Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

EL ENCANTO DE PUERTO RICO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 23-10-17)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Tras los efectos de los huracanes Irma y María, la deuda impagable de Puerto Rico, por más de 73 mil millones de dólares, ha sido pretexto para imponer una junta fiscal independiente que administra un paquete severo de austeridad, bajo el cual ya han cerrado más de 100 escuelas públicas y decenas de hospitales. La isla con más de 100 mil casas destruidas, sin luz ni agua potable, y daños posiblemente mayores a su PIB anual, no tienen derecho a voz ni voto en el Congreso ni en las elecciones federales. La isla de ensueño, y sus 3.5 millones de habitantes, ya no están en la agenda de la Casa Blanca.

En su momento más vulnerable, Donald Trump, su presidente, aparentemente los engañó al prometer anular su deuda impagable. 24 horas después, Mick Mulvaney, director de la oficina de presupuesto de la Casa Blanca, sencillamente retiró la oferta. No vamos a pagar esas deudas. No vamos a abordar las dificultares fundamentales que tenía la isla antes de la tormenta. Ahora, si el Congreso de Estados Unidos no aprueba miles de millones más en recursos de emergencia, su gobierno está por quedarse sin fondos de operación a finales de este mes.

No obstante, Trump declaró que su gira por la isla fue una gran visita, y que los que critican su esfuerzo son promotores de noticias falsas. De hecho, antes de su viaje, atacó directamente a la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulin Cruz, porque se había atrevido a contradecir al presidente y su equipo sobre los esfuerzos de Washington para responder a la crisis. Ella consideró que la visita de Trump, coreografiada no para enfocarse en la crisis humanitaria, sino en el gran trabajo del presidente, fue opacada por los hechos de una respuesta tardía y limitada de la Casa Blanca al desastre y fue insultante al pueblo de Puerto Rico, mientras corrían las imágenes de un presidente lanzando, como si fuera deporte, paquetes de toallas de papel a puertorriqueños ahogados en, tal vez, la peor crisis de su historia moderna.

Trump pareció jugar con el desastre, quejándose medio en broma que había tenido un impacto negativo en el presupuesto federal, porque hemos gastado mucho en Puerto Rico (algo que no mencionó en sus visitas a Florida y Texas para atender las consecuencias de huracanes ahí). En un momento, mientras veía cajas de linternas, comentó: ustedes ya no necesitan éstas, aparentemente sin entender que 92 por ciento de la isla sigue sin luz, y una y otra vez repetía una frase rara en medio de un desastre mientras consolaba a gente o entregaba ayuda simbólica: que la pasen bien (have a good time).

Frente a las crecientes críticas de la respuesta de su gobierno a la crisis en Puerto Rico en los primeros días, Trump tuiteó que sus críticos eran ingratos políticamente motivados y en un momento se molestó a tal nivel que decidió ofender a casi toda la isla, quejándose que los puertorriqueños: quieren que todo se haga para ellos cuando debería de ser un esfuerzo comunitario. Ante el espectáculo político de Trump durante este desastre, junto con lo que consideran una respuesta lenta a la crisis, la diáspora puertorriqueña en Estados Unidos se ha movilizado para hacer todo lo posible por apoyar a su pueblo mientras expresa su furia con Trump.

Después del meteoro, el maltrato, la insensibilidad y hasta la grosería con que el presidente estadunidense, Donald Trump, ha reaccionado ante el desastre causado el mes pasado a la isla retratan, sin duda, al individuo que ejerce la jefatura de Estado en la nación vecina y confirman que su ciudadanía tiene sobrados motivos de preocupación por la personalidad y hasta por el estado mental del mandatario. En efecto, Trump ha demostrado, sobradamente, tanto en el plano individual como en el institucional, que no tiene los atributos que cabría esperar del jefe del Ejecutivo del país más poderoso del mundo, entre otros, sentido de Estado, cultura e información, claridad de ideas, prudencia, sensibilidad, tolerancia, veracidad, precisión en las palabras y buenos modales. 

Las lagunas referidas se han puesto de manifiesto en muy diversos asuntos internos y externos, desde la incapacidad del mandatario para coordinarse de manera eficaz con los dirigentes y legisladores de su propio partido, el Republicano, en puntos tan cruciales para el programa del actual gobierno como la liquidación del Obamacare, hasta los exabruptos vertidos en tuits que con frecuencia llevan a Trump a chocar con los principales integrantes de su equipo, pasando por los procaces ataques en contra de los medios y de los informadores y las bravatas belicistas que representan, sin duda, un peligro para la precaria paz mundial.

Resultan particularmente agraviantes los actos y los dichos del actual habitante de la Casa Blanca frente a una situación de catástrofe como la que enfrenta Puerto Rico. Trump, en lugar de enviar a los puertorriqueños palabras de aliento y empatía, les reprocha el endeudamiento –ciertamente desmesurado–, además, Washington se ha negado a suspender temporalmente la Ley Jones –que prohíbe atracar en la isla a cualquier barco que no tenga bandera estadounidense– para hacer posible la llegada de ayuda humanitaria.

En suma, como lo refirió la alcaldesa de San Juan –la capital puertorriqueña–, Carmen Yulín Cruz, la respuesta de Washington hasta la fecha resulta inaceptable, es inmoral y francamente ya está rayando en violación de derechos humanos. Pero, más allá de los impresentables desfiguros de Trump, debe reconocerse que la condición de Estado Libre Asociado que Puerto Rico ostenta ante Estados Unidos –o, en términos llanos, el hecho de que sea una colonia de la superpotencia– no sólo da margen a las crueldades, humillaciones y groserías del magnate neoyorquino, sino que explica el desdén de todo el aparato administrativo estadounidense y, en última instancia, la vulnerabilidad económica, la precariedad de la infraestructura y la dificultad con que la isla debe hacer frente a la tragedia y recuperar su encanto.

 


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