Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

SE PROHÍBE EL PASO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 25-02-19)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

La viceprimer ministra encargada de Salud de Rusia, Tatiana Golikova, anunció que los ciudadanos chinos tendrán prohibido ingresar a Rusia, sin importar que viajen por motivos de negocios, privados, de estudios o turísticos. Además de preocupante, el anuncio de las autoridades rusas tiene un aspecto sorpresivo, pues durante los años recientes Moscú y Pekín han estrechado sus relaciones hasta conformar una robusta asociación estratégica en los ámbitos económico, geopolítico y militar, y cabría pensar que dichos lazos disuadirían al Kremlin de adoptar medidas tan nocivas como la que se comenta.

La drástica medida se suma al cierre de la frontera chino-rusa de más de 4 mil kilómetros, la suspensión de los enlaces ferroviarios y las restricciones de vuelos con que Moscú intenta contener la propagación del Covid-19, patógeno que ha causado alrededor de mil 900 muertes desde su aparición en la ciudad china de Wuhan a finales de diciembre pasado. La Organización Mundial de la Salud (OMS) desaconseja este tipo de restricciones, pues no sólo tienen un impacto limitado en la contención efectiva de la epidemia, sino que dejan graves secuelas sociales y económicas. La instancia hizo un llamado a la calma y recordó que la letalidad del Covid-19 se ubica en 2.3 por ciento de las personas infectadas, muy por debajo de otras enfermedades respiratorias de origen viral.

Asimismo, la OMS señaló que 81 por ciento de los 73 mil pacientes presentan infecciones leves, mientras la Comisión Nacional de Salud de China informó que 85 por ciento de las personas pueden superar la enfermedad si reciben los cuidados adecuados. La medida anunciada por Moscú, dice la OMS, carece de sentido en términos del control epidemiológico, pero además constituye un acto de racismo institucionalizado: al prohibir la entrada no a personas procedentes de China con independencia de su nacionalidad, sino a ciudadanos chinos sin importar de donde vengan, se insinúa el absurdo de que éstos son genética o nacionalmente portadores del virus. Lo anterior resulta preocupante por las siguientes razones.

Primera: porque es una política contraria a consideraciones básicas de derechos humanos; Segunda: porque estimula la tendencia global a la xenofobia y el cierre compulsivo de fronteras, cuyo máximo representante es el mandatario estadounidense, Donald Trump; Tercera: porque el territorio ruso es un importante lugar de tránsito para las comunicaciones entre China y Europa, además de residencia para gran cantidad de ciudadanos chinos que sufrirán un “ apartheid epidemiológico” y se verán en riesgo de padecer ataques por parte de sectores de la población rusa susceptibles a la desinformación y el pánico; Cuarta: porque la epidemia de coronavirus (Covid-19) abre una rendija que deja entrever el grado de integración de la economía política mundial, y exhibe las pequeñas maniobras políticas de los estados nacionales, que insisten en pensarse a sí mismos como si fueran soberanos.

En suma, la epidemia exige que todos los estados adopten medidas de prevención y control, tales como la revisión e interrogatorio a los pasajeros procedentes de zonas de contagio, las cuarentenas a embarcaciones donde se detecten brotes de la enfermedad o la sugerencia de no viajar a menos que resulte indispensable, entre otras. Pero dichas medidas no deben incluir la prohibición de tránsito a toda una ciudadanía, la cual resulta tanto irracional como inhumana. Los chinos se están quedando en casa y los efectos de esto se resienten por todas partes.

El año pasado, en 2019, los chinos hicieron 150 millones de viajes aéreos internacionales y se gastaron casi 130 mil millones de dólares haciendo turismo. Pero desde que empezó lo del virus, el volumen de sus turistas internacionales se contrajo más de 70 por ciento y, por tanto, los negocios turísticos en Europa occidental, Rusia y el sureste asiático sufren bastante. Muchas fábricas están paradas, sobre todo en la provincia de Hubai, que es una región manufacturera muy potente, pero no sólo, y hay bastantes empresas trasnacionales que sufren porque no les llegan componentes desde China.

La semana pasada se devaluaron las monedas de países que están prácticamente integrados a la economía China, como Tailandia, Sudcorea, Singapur y Australia. Recientemente se anunció que Alemania entra en una desaceleración económica, así como Japón. A diferencia de 2003 con la epidemia del SARS (Síndrome respiratorio agudo y grave), el Covid-19 sí tendrá un impacto medible en todo el mundo. Así, la banca francesa Société Générale estima que los mercados bursátiles del mundo podrían perder hasta 10 por ciento de su valor.

En China, los efectos de la epidemia, aunque en gran parte desconocidos, son impresionantes. Pero hay muchos detalles que sugieren que la prevención –en algunos casos, pánico– afecta la cotidianidad de mucha gente. Así, en Hong Kong hay ya un mercado negro de papel de baño, porque la gente está haciendo compras de pánico. Los precios del petróleo han caído –eso lo sentimos desde México– como han bajado también los precios del hierro y del acero, todo eso era quizá previsible, pero en muchas zonas rurales de China, aún en provincias bien distantes de Hubei, muchos pueblos están cerrando carreteras para impedir que entren y salgan personas que puedan infectarlos. Da la sensación de que pedazos importantes de China se cierran sobre sí mismos. Pero, aun así, los costos sociales, económicos y políticos del virus son incalculables.

En resumen, el coronavirus deja entrever que nuestro mundo está sorprendentemente interconectado, pero que está también tozudamente dividido en el plano político y ante una amenaza que es, en su esencia, mundial, las barreras políticas se intensifican. Los riesgos de la epidemia son enormes, y si el virus se extiende a países con menos capacidad en sus servicios médicos, se necesitaría mucha solidaridad internacional sin prohibir el paso.

 


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