Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

DEJÉMONOS DE PENDEJADAS

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 25-09-17)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

La total ausencia de información y consulta previa ciudadana, vinculada con la orden de introducir maquinaria pesada en varios de los edificios colapsados en la Ciudad de México (CDMX) y otros lugares de la República, ha suscitado una lógica reacción de indignación y resistencia que se percibe como una decisión apresurada de la insensibilidad oficial para que cese la búsqueda de sobrevivientes. Dejémonos de pendejadas, en la práctica, introducir maquinaria pesada para la remoción de escombros, implica dar por concluida la búsqueda de personas con vida y asentar que en lo sucesivo sólo se encontrarán cadáveres, pero significa además, una decisión insensible y en extremo delicada, cuando se toma de espaldas a quienes esperan con ansiedad noticias de sus seres queridos.

Dejémonos de pendejadas, este episodio, expresado en diferentes escenarios y negado por los gobernantes, es sintomático del fracaso de todas las instancias de gobierno en responder a las demandas de la sociedad, principalmente en la capital del país, donde la alta y anárquica concentración urbana patrocinada por las autoridades delegacionales, ha permitido una respuesta civil masiva ante la emergencia. A lo largo de la crisis y en múltiples dimensiones, el fracaso ha sido palpable: la demora en hacer llegar la ayuda a las zonas afectadas, particularmente en comunidades rurales o semiurbanas de Puebla y Morelos, entidad última donde la desconfianza generalizada en los centros de acopio oficiales, las poses escenográficas y el uso propagandístico de la ayuda por parte de funcionarios, han contribuido a generar un clima de repudio y desprecio a las instancias gubernamentales y sus representantes.

Bajo el fuego de muchos frentes, el gobernador de Morelos, Graco Ramírez, luego de que se difundieron videos en los que se veía a personal de su administración reteniendo los vehículos que llegaban con ayuda, enfrentaba una fuerte ofensiva en las redes sociales. Según las denuncias ciudadanas, Ramírez estaría concentrando los donativos en bodegas, con la finalidad de agregarles una etiqueta con la leyenda #Fuerza Morelos, su nombre y el de su esposa Elena Cepeda, denominada #Lady Gandalla, que encabeza el Sistema Estatal de Desarrollo Integral de la Familia (DIF). Fue inútil la defensa del perredista, porque el tribunal de Internet, caiga quien caiga, había dictado ya su sentencia.

Dejémonos de pendejadas, como hace 32 años, una gran red de responsabilidad civil se hizo presente en los barrios y colonias de la Ciudad de México, y en estados como Morelos, Puebla y Guerrero. La solidaridad incondicional, particularmente la de las y los jóvenes mexicanos a quienes se presumía injustamente como superficiales e indiferentes a los sufrimientos y necesidades de los demás, nos devolvió la esperanza en medio de tan trágicos sucesos. Imperdonable error, desde el primer momento su fuerza joven se materializó en remover toneladas de escombros, bajo los cuales se hallaba gente con vida, o se recuperaban cuerpos de personas lamentablemente fallecidas. Una sorprendente coincidencia con la efeméride de la tragedia de 1985.

Las experiencias de aquellas generaciones dialogaban ahora con las del sismo de 2017, entremezclados para actuar de inmediato a manos limpias en labores de acopio, traslado y rescate. Como cada año, recordamos aquellos talleres clandestinos de costura que en 1985 se vinieron abajo con mujeres trabajadoras dentro del edificio, y al movimiento de sobrevivientes que tras la tragedia se organizaron y lucharon por sus derechos sociales. Era conmovedor contemplar a jóvenes de distintas clases sociales y orígenes familiares, desde Juniors hasta muchachas y muchachos de la calle, formar cadenas con un solo propósito: llevar ayuda a los caídos y a quienes los auxiliaban. Con el paso de las horas la solidaridad se volvía pujante también en Morelos, donde municipios como Jojutla reportaban daños y pérdidas enormes. Desde allá buscaban ayuda, desde acá se les asistía en lo posible, con la ventaja de que la sociedad solidaria y organizada de hoy tuvo a su disposición medios mucho más vigorosos para coordinar y difundir con enorme eficacia cientos de esfuerzos de acopio, auxilio y ayuda voluntaria en las zonas más afectadas del País. En honor a ese esfuerzo, desde esta trinchera y frente a la tragedia, quiero reflexionar contigo amigo lector, lo siguiente:

Dejémonos de pendejadas, muchas y muchos mexicanos hemos recordado en estos días que lo fundamental es participar, ayudar, tener esperanza en que otra persona viva. Estar ayudando de forma activa, como en las cadenas de manos que auxilian asistiendo a víctimas, alimentándolas, y el estar dando techo y cuidado, entre muchas otras tareas, son signo de un nivel ético y de un compromiso indescriptible con la vida.

Somos ahora testigos y partícipes de abundantes expresiones de solidaridad, reflexión y organización, cuya continuidad en los siguientes días y semanas será clave para la reconstrucción física y moral de la población, luego de los desastres naturales de las últimas semanas. Resulta ineludible destacar que las personas afectadas y organizadas deben ser reconocidas como sujetos de derechos, y como tales incorporadas como actores en las tomas de decisiones. No sólo como observadoras o beneficiarias de las respuestas gubernamentales.

Dejémonos de pendejadas, debemos distinguir en todo momento la responsabilidad de las autoridades de proteger y garantizar los derechos humanos de la población, y el cumplimiento de su obligación de comprometerse en responder ante las limitaciones y amenazas que la situación de desastre presenta. Seguramente que en la situación actual la organización de la sociedad civil no dará tregua para fortalecer su derecho a la participación en la solución de problemáticas en el país. Especialmente aquellas que revelan las devastaciones de este sismo.

Dejémonos de pendejadas, ante un nivel imposible de ignorar de enojo ciudadano contra gobernantes, partidos y grupos políticos en general por su manifiesta incapacidad de ponerse a la altura de las graves circunstancias, resulta deplorable y peligroso la actitud de absoluto desdén a los reclamos de la población movilizada en un empeño solidario, digno de la mayor admiración. No hay que olvidar que debemos sentirnos orgullosos de haber nacido como mexicanos; somos de ese país donde todos trabajamos hombro con hombro y donde los centros de acopio están llenos de víveres y ayuda ciudadana, sangrando las manos hasta que sea necesario, héroes sin capa que ofrecen comida gratis en las calles y hospedaje a extraños en su casa. Somos de ese País que se llama MÉXICO.

Un MÉXICO que les advierte a las autoridades y políticos (desde el Presidente de la República hasta el puesto de intendencia) que si desean conjurar la potencial explosividad social producida por la inocultable torpeza en el manejo de la emergencia, tendrán que conducirse de manera acorde con sus responsabilidades en una sociedad democrática y moderna. Al tiempo que se canalizan de manera efectiva los recursos del Estado en favor de la población, deben revertir de inmediato el patrón de ninguneo a la gente y planear con los recursos que son del pueblo y no de los partidos políticos, todas las acciones oficiales en consonancia con las necesidades y el sentir de los afectados. Finalmente, dejémonos de pendejadas.

 


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