Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

MÁS DE TRUMP

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 18-06-18)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

Si abundamos en las relaciones exteriores que acechan al nuevo presidente mexicano debemos considerar que la escalada de acciones antiinmigrantes en que se ha convertido la administración de Donald Trump alcanzó niveles sin precedente en la historia estadounidense con la masiva separación de familias que intentan cruzar la frontera sin los documentos requeridos: mientras entre octubre de 2016 y febrero de este año esa cifra ascendió a mil 800 familias separadas, sólo en 13 días, entre el 6 y el 19 de mayo, 658 niños (algunos hasta de dos años) fueron alejados de sus padres en el contexto de las detenciones fronterizas.  

Como suele suceder en el actual gobierno estadounidense y en particular con su presidente, la medida se adoptó sin calcular sus efectos ni reparar en consecuencias, por lo que se encuentra en curso una catástrofe humanitaria debido a la falta de espacio en los centros de acogida para los infantes. 

Es necesario aclarar que no existe ninguna directriz que prescriba la separación de los menores por parte de los agentes fronterizos. Se trata de un efecto colateral de la política de cero tolerancia puesta en vigor en mayo, a raíz de la cual cruzar por primera vez la frontera sin documentos se reclasificó de falta administrativa a delito, llevando a que los adultos detenidos sean procesados penalmente y, por tanto, separados de los niños con quienes viajaban.

No es necesario decir que este carácter indirecto de la afectación de ninguna manera reduce su naturaleza inhumana y brutal, algo señalado por organismos defensores de derechos humanos, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), e incluso por el juez federal Dana Sabraw, quien calificó la separación de familias de inconstitucional y cruel.

Como muestran las cifras de las propias agencias estadounidenses, la crueldad de estas medidas no ha cumplido su presunto propósito de disuadir a quienes buscan ingresar a su territorio, lo cual se explica porque la actual oleada de migrantes no está conformada por buscadores de mejores condiciones laborales, sino por personas que huyen de zonas de El Salvador, Guatemala, Honduras y México, donde sus vidas corren riesgo creciente debido a la presencia de grupos criminales.

En la medida en que resulta imposible convencer a un padre o una madre de que haga cualquier cosa a su alcance para poner a salvo la vida de sus hijos, la política de Trump no es sino un ejercicio de sadismo contra seres humanos atrapados en la disyuntiva entre quedarse en sus comunidades y ser asesinadas o migrar y sufrir una detención violatoria de sus derechos humanos.

Si a esto se suma que buena parte de la descomposición social que actualmente atraviesan las naciones centroamericanas referidas es efecto de los regímenes militares o autoritarios impuestos ahí por Estados Unidos durante el siglo pasado, queda claro que la política xenófoba en curso constituye una bancarrota ética no sólo para el arrogante presidente gringo, sino para el partido republicano que lo colocó y lo mantiene en el poder.

Lo que si esperamos en esta línea directa es que sea quien sea el presidente, el futuro gobierno mexicano, haga un esfuerzo por mirar hacia la frontera sur donde miles de indocumentados huyen de sus países de origen y los menos, se encuentran con la violencia, la injusticia y la marginación que avanzan amenazadoramente y sin control en esa región.

Los estados de Chiapas, Campeche, Oaxaca, Quintana Roo, Veracruz y Yucatán, principalmente, son los que sufren los efectos del éxodo sin control. Por ello, las medidas que el nuevo gobierno mexicano adopte junto con los homólogos del sur, podrán reparar las consecuencias y evitar en lo posible la violación de los derechos humanos, como ocurre cotidianamente en la frontera norte del país donde un enajenado presidente pone de cabeza los acuerdos internacionales. ¡Ya basta Sr. Trump! 

 


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