantiles en 13 planteles y con características radicalmente distintas al movimiento que hace 20 años, llevó a la huelga al Consejo General de Huelga (CGH), se puede pensar que en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha surgido un nuevo movimiento estudiantil donde las estudiantes mujeres son las que forman el grueso de la movilización. No hay una instancia central, sino pliegos petitorios y decisiones que responden a las circunstancias también de cada plantel, aunque los unifica el objetivo del fin de la violencia difusa contra las mujeres que ya han esperado hasta límites inaceptables, con un costo grave e irreparable para muchas de ellas. 

Este impulso, me refiero particularmente al de la mujer universitaria, parece haber aprendido del pasado, no es una amenaza a la institución que ha formado a tantas y tantos profesionales mexicanos, sino un momento de fuerza capaz de inducir una transformación hacia la igualdad y equidad en las relaciones internas. El movimiento percibe que las estructuras, normas y hasta los procedimientos que durante décadas se han construido como parte indispensable de la institucionalidad académica, constante y sigilosamente han alimentado la exclusión y el desdén por las mujeres. Ellas desde su trinchera nos han hecho ver que de nada sirven las intervenciones de los eméritos, las campañas de descalificación, las clases extramuros, la persuasión paternal; y que no se trata sólo de este o aquel acosador, o de aquel funcionario, alumno o maestro que deben ser removidos y en su caso encarcelados. 

Un buen ejemplo de cómo la búsqueda de la calidad y excelencia, se disfraza de maltrato contra las mujeres, es el procedimiento de acceso al nivel superior. En 2018, solicitaron ingreso 92 mil mujeres y 72 mil hombres y, sin embargo, como en todos los demás años, más hombres que mujeres fueron seleccionados. Sabemos que hay pocos lugares disponibles, pero aun esos pocos se distribuyen sin igualdad y sin equidad. Sabemos también que en el camino de las mujeres hay más obstáculos y se requiere más esfuerzo, sobre todo para las más pobres. El movimiento no está aislado, tiene la mirada y la simpatía de muchas mujeres y, crecientemente de hombres, y ha comenzado a calar a escala nacional. Se percibe, además, como parte de un movimiento mundial y, para hacer aún más difícil la tarea de las autoridades nacionales e institucionales, renueva constantemente su voluntad de luchar por el goteo incesante de feminicidios. Eso las vuelve incontenibles y a todos nos obliga a pronunciarnos.  

Qué bueno que las autoridades universitarias hayan optado por la ruta de hacer cambios, y no es poca cosa que, con el movimiento presente el Consejo Universitario se haya reunido y haya hecho cambios en la legislación institucional (aunque falta un buen trecho) y no por atrincherarse, como otros rectores. Desde ahora, la UNAM cuenta con una nueva Coordinación de Igualdad de Género, que, dirigida por Diana Tamara Martínez Ruiz, debe establecer un programa permanente en materia de género disponible en todas las unidades de la universidad, revisará los planes de estudio para incluir en ellos la perspectiva de género, creará especialidades y diplomados en la materia, programas de género y derechos humanos para administrativos y funcionarios, y un curso obligatorio para las autoridades.  

Empezará a tomar medidas en pro de la igualdad, como diseñar un código de conducta para prevenir la violencia contra las mujeres y organizará un Congreso Universitario en la materia. El plan dado a conocer por el rector Graue incluirá la identificación de espacios problemáticos, el reforzamiento de la vigilancia en los principales puntos del transporte público interno, la adecuación del protocolo en casos de asesinatos o desapariciones de estudiantes, entre otras medidas. A los cambios referidos debe sumarse la reforma al Estatuto General, en sesión del Consejo Universitario, con la cual se estableció que la violencia de género es una causa especialmente grave de responsabilidad para todos los integrantes de la comunidad, tanto trabajadores de todas las áreas como estudiantes.  

Todas estas medidas, catalizadas por la presencia del vigoroso movimiento estudiantil feminista, vienen precedidas por la creación, en los años recientes, de instrumentos legales y dependencias cuyo propósito declarado es reducir las desigualdades entre hombres y mujeres, y atajar la violencia de género. No me queda la menor duda, lo emprendido hasta ahora no ha sido suficiente, el gran pendiente es eliminar la lacerante desigualdad que hay en la UNAM, se requiere desmantelar las estructuras socio-culturales que permiten la violencia de género dentro de las relaciones universitarias, combatir la impunidad y el encubrimiento, contar con un sistema de justicia transparente, que apoye, acompañe y no revictimice a quienes denuncien las agresiones.  

Sabemos que todo esto es muy complejo puesto que estamos hablando de una evolución en lo estructural y cultural que garantice a las mujeres el pleno ejercicio de sus derechos en sus vidas estudiantil, académica o laboral. El primer paso está dado, para mí pobre entender, el conjunto de estos cambios refleja dos realidades. La primera es que entre las autoridades de la máxima casa de estudios existe un reconocimiento y una conciencia acerca de la gravedad del problema de falta de equidad y de violencia hacia las mujeres, punto remarcado por el rector en su pronunciamiento. La segunda es que entre la comunidad persisten inercias que han saboteado los esfuerzos para hacer de los espacios académicos un lugar libre de agresiones e inequidades contra las universitarias. 

Ante esta patética situación, lo único cierto es que la lucha de las mujeres está llena de dignidad, qué ante la violencia de género, la sociedad no debe esperar y la comunidad universitaria tampoco. Hoy, para cambiarlo todo y no morir, han descubierto la opción de luchar juntas. Su lucha es un llamado de urgencia que debe ser escuchado y entendido en toda su dimensión. Por mi Raza Hablará el Espíritu. 

 


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