Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

EL SIGNIFICADO DE NUNCA MÁS...

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 08-10-18)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

Los dos rostros de México, se mostraron activamente en el recuerdo de lo sucedido 50 años atrás en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Por un lado, con sus respectivas subdivisiones, se presentó el México del oficialismo tradicional, con discursos demagógicos y presencias longevas maquilladas, palabras y juegos de luces sin compromiso más allá de lo declarativo, el propio rector universitario Enrique Graue pretendiendo acomodar falsamente los hechos del 68 a los resultados electorales de 2018. Notoria la ausencia de Enrique Peña Nieto, que en su agonía política inaugura obras inconclusas y nos dice mediáticamente que “hay que hacer bien las cuentas para que lo bueno siga contando”. Todos actos públicos de ensalzamiento de lo simbólico inmediato como cumplimiento de efeméride olvidable al siguiente día. 

Morena, ya con el control del Congreso y a partir del próximo primero de diciembre en Palacio Nacional, (ruta de dominancia política), aportó las notas más sustanciales y comprometidas: letras de oro en muros y balcones camerales de honor, reiteración de nunca usar al Ejército contra el pueblo, optimismo hacia diversas formas de revisión del pasado represivo, y declaraciones mediáticas más cercanas a la visión popular de los hechos de Tlatelolco. Por la tarde, el otro rostro de México marcha por la calle rumbo al zócalo, allí convergen tanto las explosiones genuinas de ánimos desesperados como la inserción de violencia tramposa y encapuchada que da pie a coberturas periodísticas descalificadoras y a la desconfianza del flujo general de participantes. Marchan los jodidos, los agredidos y mancillados, adultos mayores y damnificados esperanzados, los que reciben el nunca más como fallida respuesta. Marcha la reiteración de la protesta ciudadana, consignas y pancartas, los discursos encendidos y los reclamos ante las apariencias y las simulaciones de cambio en el México del medio siglo reciente.

Marchan las demandas de reapertura de comisiones de investigación de crímenes políticos, exigencia de un cambio verdadero de régimen, la esperanza y la presión, más allá de lo meramente electoral. También en estas columnas manifestantes hay cuando menos dos subdivisiones evidentes. Una, ciudadanos que retoman las calles y acompañan la protesta desde un plano organizado, incluyente y pacifista, recelosos de provocaciones e infiltrados, su actitud prevaleciente: impulsar cambios y exigir justicia, pero desde planos cuidadosos, graduales, no desbordados. Otra, ciudadanos segmentados que ya no creen en los oficialismos y las promesas y que van más allá del hartazgo esperanzado.

En ese núcleo de arrebatos y puesta ya la palomita de cumplido sobre la fecha en el calendario, el país sigue viviendo problemas diferentes en sus expresiones concretas: (el crimen organizado, la terrible inseguridad pública, el neoliberalismo arrasador, la corrupción llevada a extremos criminales) pero similares en cuanto a atraso, desigualdad, injusticia e insuficiencia del sistema político acompañado de sus múltiples variables democráticas.

A fin de cuentas y en ese contexto, la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) conmemoró la matanza de Tlatelolco con una imagen iluminada de la paloma de la paz, que fue símbolo logístico de los XIX Juegos Olímpicos de 1968, pero que lleva un balazo en el corazón, y el mensaje que dice: Nunca más. A su vez, el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, declaró en su campaña de agradecimiento que, como presidente constitucional, no ordenará represión. Que el Ejército es pueblo en armas, y que no se usará nunca más a los militares contra el pueblo.

Todo eso está muy bien, hasta donde alcanza. Estamos de acuerdo en que no debe volver a darse algo así, pero ya no alcanza, nadie siente hoy un peligro inminente del regreso de aquello. Nos hemos acostumbrado a ver en los acontecimientos del 68 un modelo de la relación entre Estado y sociedad, aunque ese ejemplo ya no alcance para entender los peligros que enfrenta hoy nuestro Estado y nuestra sociedad. La matanza de Tlatelolco ya no es un punto de referencia útil para entender los peligros del presente. El ejemplo para que se entienda es Ayotzinapa donde fueron asesinados 43 estudiantes, y se dijo pronto que fue el Estado. Y así fue. Fue el Estado. Los normalistas fueron capturados y asesinados por la policía de Iguala, a órdenes también del presidente municipal.

El ayuntamiento es parte del Estado, de modo que, sin lugar a dudas, fue el Estado. Pero ¿es ese Estado el mismo que se movilizó contra los estudiantes en Tlatelolco, en 1968? No lo creo. La matanza de Tlatelolco fue ordenada por el presidente de la República y su secretario de Gobernación. El Ejército obedeció de manera ordenada y disciplinada, es su deber. La maniobra fue pensada como una medida que obedecía a la razón de Estado, realizada para garantizar el orden público y para que los espectadores y periodistas que llegaran a los Juegos Olímpicos se llevaran una buena impresión, cosa que el presidente Gustavo Díaz Ordaz imaginaba como un asunto de interés nacional.

La matanza de Iguala, en cambio, no fue ordenada por el presidente de la República, ni por el titular de Gobernación ni tampoco se trató de una orden procesada por el secretario de la Defensa. Fue una escaramuza perpetrada en el contexto de una guerra entre mafias, que se habían apropiado de la pedacería del Estado (gobiernos municipales, policías locales, algunas autoridades estatales, quizá algunos mandos militares...), y que las usaron como su instrumento para cuidar intereses privados, en otras palabras, para garantizar su control territorial de zonas donde pueden extorsionar a vendedores ambulantes, comercios y transportistas, monopolizar la producción de amapola, o simplemente donde pueden hacerse del presupuesto municipal como si fuera suyo propio. Un asunto local, como han sido la mayoría de las matanzas que desde una docena de años suceden a diario en México, y cuya escala es tanto mayor que lo ocurrido en Tlatelolco.

¡Nunca más! Eso se declara desde la Rectoría universitaria. Eso lo declara en sus interminables giras el presidente electo López Obrador. Pero apenas la semana antepasada se encontraron 430 muertos en dos tráileres refrigerados en Jalisco y ni siquiera se sabe quiénes son los muertos que estaban en esos dos camiones, quiénes los mataron ni por qué. En un contexto así, alguien puede explicarse ¿qué carajos significa el ¡nunca más!? O tal vez, nos conviene fingir demencia y mejor le seguimos a la cantaleta de que haciendo bien las cuentas, lo bueno seguirá contando. 

A propósito, “Nunca más es una expresión utilizada en Argentina para repudiar el terrorismo de Estado, ocurrido durante el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. La misma es utilizada frecuentemente en marchas y actividades políticas. Debe su popularidad a haber sido el nombre adoptado en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) para titular el programa televisivo y el informe final sobre su investigación, publicado como libro en sucesivas ediciones. El informe fue utilizado para enjuiciar y condenar a las juntas militares de la dictadura, ocasión en la que el fiscal Julio César Strassera cerró su alegato con la misma expresión”.

 


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