Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

UNA SEMBLANZA

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 01-07-19)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

“Las personas soberbias se caracterizan por considerarse superiores a quienes les rodean. El soberbio se piensa a sí mismo como una divinidad en la tierra”.

La soberbia es la apreciación descontrolada de nuestro propio valor, atractivo e importancia ante los demás, es pecado capital cuya esencia radica en un error sobre nosotros mismos; es un vicio, un espejismo y una ceguera que nos hace creer que somos superiores a lo que realmente somos e impide ver la verdad de nuestras limitaciones y la dimensión de la realidad que nos rodea. En nuestro tiempo y nuestro espacio, este vicio y ceguera se oponen a la virtud de la humildad, que es reconocernos tal como somos, cuáles son nuestras cualidades y cuales nuestras debilidades, fallas y defectos para acercarnos a la realidad de nosotros mismos.

Acaso por ello, ¿Los superhéroes que forman parte del imaginario colectivo de nuestros vecinos del norte son soberbios por añadidura? Claro, si consideramos que en lo personal Donald Trump no es culto ni es hábil, entonces ¿Que caracteriza al actual presidente de Estados Unidos en este momento de la historia del mundo?

Cualidades, ninguna, son más bien atributos: Sin duda, es soberbio y fuerte, pero también es un estúpido arrogante hipnotizado por su propio egoísmo, que le hace sentir que está autorizado a ordenar, a menospreciar, a humillar a los demás. Su notoria fuerza se divide en dos sentidos: uno, la que le da ser un potentado multimillonario, formado en el culto del éxito económico y de la competencia como virtud fundamental y dos, la incontrovertible de ser el presidente de la potencia económica, guerrera e injerencista más poderosa del mundo. Hoy Trump, su arrogancia y soberbia, nos amenazan por el problema de los migrantes, pero si ese motivo no existiera, buscaría otro para provocar y someter a una nación que considera más débil.

Tiene el poder de doblegar, de vencer, de imponerse; poder al que estuvo siempre acostumbrado en sus tratos personales, lo mismo en sus negocios que en su vida de relaciones diversas. Se impuso siempre por la fuerza, por el dinero, por la debilidad de sus interlocutores, lo mismo mujeres que subordinados a su servicio o jefes de Estado asustadizos y sin apoyo popular. Un ejemplo fue el penoso incidente de la invitación que le hicieran Videgaray y Peña Nieto para que visitara México. Se burló de su anfitrión, de los mexicanos, de nuestro país y de las mínimas reglas de convivencia.

Ante este vergonzoso episodio, hoy, frente a la amenaza comercial arancelaria, la presión migratoria centroamericana y los ataques futuros que seguramente vendrán para doblegarnos y salirse él con la suya, pensando que le bastan su soberbia y su fuerza ¿Qué podemos oponerle? Datos duros indican que, siendo el de la migración un problema real de de¬sigualdad, violencia y marginación, ha sido también un problema cultivado y regado con dinero. No es descabellado pensar que para justificar el desplante del presidente del país vecino se hayan fomentado las esperanzas de los migrantes y se les haya alentado con dinero; hay cuentas que la autoridad mexicana ha congelado y hay denuncias de centroamericanos que han sido víctimas de fraudes por los traficantes de personas, que les quitan además de su dignidad, su dinero.

Sin duda, Trump como buen jugador de póquer, es impredecible, así lo demostró en su ruta hacia la Casa Blanca. Como tal, continuamente apostó al bluff; es decir, al engaño del rival en turno. Ese truco es hoy la mayor amenaza para la economía mexicana, pues Trump al endurecer su discurso y cuidar su base electoral, está decidido a probar que su método de las amenazas funciona (China y Turquía nos preceden en el ensayo). Lo que él quiere demostrar es que la distancia entre lo que dice y lo que hace es menor de lo que cree buena parte de su base electoral estadounidense.  

En otras palabras, lidiar con un soberbio y arrogante presidente, pero buen jugador de póquer, ese es el fondo de nuestra gravísima coyuntura. La xenofobia y el miedo en su ríspido discurso, son cartas fuertes y elementos clave en la arrogante movilización electoral que llevó a Trump a la presidencia y que puede mantenerlo allí durante otros cuatro años. De hecho, no es lo mismo enfrentar a Trump como aspirante, como candidato en ascenso, como presidente, y menos como presidente en campaña que busca la reelección.  

Esta última es la más compleja y peligrosa de todas las posibilidades, pues las bravuconadas de un mitin de campaña se transforman fácilmente en política comercial. En un entorno económico y social delicado somos el tema de campaña de un presidente arrogante que tendrá la necesidad permanente de demostrar que sus amenazas son fundadas y que México, con una diplomacia fundada en la autoridad moral y la democracia tendrá que oponerse a la soberbia y fuerza del magnate.  

La respuesta es muy clara. En su escenográfica humildad y como fuente de su poder, el presidente López Obrador acude al apoyo popular y convoca a la gente para que se manifieste y no se mantenga al margen; el acto en Tijuana fue doblemente simbólico. En efecto en esa sufrida ciudad fronteriza empieza la patria, pero también allí termina América Latina. Hoy México representa no solamente a sus ciudadanos, sino a los países centroamericanos. Pero hay algo más, mediante un plan económico de apoyo a Centroamérica propone una solución de fondo, y enarbola ante las potencias del mundo, un argumento que le otorga autoridad moral, no se van a atropellar derechos humanos ni a poner en riesgo la soberanía y la dignidad de nuestra patria.  

A los ignorantes que estamos afuera del ruedo, nos queda mantener la templanza y apostarle a la unidad nacional. Nos queda tratar de entender las razones detrás de lo que parece sin razón y, tratar de mitigar los riesgos que implica un apostador antimexicano y en campaña, cuya técnica y semblanza ha sido puesta en evidencia.

 


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