Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

EL CONFLICTO EMPRESARIAL

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 21-05-18)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

Pese a los inevitables vaivenes e incertidumbres generados por dos complejos procesos en curso (la renovación del TLCAN y la incertidumbre electoral), México se mantiene entre las economías más atractivas para la inversión extranjera directa. En efecto, es del conocimiento público que las finanzas mexicanas están sometidas a una gran tensión debido a las negociaciones que autoridades y representantes del sector privado llevan a cabo con sus pares de Estados Unidos y Canadá para renovar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Si a ello se suman las descalificaciones y profecías catastrofistas que acompañan al proceso electoral que habrá de culminar el primero de julio, debe concluirse que, al menos en la lectura de los capitales corporativos, ni la posibilidad de que se ponga fin al tratado comercial más importante suscrito por nuestro país ni el eventual resultado de las elecciones presidenciales ponen en riesgo la viabilidad financiera de México en el mediano plazo. Lo anterior da cuenta de la confianza que los inversionistas foráneos mantienen en los fundamentos económicos e institucionales de nuestro país.

Esta actitud que prevalece en el exterior contrasta con la mostrada por algunos sectores del empresariado nacional, que en algunos casos ha llegado a extremos cuestionables. La especulación alcista que los dueños de estaciones distribuidoras de gasolina hacen con el precio del combustible, sin ningún aumento en el costo mayorista que lo justifique, contribuye poco a la estabilidad económica y, por el contrario, propicia incertidumbre sobre la marcha general de la hacienda nacional.

Cabe esperar que los grandes empresarios mexicanos reculen de su injerencia en las campañas proselitistas a partir del reconocimiento de que los contendientes no suponen una amenaza para sus intereses en la medida en que éstos sean legítimos. En este cambio de talante deben ser incluidos quienes con su apuesta por alzas especulativas, minan la confianza en la inversión y el consumo de las mayorías.

En la década de los años 90, desde la firma del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN), México y Canadá obtuvieron un acceso especial al mayor mercado del mundo, el de Estados Unidos, este país, optó por definir su área inmediata de influencia a través de la apertura (o si se quiere, del aseguramiento) del comercio y la circulación de capitales con las dos naciones de su vecindad inmediata. Canadá capitalizó la oportunidad para consolidar su economía y su sociedad –sin perder las prerrogativas sociales con las que ya contaba–. ¿Y México? La historia es conocida: una sociedad entrecruzada por la violencia, una distribución del ingreso que se concentra en 20 por ciento de la población, la emigración masiva de millones, procesos que han convertido a muchas regiones del país, sobre todo en el centro y el sur, en zonas de vida precaria. 

La apertura tuvo en su centro al empresariado, un agente social y figura central de la vida pública sobre el que recaerían muchas de las expectativas y los dilemas del país, de sus esperanzas y frustraciones y, con ello, de sus responsabilidades. Como nunca antes en la historia, los círculos empresariales colonizaron las retículas del poder político y mediático, los principales mecanismos de la circulación y la apropiación del gasto público y, sobre todo, el discurso público, usando la retórica de las inversiones globales que aliviarían los males de la sociedad. La mayor parte de los grupos empresariales mexicanos de la década de los años 80 vendió sus empresas en la esfera global. Con excepción de algunas cuantas figuras, el arquetipo del gran empresario en México es en la actualidad una especie en extinción.

Su lugar lo ocupa un selecto club de facilitadores anónimos globales que durante décadas se han enriquecido de esta mediación y se han convertido en una suerte de guardianes de un orden que trabajó invariablemente, sexenio tras sexenio, a lo largo de una política de la decepción. Guardianes improductivos, un centro esencial de la corrupción, y que hoy representan un cuello de botella que impide la movilidad social y la circulación dentro de las élites. Y, sobre todo, inhiben la posibilidad del surgimiento de un empresariado ligado a la idea de convertir al país en una casa ecuánime para la sociedad.

En 2018, ese reducido grupo de facilitadores, reunidos en torno al Consejo Coordinador Empresarial (CCE), apostaron a José Antonio Meade, el candidato a la Presidencia del Partido Revolucionario Institucional. La apuesta era casi natural pero una vez que presintieron que Meade no llegaría lejos, buscaron acercarse a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) el puntero en la contienda. Las cosas no resultaron ya que para el tabasqueño, representan tan sólo otro grupo de presión venido a menos y tan desgastado como las franjas que dirigen en la actualidad al PRI y al PAN, y de las que se alimentaron desde la década de los años 90.

El conflicto con el CCE no amenaza ninguno de los flujos actuales de inversión. Los que representa este grupo ya se encuentran hace mucho en la esfera global y equivale a una suma casi proporcional a la deuda actual. Simplemente han depositado el dinero fuera de México. La otra parte central de las inversiones se decide en el indeterminado mundo de los flujos globales y sin embargo, el efecto que pueden tener sobre lo que resta de la campaña es impredecible. Por lo pronto, en el escenario electoral, han convertido a AMLO en el centro absoluto de la atención, que sin duda, es de alto riesgo para el propio candidato de Morena quien asegura que para llegar a la presidencia, no quiere caer en provocaciones.

 


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