Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

CONFIANZA Y ESTUPIDECES DE UN MEDIO SIGLO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 22-10-18)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

Transcurre un medio siglo que se conmemora con alegría y se recuerda con dolor. Se conmemora con alegría por unos juegos olímpicos maravillosos que ante la posibilidad de ser cancelados, un gran hombre, Pedro Ramírez Vázquez, vistió la austeridad de un México digno, con bellos colores y mucho ingenio y, ante las miradas del mundo escéptico, dispuso la ruta de la amistad y de la paz como símbolo de los juegos y la hermandad mundial. Sonaron las fanfarrias, 112 países participaron, cayeron muchos récords olímpicos y muchos mitos. México fue un gran  anfitrión, le sonrió al mundo, festejó, se divirtió y se engalanó con 9 medallas: tres de oro, tres de plata y 3 de bronce.

Se recuerda con dolor porque de aquel 68 se advertían dos cosas: que era finito en su violencia y que abría un nuevo horizonte para nuestro país. De aquellos tiempos surgió un México distinto: El país se fortaleció por la difusión de los valores emergidos, se alentó el cambio de las estructuras mentales, se motivaron nuevas políticas de justicia social, que han tardado décadas en asentarse y hoy con razón se duda si ha habido o no un retroceso. Empezó a emerger una fresca democracia, se dio el voto a los jóvenes, accesos a la mujer, somos más incluyentes que entonces, más igualitarios, intolerantes ante el abuso y respetuosos de toda preferencia sexual o reproductiva, lo que concretan los derechos humanos, y desde luego, con ánimos del 68, sabemos lo que es una justa rebeldía.

Después del último mandato constitucional de Díaz Ordaz, llegaron el de Echeverria, López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Ni a quien irle, son 50 años de desconfianza y hoy estamos con dolores diferentes en lo agudo pero semejantes en lo transcendente. Vivimos injustamente con la huella del 68 que nunca será olvidado y con el país dando tumbos, lejos de aquello a lo que por sus virtudes originales tendría derecho. El entusiasmo de aquella juventud tan vigorosa, tan contagiosa por su búsqueda de transformación hoy no se advierte, hoy priva la desilusión y el desencanto, surgieron los ninis, los viene-viene y los me vale madre.

El primero de diciembre, llegará “el Mesías” López Obrador, con su república amorosa, pero el 2 de octubre no se olvida. A la frase son muchos los calificativos que le son aplicados y despierta múltiples interpretaciones y nuevas hipótesis en torno a la evolución, curso y consecuencias del movimiento estudiantil que cada año cobra nueva vida por estas fechas. Mas el “no se olvida” nunca termina de dar cuenta de aquello que se escapa, se oculta y sin embargo es su epicentro. En el recuento de los daños, más allá del desenlace lo que prevalece es una dolorosa sensación de desamparo ante la situación vivida. Misma que hoy se enlaza a los 43 desaparecidos de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa. Lo que será nuevamente de difícil desciframiento. ¿Quién y cómo detendrá que se sigan repitiendo estos hechos?

La sensación de desconfianza y de miedo recorre y se desliza por las ciudades. Una desconfianza que con la máscara de abandonos transforma lo real en expresiva mudez y causa las neurosis traumáticas que son parte de la vida mexicana: Conquista, Revolución, temblores, desastres naturales, guerra al narcotráfico, corrupción, impunidad y, etcétera, etcétera de estupideces. El 68, llamado simplemente así, no lo olvidará nadie: ni el estudiantado, ni el gobierno de siempre, en una metamorfosis del de Díaz Ordaz, ni los soldados de entonces u de hoy, ni el pueblo. A las conmemoraciones del 50 aniversario se suman coincidencias fúnebres, las memorias de Ayotzinapa, de los sismos del 85 y el de hace un año.

Agréguese la situación de sangre y violencia que vive el país, una ola que es creciente, que no se supo ni se sabe contener y qué hasta el día de hoy, que es aún el día de EPN, no hubo ni talento ni fuerza ni decisión para hacerlo. López Obrador dice demagógicamente que el cambio ya se está dando, pero parece que no.

Se va a encontrar con un Congreso de la Unión que refleja desde pronto viejas prácticas de indecencia. Indignantes presidencias de comisión, como la de Defensa Nacional en manos del payaso Félix Salgado Macedonio, diputados ebrios que atropellan con fuero, adalides gritones que emiten un primitivo olor a venganza y con ello incitan odio y violencia. En el cuadro están un gobierno que ya se fue y no se ha ido. Uno que ya llegó y no ha llegado. Más brotes de corrupción e ineptitud que sólo anticipan que veremos más y más y, esperamos, su castigo. ¡Nada de amor y paz!

En este contexto tan íntimo, a querer o no, hay que incorporarle las nuevas amenazas a una paz pública frágil o inexistente y que pausadamente nos están inundando: lavado de dinero, tráfico de armas y personas, gasolinazos, ciberdelitos, guerras comerciales entre colosos con coletazos a nuestra economía, una posible fractura social, la inestabilidad en Centroamérica, miseria y riqueza crecientes y regionalizadas, linchamientos, migraciones descontroladas, el deterioro sociopolítico, la degradación ambiental en caída libre, Mr. Trump y sus planes después del TLCAN, convertido en USMCA y sujeto a consulta popular para cambiarle el nombre. Con todo eso, el estado de ánimo nacional creado, va desde el derrotismo, la confusión, desaliento y la resignación, hasta la firme esperanza.

Con tanta estupidez, no terminará bien ni el actual gobierno ni el año que por lo menos, nos deja un ambiente de expectación, que si se anticipa difícil despierta a la dormida esperanza. Ni el gobierno que viene ni la población tenemos un horizonte fácil. Tampoco es apropiado que nos engañen y hacernos creer qué en medio siglo, aún no hemos visto las ruinas abismales de nuestro drama y nuestra angustia.

 


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