Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

SONRÍE

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 28-05-18)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

En  búsqueda de una representación política verdadera y semanas antes del insultante debate de los candidatos presidenciales, celebrado en la fronteriza ciudad de Tijuana, B.C, José Antonio Meade, decidió vestir los colores del partido que lo hizo su abanderado a la Presidencia. Llegó temprano acompañado de un hombre desfajado y de camisa rosa, Carlos Alazraki, conocido como el nuevo genio del cuarto de guerra del PRI, a quien se recuerda más por su campaña para Arturo Montiel (los derechos humanos no son para las ratas), que por la frase que hace unas semanas usó para definir al partido de López Obrador: “Qué asco”.

Frente a las cámaras, Meade, se vio más suelto que en el encuentro del Palacio de Minería pero no logró conectar los golpes que le permitirían conseguir los (muchos) puntos que necesita para remontar las encuestas. Decidió que el entrenamiento, la estrategia y la planeación del debate se impusieran, quiso ganar en la televisión los puntos que no consigue en las calles, pero no fue el único. Ricardo Anaya el candidato del verbo ágil, caminó en la misma cuerda, tuvo algunos buenos golpes, pero se quedó lejos de las expectativas que él mismo había generado en el primer encuentro. López Obrador, escondió la cartera y no salió sólo a defender su ventaja, sino también al contrataque. Jaime Rodríguez, El Bronco, no pasó de los chascarrillos y la burla, tampoco consideró necesario informar por qué presume que su madre no sabe leer ni escribir en lugar de enseñarle por lo menos los buenos modales.

Esa combinación tipo ensalada rusa, dio como resultado un gris encuentro en el que los temas de la agenda del Instituto Nacional Electoral quedaron atrás y con notoria ausencia de liderazgo, ideología y propuestas serias, dominaron el insulto sobre la discusión, el golpe en lugar de la idea, el efectismo que remplaza al argumento. Cínicos, hipócritas, mentiroso, canallita, viejo, etcétera., En el ir y venir de acusaciones ya no importaban las propuestas, sino los diagnósticos y las acusaciones, los epítetos y los golpes de efecto que quitaron la palabra a los voceros participantes y empequeñecieron aún más a la farándula electoral.

Los ataques más duros de Meade y Anaya fueron contra el tabasqueño, pero también se dieron entre ellos. López Obrador supo colocar su punto: la mafia del poder. Ni Anaya ni Meade atinaron a responderle al peje sobre la machacona frase de “lo que llamo el Prian”. Dejaron pasar, la acusación de que ambos se pusieron de acuerdo para entregar mil millones de pesos a la fundación de Josefina Vázquez Mota, tema que ha quedado en el laberinto de la oscuridad plena donde anidan la corrupción y la impunidad.

A la esgrima verbal de Anaya, las lecciones del profesor Meade (déjenme les digo, déjenme les explico) y las necedades de López Obrador (acabaremos con la corrupción, como salida para todo), y al estilo personal del bronco, se sumó, por si no bastara, el fracaso del formato del debate, la participación controlada de los elegidos como pueblo, en un ejemplo de democracia tripulada y, los moderadores Yuriria Sierra y León Krauze, que sin mesura abandonaron su papel para convertirse en muchos momentos examinadores o supervisores.

Yo soy el que está en la boleta, ha dicho Meade una y otra vez. Pero las encuestas, las redes y las calles gritan que en la boleta están Enrique Peña Nieto y un PRI totalmente repudiados, una suerte de sublevación ciudadana que canaliza los agravios y las furias de una sociedad que durante demasiados años ha sido abusada, atropellada, engañada y saqueada por el grupo en el poder.

Como funcionario público a Meade lo definen como un personaje obsecuente y siempre complaciente con sus jefes. Por eso, para no tocar al presidente Peña Nieto o, peor, al canciller Luis Videgaray, rechazó aceptar que fue un error invitar a Donald Trump, a la casa oficial de Los Pinos, cosa que incluso el presidente ha reconocido. Por el contrario, dedicó parte de su tiempo a difamar y acusar a López Obrador de querer llevar al Congreso a una secuestradora, en referencia a la luchadora social y candidata de Morena al Senado, Nestora Salgado y a tono con un reciente mensaje del presidente Peña, pidió que en el momento íntimo frente a la papeleta electoral, los ciudadanos sepan elegir entre futuro y pasado, porque “el mejor, yo no tengo ninguna duda, ni ustedes tampoco, soy yo”. Así cerro su participación y sonrió.

Anaya, en su cierre, apeló a la historia y al país convulso de estos días: México necesita paz, porque no tiene paz quien no puede salir a la calle con tranquilidad, no tiene paz quien no sabe qué va a comer al día siguiente, no tiene paz quien no tiene empleo seguro y bien remunerado. El bronco con su histrionismo cada vez más grotesco, como pordiosero pidió ayuda pero no sonrió y, López Obrador con la cartera a buen resguardo, buscó dejar claro que este arroz del próximo gobierno democrático ya se coció, y, maliciosamente recicló una consigna: Sonríe, vamos a ganar.

Poco o nada nuevo o destacado aportaron los señores candidatos (ya no hubo señora candidata). El chiste, la ocurrencia, los apodos y los juegos de palabras, la rutina, la mentira abierta y la evasión de lo concreto fueron elementos distintivos de este segundo debate que resultó peor que el primero y que debería llevarnos a reflexionar y declarar de inutilidad pública al tercero. Al fin y al cabo, a punta de denostaciones y falsedades no se moverán en forma significativa las preferencias electorales ya asentadas así que ganes o pierdas sonríe porque ni modo aquí nos tocó vivir como dice Doña Cristina Pacheco.

 


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