Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

RELACIONES Y MANOTAZOS

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  30-01-17)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

     

Mientras Peña nieto y su equipo de expertos producen palabrería para consumo interno, su belicosa contraparte le va cerrando todos los caminos políticos. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, inició su primera semana en la Casa Blanca cumpliendo con sus promesas de anular acuerdos de libre comercio, retirar apoyo a los que ofrecen servicios de salud a mujeres, reducir la burocracia federal y reiterar su amenaza de un impuesto fronterizo contra empresas que trasladen empleos al extranjero.

Firmó la orden ejecutiva en que Estados Unidos se retira del Acuerdo de Asociación Transpacífico (ATP), que la administración Obama había asumido con 11 países más, los cuales están en proceso de que sus órganos legislativos ratifiquen tales negociaciones. La decisión fue un golpe a la cúpula política y económica de Estados Unidos que ha guiado la política económica internacional durante más de tres décadas, basada en la promoción del llamado libre comercio. La orden también anuló una pieza clave del legado de su antecesor Barack Obama, quien invirtió enorme capital político en promover el ATP en coordinación con la cúpula republicana del Congreso.

En torno a migración, otro gran tema de la campaña, sobre el cual se esperaba acción ejecutiva inmediata, el gobierno de Trump pareció echarse para atrás, sobre todo en lo relativo al delicado asunto de qué hacer con los llamados Dreamers, aproximadamente 700 mil jóvenes indocumentados que llegaron como niños con sus padres al país. Trump había prometido, anular todas las órdenes ejecutivas de Obama sobre migración en su primer día de gobierno, incluyendo el programa conocido como DACA, bajo el cual éstos jóvenes están protegidos de la deportación y se les permite estudiar o trabajar temporalmente. Trump no abordó el tema y el secretario de prensa, Sean Spicer, indicó que la prioridad sería la deportación de indocumentados con antecedentes penales, lo que implica que, por ahora, se continuará con la misma política migratoria de Obama.

Actuando como empresario, Trump firmó otras dos órdenes ejecutivas: una congelando contratación de personal de toda la burocracia federal, con la excepción del sector militar, y la anulación de asistencia extranjera estadounidense a cualquier grupo u organización que ofrezca abortos o informe sobre ellos en el mundo. Tampoco emitió una orden sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Sobre el tema, precisó que la renegociación del Tratado comenzará en cuanto se reúna con los gobernantes de México y Canadá (a ver cuándo) y reiteró su advertencia a los líderes empresariales de que impondrá un impuesto fronterizo sustancial a cualquier empresa que traslade la manufactura y empleo de este país a otros. Poco después, se reunió con líderes sindicales, en su mayoría del sector de la construcción, quienes serán beneficiados con los proyectos de infraestructura que ha prometido.

Con la nueva administración de Estados Unidos no habrá confrontación ni sumisión, la relación bilateral está en el diálogo y la negociación, así lo dijo una semana antes el presidente Enrique Peña Nieto. En su postura, y ante la salvaje embestida del búfalo americano (especie en peligro de extinción) no le acompaña el beneficio de la duda. Tantas veces hemos escuchado los mexicanos las consideraciones y promesas del actual ocupante de la silla presidencial, sin que se cumpla lo esencial de ellas, que un discurso más o un discurso menos da casi lo mismo. Demagógicamente prometió que defenderá la soberanía nacional, que no actuará ante el nuevo gobierno estadounidense con ánimo de confrontar, pero tampoco de sumisión, y ha dado a conocer (como en otras ocasiones) una lista de principios y objetivos a conseguir, entre otros: Soberanía nacional, cuyo ejercicio implica que en el proceso de negociación nuestro único interés es el de México y el de los mexicanos; respeto mutuo al estado de derecho, una visión constructiva y propositiva, la integración de Norteamérica y la negociación integral.

En materia económica, preservar el libre comercio y los tres países del TLCAN mantenerse exentos de cualquier arancel o cuota; incorporar nuevos sectores como telecomunicaciones, energía y comercio electrónico a la modernización de ese acuerdo comercial, y donde aquella contemple, además, mejores salarios para los trabajadores mexicanos; y proteger el flujo de inversiones hacia México, que está obligado a actuar en ejercicio de su soberanía y a partir del interés nacional. Puras promesas.

Lo peor es que, en su condición tan debilitada en lo interno y en su relación desde ahora sometida con Trump, Peña Nieto está políticamente solo en el plano internacional. Canadá, ha hecho saber que defenderá solamente lo que a su interés nacional convenga y que solo le preocupa la posibilidad de que medidas de Washington pensadas y dirigidas en contra de México causen daño colateral al país cuyo primer ministro es Trudeau. Así que, a final de cuentas, bien podría quedar el TLCAN como un tratado bilateral de comercio entre Estados Unidos y Canadá, con México hecho a un lado, virtualmente expulsado. 

El canciller Videgaray indicó que 2016 será recordado como un año de profundo cambio político y de ruptura de paradigmas, debido a “una ciudadanía inconforme que exige se le dé mayor importancia a los intereses de carácter local por encima de aquellos que promueven los objetivos de la globalización’’. Algunos datos:

En Estados Unidos, hay 18 mil millones de dólares de inversión mexicana. El comercio entre California y México genera 566 mil empleos, con un monto de intercambio de 26 mil millones de dólares anuales; con Texas, las exportaciones en 2014 ascendieron a 92 mil 500 millones de dólares y representaron 380 mil puestos de trabajo. En el caso de Indiana, más de 200 mil puestos laborales dependen de las exportaciones a México, y casi 100 mil en Pensilvania y otro número similar en Wisconsin.

Enrique Peña Nieto (EPN) no aprovechó la insólita oportunidad de aparentar un arranque de dignidad política y cancelar por iniciativa propia la cita que Donald Trump le había asignado para visitar la Casa Blanca. A lo más que llegó el estresado presidente fue a pronunciar algunas frases más o menos de cajón (México no cree en los muros. Lo he dicho una y otra vez: México no pagará ningún muro) y a anunciar que realizaría consultas con el Senado y con la Conferencia Nacional de Gobernadores. 

Y resulta que Trump leyó políticamente los titubeos de Peña y, la mañana del jueves (hora de México), ya estaba manteniendo la iniciativa: si México no iba a pagar la construcción del muro, sería mejor que se cancelara la reunión. Era un grosero cierre de opciones: vienes, te comprometes a pagar, y te vas. O mejor ni vengas. Poco después llegó la noticia de que el presidente Peña Nieto había cancelado su viaje a Washington. Las fracciones parlamentarias del Congreso de la Unión y la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) respaldaron la determinación del presidente y los coordinadores parlamentarios expresaron su rechazo y condena enérgica a cualquier acción del gobierno de Estados Unidos que atente contra la dignidad, como individuos y nación soberana.

La relación del nuevo gobierno estadounidense con México empeoró cuando el presidente Donald Trump acusó a México de falta de respeto a Estados Unidos y poco más tarde propuso un impuesto de 20 por ciento a todas las importaciones mexicanas para pagar el famoso muro fronterizo, o tal vez no (80 por ciento de las exportaciones mexicanas se destinan al país vecino). La Casa Blanca intentó amortiguar lo que era un golpe inédito en las relaciones entre ambos países, cuando el vocero Sean Spicer comentó a periodistas que ‘‘se mantendrán abiertas las líneas de comunicación’’ entre ambos países y que la Casa Blanca ‘‘buscará una fecha para programar algo en el futuro’’. Al estupor inicial siguió una reflexión elemental, un impuesto así acabaría siendo pagado por la clientela estadounidense (claro que un golpe fiscal de ese tamaño dañaría profundamente la economía mexicana, pero, a fin de cuentas, los gringos acabarían pagando más por ciertos productos). El vocero Spicer tuvo que recular: esa idea no era sino una de las opciones a considerar. No era definitiva, sólo una posibilidad.

Fijar ese impuesto a las exportaciones mexicanas (en caso de que el Capitolio apruebe esa medida) representa, en los hechos, una suspensión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y, más allá, el fin del modelo de desarrollo adoptado por el gobierno de nuestro país hace tres décadas, cuyo eje rector era la supeditación de la economía nacional a la estadounidense. El impuesto referido conllevará una merma aún no cuantificada, pero seguramente elevadísima, de las divisas que México recibe del extranjero, que se agudizará con la previsible disminución de las remesas y de la inversión, lo cual se traducirá, de manera inevitable, en pérdida de empleos en el sector exportador y en la necesidad de crear plazas de trabajo ante el previsible incremento de deportaciones de connacionales. 

Lo cierto es que ya se agotó el tiempo. Los manotazos antimexicanos de Trump cimbran el edificio de la globalidad neoliberal en todo el mundo, pero resultan particularmente devastadores para nuestro país, cuyas autoridades no parecen haber entendido la dimensión y el alcance del fin del modelo implantado desde hace tres décadas ni parecen preparadas para el cambio de paradigma que el momento exige.

Dado que tales manotazos son, claramente, parte de un patrón de conducta y que no hay razón para esperar del nuevo gobierno estadounidense voluntad de cooperación, amistad y ni siquiera cortesía, es claro que la diplomacia mexicana hacia el vecino debe redefinirse y conducirse con actitud no belicosa, pero sí firme y digna ya que los problemas y posibles soluciones van a seguir existiendo entre ambos países. A México le  urge reconfigurar la política económica y diversificar las relaciones políticas y comerciales con el resto de los países particularmente con Centro y Sudamérica, y recuperar la antigua postura no alineada de México en el mundo. Más importante aún, es reactivar el campo, la industria y el mercado interno y reorientar las prioridades que hasta ahora han sido para beneficiar a los capitales en detrimento de la población.

Finalmente, México debe abandonar el papel de policía y guardia fronterizo de Estados Unidos, sentirse libre de los compromisos que adquirió en materia de seguridad, migración, combate al narcotráfico y renunciar a la asistencia estadunidense antes de que el propio Washington decida suspenderla a base de manotazos.

 


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