Linea Directa


UN OMBUDSMAN PARA EL VATICANO
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 04-06-01)

La reciente celebración del consistorio en el Vaticano, puso de manifiesto un juego político perverso, por parte de algunos altos dignatarios de la Iglesia que utilizan la imagen de Juan Pablo II para mantenerse en el poder. Se hace necesaria la creación de un especie de ombudsman que defienda los derechos humanos de los excesos de la autoridad real del Vaticano, que no es la del Papa. El Estado que se autocalifica como el más piadoso del planeta, no muestra la mínima piedad para con el Papa.

Un estado teocrático como el Vaticano, que en la era de la información se muestra incapaz de revolucionar sus estructuras, enfrenta el peligro de la pérdida de su credibilidad e influencia. Permítanme ser más claro al respecto; en el pasado consistorio se observó con toda nitidez el debilitamiento físico del Papa. Sin embargo, leyes, usos y costumbres de la vieja institución no contemplan, para el jefe de la Iglesia católica, la figura laboral de la jubiliación. Ahora el es un hombre desgastado, agotado y con momentos cada vez más escazos de plena lucidez. Él se había propuesto llegar vivo a las celebraciones del pasado Jubileo, y lo cumplió. Pero a pesar de todo sospechamos, y esto debe quedar plenamente claro, sólo sospechamos, que su imagen está siendo utilizada por un grupusculo de los más altos dignatarios de la Iglesia para continuar usufructuando posiciones de poder político y económico.

Es práctica común que la figura de un ombudman se erija como defensora de los miembros de la sociedad civil para protegerlos de los excesos autoritarios de la autoridad política. En el caso que nos ocupa es evidente que existen dos tipos de autoridad: la formal que representa quien calza las sandalias del Pescador, y aquella que es más real y efectiva, la que ejercen los dignatarios que toman las decisiones de Estado, sin apenas consultar al Papa.

Con lo anterior estamos implicando que Karol Wojtyla es un rehén de un pequeño grupo de cardenales que utiliza la imagen del Papa para legitimar sus decisiones. Pero eso es profundamente inmoral, porque a pesar de que teológicamente se considera al Papa como una divinidad, o lo más cercano a ella, no podemos ignorar que también posee la característica de ser un hombre y como tal también posee derechos, justamente los derechos humanos. Entre otros, derecho a no ser utilizado, a ejercer una mínima libertad, al descanso, al retiro y a morir en paz.

Como fue expuesto en el último consistorio, por el momento no existe una persona capaz de llenar enorme hueco que a su falta, dejaría Juan Pablo II. Un Papa que en muchos sentidos construyó una historia difícil de superar. Aquel que se atrevió a pedir perdón por algunos pecadillos cometidos por la Iglesia en el pasado remoto y en el pasado relativamente reciente. Como por ejemplo pedir a los judíos perdón por haber avalado los criminales actos del nacional-socialismo que culminaría con lo que ellos han denominado como "el holocausto": el exterminio de seis millones de judíos durante la década de los treinta y principios de los años cuarenta del pasado Siglo. Un débil pedimento de perdón pero, al fin y al cabo el reconocimiento papal de un pecado y una culpa. Un perdón que, por cierto, no ha sido explícitamente otorgado por alguna de las personalidades actuales como Barak, Sharon, Perez y ni siquiera por los judíos "ligth" de estas latitudes, como Santiago Levy o Jorge G. Catañeda Gutman.

Otro pecadillo poco explícito en el público arrepentimiento de Juan Pablo II fue el de la firma del Tratado de Letrán, por medio del cual Benito Mussolini, el dictador fascista del Estado Italiano, entregó a la Iglesia recursos suficientes para que, inteligentemente invertidos, al margen de consideraciones religiosas y con la entusiasta cooperación de la Cosa Nostra siciliana, se creara la base del poder económico del Vaticano, que posteriormente le permitiría ser promotor del capitalismo salvaje. Un episodio negro en la vida de la Iglesia que tuvo como culminación secundaria la figura del cadáver de Roberto Calvi, colgando del puente Blackfriars en Londres.

En fin, que al Papa que pidió perdón debería tratársele con más dignidad. Si se requiere un ombdsman para defenderlo de sus secuestradores, pues busquémoslo al grito de: ¡salvemos al Papa!


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