Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

LA DEBILIDAD DEL ESTADO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 04-06-18)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

Los problemas, alegatos, manoteos y contradicciones que afloran en estos días de campaña parecen disparatados y carecer de alguna lógica de carácter global, pero eso es sólo apariencia. Después de la caída del milagro petrolero de los años 80, encontramos en el globalismo una suerte de placebo y de pretexto para no acometer con firmeza lo que tal caída nos había anunciado a un alto costo: La fragilidad de nuestras capacidades productivas, en especial de la industria y del campo; la creciente discapacidad del sistema político y del presidencialismo autoritario y, la cada vez más intensa debilidad del Estado, expresada en su latente crisis fiscal, así como en la aguda dificultad de la política exterior y la economía mexicana para adaptarse a los bruscos cambios del mundo, particularmente en sus contenidos tecnológicos y productivos, pero también culturales y por ende políticos y geopolíticos.

 

En vez de asumir éstos y otros temas como una agenda de corte histórico y renovador, los gobernantes en turno optaron por reformas políticas de corte electoral, dejando la reforma de fondo del sistema político y del Estado a lo que dijeran los votos. En materia económica se apostó a la magia del mercado que mientras más abierto mejor, sería como mecanismo rehabilitador de unos arreglos económicos que gradualmente servirían de base para el desarrollo estabilizador. Nada de esto dio resultado. Las reformas de mercado fueron sucedidas por otras relacionadas con el plano laboral, de la energía, las comunicaciones y la educación, pero estas, al no rendir los frutos esperados han dejado a los herederos del régimen una gran promesa que nunca se cumple y sólo ahonda la crisis de legitimidad y credibilidad de los grupos dirigentes, pluralizados en alianzas y coaliciones gracias a las reformas políticas de entonces.

 

En materia de seguridad, hoy se observa que la actividad del crimen y la violencia se ha diversificado, vincularlos al narcotráfico es solo una parte, a ello hay que agregar el cobro de derecho de piso, el robo de combustibles, asalto a mano armada, tráfico de personas, secuestro, etc. La violencia ya no está solo entre los grupos delictivos, se extiende a los grupos políticos, y afecta a la población en su vida cotidiana y a las empresas en su actividad productiva. Ante un problema de esta complejidad, el Estado necesita hacer las cosas de manera distinta, diseñar nuevas estrategias de combate al crimen y acompañarlas de programas y personal que sean efectivos.

 

Quien quiera votar que vote, pero, sobre todo, que se prepare para el día siguiente de la elección. A partir de ese momento, será muy difícil fortalecer el marco jurídico que protege a la ciudadanía ante acciones improvisadas, inconexas y a veces caprichosas de la autoridad que se verán reflejadas en los tiempos, procedimientos y costos de los trámites que deba realizar ante los tres órdenes de gobierno. La gente se siente abandonada por el gobierno. El abandono puede ilustrarse en la carencia de efectiva protección social, de acceso a una educación adecuada, de ausencia de mecanismos de impulso productivo y social para la juventud, de falta de mecanismos seguros para navegar en la vida en condiciones de discapacidad o para la tercera edad.

 

En el trasfondo de todo ello, están las terribles condiciones de inseguridad que privan en el país y que han dañado seriamente los mecanismos que permitían que la máquina funcionara y que pudieran permitirle desempeñarse de otra manera. Uno de estos mecanismos es la dotación mínima de confianza entre los ciudadanos y sus gobiernos y entre los ciudadanos mismos, que constituye el lubricante para que la maquinaria funcione. El otro mecanismo es el que desempeña la función de agregación de intereses. Nuestro país transitó de un régimen autoritario con inclusión desigual a partir de mecanismos corporativos de representación, a otro en donde esa intermediación política recayó en el sistema de partidos.

En conjunto, todo este inventario de calamidades y agravios forma un memorial del tránsito inconcluso en que México se adentró a fines del siglo pasado. No se trata pues de males coyunturales, sino de contrahechuras estructurales y del poder sobre los cuales los contendientes por el poder del Estado han preferido no ocuparse.

Para acometer tal cambio, tendríamos que admitir que las condiciones institucionales, morales y políticas en el sentido amplio del término, no están a la vista y que encontrarlas o imaginarlas y volverlas realidad implica contar con un tiempo del que el referido vaciamiento de la política nos ha despojado inclementemente. Ningún candidato ha demostrado lo contrario. La debilidad del Estado es notoria.

 


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