Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

RELACIONES BILATERALES

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 09-09-19)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

Mentiras, engaños y chivos expiatorios son y han sido palancas fundamentales que el presidente Donald Trump utiliza para hacer sus maniobras políticas. En el orden mundial, pocos creen en él, predominan sus desacuerdos, las mentiras y engaños, y en el estrecho camino de las relaciones bilaterales con México, al sur de su frontera territorial, el principal chivo expiatorio lo conformamos los mexicanos, porque según él, nosotros somos responsables de todos los males que padece su país. Así, con esta careta, cero referencias diplomáticas y bajo circunstancias inéditas, llegó a México, Christopher Landau, como nuevo embajador de Estados Unidos. Llega para apuntalar las amenazas del mal encarado Trump, en política comercial y migratoria y para silenciar el rumor de que la relación entre ambos países, había estado desatendida porque hasta hace un año, Trump, no le daba mayor importancia al cargo oficial diplomático que fuera ocupado por Roberta Jacobson y Jared Kushner el yerno del presidente gringo, todo lo negociaba con el virtual vicepresidente de México, Luis Videgaray. 

 Ahora el nuevo embajador gringo, nacido en Madrid, hijo de George Landau, a quien se vincula con el golpe de Estado contra Salvador Allende y estudiante durante cinco años en Paraguay, empieza su inserción en la vida pública de nuestro país al estilo de su antecesora, por lo pronto, hace turismo cultural y gastronómico y no tareas profundas de diplomacia. Christopher, sorprendentemente no ha ocupado antes ningún cargo en el servicio exterior, pero para el temperamento de Trump eso no tiene importancia, sobre todo cuando los gobiernos de ambos países se encuentran en sendas rupturas con el pasado político reciente: Barack Obama y Peña Nieto respectivamente.

El escenario de las relaciones bilaterales es perfecto para que López Obrador y Trump, se entretengan a su manera muy personal. Por un lado, el mandatario republicano estadunidense parece empeñado en restaurar los más groseros modales imperiales de la superpotencia, incluso a riesgo de desbaratar la red de alianzas construidas por Washington desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y por el otro, el mandatario mexicano, ausente en foros internacionales, preconiza la recuperación de los principios que guiaron la actuación de la diplomacia mexicana durante la mayor parte del siglo XX: defensa de la soberanía, autodeterminación, no intervención, solución pacífica de las controversias, igualdad jurídica de los estados y cooperación para el desarrollo. En tales circunstancias, resulta evidente que ambos tienen ante sí el reto de desarrollar en armonía los vínculos bilaterales, tarea particularmente difícil por la personalidad y el estilo de ambos presidentes.

Donald Trump, fenómeno irracional afecto a generar crisis con amigos y enemigos, no deja de lanzar agresiones verbales inesperadas a otros gobernantes, a ignorar los acuerdos, el cambio climático y a poner la política exterior de su país al servicio de sus intereses electorales. López Obrador, fenómeno social, hombre bien intencionado, tenaz, de retos, de dialogo convertido en monologo mañanero y dueño de un discurso qué en materia de justicia, macroeconomía, derechos humanos, medio ambiente, migración e impunidad, es totalmente ajeno a los hechos reales que sus gobernados padecemos cotidianamente. Las cosas creo que no son como nos las pintan, si falla la estrategia planteada por el canciller Ebrard, entonces, en cualquier momento, México podría encontrarse con que ha jugado el papel de patrulla fronteriza a cambio de nada, y constatar que el golpe arancelario comercial puede caer sin más motivo que las necesidades electoreras del inquilino de la Casa Blanca.

 

 


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