Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

LA CAJA DE PANDORA

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 18-10-18)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

Cuenta la mitología griega, que Zeus, deseoso de vengarse de Prometeo por haber robado el fuego y dárselo a los humanos, presentó al hermano de este, Epimeteo, a una mujer llamada Pandora, con quien este se casó. Como regalo de bodas, Pandora recibió un mítico y misterioso recipiente pithos -una tinaja ovalada, aunque actualmente sea citada y aceptada como una caja- con instrucciones de no abrirla bajo ningún concepto, pues contenía todos los males que aquejaban a la humanidad.

Los dioses habían otorgado a Pandora una gran curiosidad, por lo que decidió abrir la tinaja para ver qué había dentro. Al abrirlo, escaparon de su interior todos los males del mundo y, cuando atinó a cerrarla, solo quedaba en el fondo Elpis, el espíritu de la esperanza, el único bien que los dioses habían metido en ella. De esta historia surgió la expresión «La esperanza es lo último que se pierde».

Hoy en día, «abrir una caja de Pandora» significa una acción en apariencia pequeña o inofensiva, pero que puede atraer consecuencias catastróficas. Mire usted:

La Revolución Mexicana (1910-17) y la rusa (1917-24) estremecieron a la humanidad. Sin la primera, inimaginable qué hubiera sido de nuestra América. Sin la segunda, quién sabe en qué mundo viviríamos, quizá en el mundo que muchas cabezas lúcidas dudan de que nuestros descendientes puedan sobrevivir en él. Y, si lo consiguen ¿quién se atreve a pronosticar cómo y en qué condiciones? Ambas revoluciones estallaron cuando la idea de progreso llamaba al optimismo de capitalistas y socialistas. Pero, en costo de vidas, sufrimientos y bienes, ambas fueron catastróficas y, también, inevitables. 

¿Qué tanto es tantito cuando la esperanza de los pueblos gira en torno a la necesidad de cambios urgentes y profundos? O, dicho de otro modo: ¿cuál es la máxima cuota de cambio radical que puede soportar una sociedad? A inicios de 1994, el levantamiento de los indígenas zapatistas en Chiapas reanimó la ilusión de los pueblos oprimidos de México y el mundo. Sin embargo, a finales de 1995, hace 24 años, José Emilio Pacheco, el poeta, lanzó la voz de alerta en uno de sus Inventarios más acuciosos: El poder ya no está en la boca de los fusiles, sino en las computadoras de los bancos, capaces de destruir a un país en unos cuantos minutos (Columna Inventario: Proceso, 997, 11/12/1994).

Acaso: ¿se adelantó el poeta a la suerte de los procesos emancipadores que, sin ser radicales, recorrieron Brasil, Argentina y Ecuador en años recientes? Y de haber sido tales procesos más radicales… ¿habría cambiado en algo lo programado en las computadoras de los bancos? En proyección, los datos puntuales de la realidad real (valga la redundancia) anticipan que con las actuales reglas de una economía en manos de economistas y tecnócratas que son mafia pura y dura, estamos hoy mucho mejor que mañana. Cosa que el presidente electo de México sabe, y más aún cuando anunció que al final de su sexenio, desea que el pueblo lo recuerde como un buen presidente.

Acaso en la referida columna, el poeta vislumbró las cosas tal como se presentaban: Enriqueceos a costa de empobrecer a los demás. Desde Carlos Salinas, el daño moral que causó el sueño mexicano de entrar en la modernidad y el primer mundo terminó en el mayor fracaso de nuestra historia, es tan grande como el económico. Nunca hubo una ambición más desmesurada ni un final más terrible […]. “En pocos años el neoliberalismo logró en México lo que el ‘socialismo real’ consiguió para Rusia en siete décadas: una sociedad con millones de pobres y unos cuantos millonarios, azotada por la violencia, la corrupción y la desesperanza. La codicia rompió el saco y abrió la caja de Pandora.”

¿Podrá entonces el gobierno electo cerrar la caja de Pandora, que en el caso de México fue abierta por el capitalismo mafioso y neoliberal? Los que portan chapa de revolucionarios, aseguran que cualquier esperanza frente al poder real, carece de sentido, pero el primero de julio, más de 30 millones de mexicanos sintieron que con su voto, la esperanza podría, quizás, convertirse en el contrapeso idóneo para enfrentar a sus enemigos. No basta con decir que son distintos, hay que serlo y parecerlo. Cambiar algo no necesariamente equivale a posibilismo.

Porque si a más de pan y de circo un gobierno regido por principios básicos de solidaridad y justicia social y, efectivamente popular redistribuye el ingreso congelando, digamos, el precio de las gasolinas, junto con aumentos sustantivos en la escala salarial, lleva, en principio, las de ganar y entonces sí, podría evitar que el pez grande continúe devorándose al chico. Habrá que ver, entonces, si existe la voluntad y el coraje político necesario para impulsar los cambios que demandan millones de mexicanos que fueron expulsados del tablero neoliberal. Y lo que eventualmente falte (o falle) será lo que desde ya, habrá que reforzar para ser y tener. «La esperanza es lo último que se pierde».

 


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