Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

SIGNIFICADOS POR SI LA CULPA ES DE TRUMP

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  28-11-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

    

El Frankenstein resucitado que vivimos hoy en día, comenzó hace 45 años cuando los teóricos del neoliberalismo refieren la existencia de un proceso global inevitable e implacable, un fenómeno que en Estados Unidos se tradujo en un prolongado y metodológico descenso experimentado por la productividad laboral y que afectó poco a poco el crecimiento de la mayor economía del planeta. En aquellos tiempos, la mayor parte de la política mundial estaba dominada por el conflicto árabe-israelí y la etapa final de la guerra de Vietnam. El mercado del petróleo se sacudía por las disposiciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) que arrastra a una crisis en el sector energético y por ende a toda la industria y la sociedad, surge el auge del terrorismo, la Casa Blanca se sacude con el escándalo Watergate y Richard Nixon quedó fuera de ella al renunciar a su cargo presidencial. Al mismo tiempo, el intervencionismo del gobierno estadounidense ayuda a instaurar dictaduras militares afectas a Washington en varios países de América Latina. 

El fenómeno de globalización neoliberal exigía a los países menos desarrollados el cumplimiento de determinadas “reglas” para formar parte del mismo: privatización de las empresas estatales, desregulación total de los mercados, reducción y focalización del gasto público social, el equilibrio de las cuentas fiscales y la flexibilización del mercado laboral. Al estilo de la guerra de las Galaxias, si aplicaban sus “recetas”, lograrían la llegada masiva de inversiones externas  y les permitiría “insertarse en el mundo”, generar, mediante una “mano invisible”, el “derrame” que garantizaría el “desarrollo sustentable” que sería distribuido espontáneamente a todos los habitantes del planeta. Los técnicos de los organismos  multilaterales, los bancos  acreedores y las grandes potencias mundiales (el grupo de los 8) se ocuparon de esa magra tarea.

En el país de Trump esas políticas generaron la salida de sus industrias hacia países de salarios sustancialmente más bajos que los regulados en ese país. Tal cosa ocurrió, por ejemplo, con las tres grandes empresas automotrices (GM, Ford y Chrysler), que huyeron de Detroit, Michigan y se ubicaron en gran medida en México para competir con Volkswagen y Nissan establecidas con anterioridad. Con ello, la inversión extranjera directa y el empleo aumentaron en México, los estadounidenses pudieron comprar sus automóviles a precios mucho más bajos, las empresas recuperaron ampliamente sus ganancias y demostraron que la productividad industrial se sostiene no por su aumento sino por los castigados salarios de los obreros del tercer mundo, comparados con los salarios de los obreros estadounidenses.

En la industria estadounidense, junto con la caída de los salarios, cayó también el empleo, siendo gravemente afectados por la desindustrialización los llamados rustbelt (cinturón oxidado), de múltiples ciudades y que pese a la revolución tecnológica de Silicón Valley y todas sus réplicas en el mundo, la productividad - bienes y servicios producidos cada hora por los trabajadores– de las empresas no agrícolas, ha caído a una tasa anual de 0.5 por ciento. Según datos del Departamento de Trabajo, el tiempo trabajado aumentó más rápido que la producción y no existe evidencia de que el capitalismo vuelva a experimentar en mucho tiempo, las tasas de crecimiento de un pasado que ya puede ser visto como remoto. Otra veta de horrores vividos en Estados Unidos, fue la formación de una economía de casino, que conformó las llamadas burbujas inmobiliarias, la cadena de hipotecas basura, las trampas sin nombre y sin cuento de los banqueros en todo el mundo desarrollado, que creó la mayor concentración de riqueza de la historia del mundo (el 1%).

Por ahora, la victoria del republicano ha puesto a flote a una sociedad profundamente fracturada por una desigualdad sin límites y que, en un santiamén se ha convertido en una sociedad que vivirá por lo menos cuatro años con el miedo a cuestas ya que, en su maniqueísmo primitivo de culpar a otros, Trump sin culpa alguna plantea como eje de su propuesta de gobierno expulsar inmigrantes, cerrar fronteras, confiscar remesas, cancelar tratados internacionales y prohibir inversiones en el extranjero. Para muchos, este escenario es inconcebible y parece ser un factor que tendrá efectos adversos para la economía mundial y para los valores de la civilización occidental, afectará su relación con socios comerciales como México, China y la Unión Europea, pero en realidad tendrá resultados lesivos y demoledores en el propio hogar de sus electores, Estados Unidos.

¿Acaso será Trump culpable? o será que ese inefable fenómeno fue resucitado artificialmente por la élite estadounidense que fue incapaz de anticipar los efectos devastadores económicos y sociales que produciría al generar un conjunto de nuevas reglas para la operación del capitalismo mundial y sus recetas económicas. En unos cuantos meses, lo único que ha quedado muy claro es que después de la costosa lucha por la igualdad racial y los derechos civiles, Estados Unidos, es hoy una nación que debe su fortaleza económica y su diversidad cultural justamente a las corrientes migratorias de todos los puntos cardinales, una nación donde abundan las voces de científicos y líderes de opinión que llaman a defender los valores propios de la civilización: tolerancia racial, equidad de género, derechos humanos, diversidad cultural, democracia electoral, respeto a las capacidades diferentes, libre pensamiento y libertad de mercado. Trump poco sabe de eso.

Esas voces denuncian alarmadas que la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, con México y Canadá, o la imposición de aranceles a China no aumentaría el empleo, contrariamente, serían más los empleos perdidos que los creados debido al cierre de los mercados, con la elevación de los aranceles propuestos por el candidato republicano. Se citan tres casos concretos:

Uno: La expulsión de inmigrantes sin papeles, no haría más que encarecer los costos de producción en el campo, la industria y los servicios de Estados Unidos, lo que afectaría las finanzas, la economía y la calidad de vida de sus habitantes. Dos: La reducción de la actividad económica terminaría afectando a todas las economías, comenzando por la de Estados Unidos, que hoy día se beneficia de la exportación a México de bienes y servicios por más de 236 mil millones de dólares. Tres: la creación de un arancel de 35 por ciento a la importación de los automóviles ensamblados en plantas mexicanas por las compañías estadounidenses haría que un automóvil que hoy cuesta 24 mil dólares pasara a 32 mil, lo cual les restaría competitividad frente a las firmas japonesas y europeas.

Posturas delirantes sobre la ciencia y la inmigración llegan después de la tormenta, señalan que el presidente electo se opone al intercambio abierto de ideas, la libre circulación de las personas y el compromiso productivo con el mundo exterior, algo que constituye la base de la innovación y el crecimiento, un sello distintivo de Estados Unidos desde hace décadas. Otra postura se refiere al rechazo al uso de las vacunas que han salvado a millones de vidas en el mundo y su concepción estrafalaria de que el cambio climático lejos de ser una amenaza real para su país y el mundo, es un concepto creado por los chinos para reducir la competitividad de la industria estadounidense.

Todo lo que pueda pasar pasará, dice la implacable ley de Murphy. Los mexicanos que viven en carne propia los improperios y ejercicios de abominación del millonario, buscan esperanzados disimular el hecho de que México no está ante una situación de posible desastre aun cuando Trump durante su campaña electoral haya decidido usar a nuestro indefenso país como costal de papas podridas. Por la historia, saben bien que los sucesivos gobiernos nacionales y el actual de Peña Nieto, nos colocaron sin defensa en el riesgo de ocupar tal papel, la élite gringa ya lo ha descubierto y no hará nada que no sea construir murallas internas y no muros fronterizos para mantener su esplendor en medio de la indigencia sedentaria, de lo negro del color negro y de los tintes latinos y musulmanes.

Para México, la construcción del muro fronterizo y la demolición de la soberanía económica y política inició antes de la firma del (TLC) Tratado de Libre Comercio (Salinas de Gortari y su camarilla neoliberal), prosiguió con la entrega de bancos, ferrocarriles y otras empresas nacionales a entidades extranjeras (Zedillo), pasó por la firma de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (Fox), siguió con la Iniciativa Mérida (Calderón) y tiene su más reciente episodio en la reforma energética redactada por Hillary Clinton y aplicada por Peña Nieto, con la complicidad de los partidos políticos y otros socios menores del grupo gobernante.

Con la implantación del TLC la economía del país vecino recibió una inyección de competitividad frente a Europa y Asia, pero, conllevó una grave devastación del campo, la industria y la desaparición de incontables pequeñas empresas nacionales comerciales y de servicios que dejaron a millones de personas sin recursos para subsistir. La catástrofe fue convertida en movimiento migratorio masivo hacia el país vecino y tomó rumbo de inapreciable subsidio para proveer al campo, la industria y los servicios de Estados Unidos mano de obra barata que se encontraba en una total indefensión legal y podía ser explotada sin límites. En la frontera norte y otras regiones del país, se conformaron campos de explotación humana (maquilas) para que las empresas extranjeras pudieran exprimir en territorio nacional a esa mano de obra cuya existencia depende por completo del TLC, que quiere revisar Trump con la complacencia del gobierno mexicano.

A cambio de recibir cargos generosamente remunerados, así como saquear el erario con impunidad garantizada, Salinas de Gortari y su pandilla lograron su objetivo, traicionaron a la Patria y entregaron a Washington el manejo de la política migratoria nacional y de la seguridad nacional. El país quedo expuesto al saqueo de los intereses corporativos trasnacionales, enajenaron los bienes públicos, destruyeron las instituciones y toda forma independiente de organización social e integración subordinada de la economía nacional a la de Estados Unidos.

Dejemos de hacernos pendejos, Trump defiende sus intereses, los responsables de tan vergonzosa supeditación del país, de la expulsión de millones de connacionales y de su estado de extrema vulnerabilidad en el territorio vecino, no son Trump y sus hordas republicanas de rechazo, sino Salinas de Gortari, Zedillo Ponce de León, Fox Quesada, Calderón Hinojosa, Peña Nieto, y todos sus nefastos colaboradores cercanos que no valen la pena ni siquiera enumerarlos. Exijamos justicia si es que la hay.

Hoy cuando toman cartas de naturalización estigmas como la discriminación en contra de afro estadounidenses, musulmanes, latinos, mujeres, gays, discapacitados y sobre todo migrantes, hay dos formas de ver el juego, Usted escoja y juegue con estos significados: en inglés corriente, en juegos de naipes, trump significa triunfo; en este caso parece el triunfo de la decadencia estadounidense; como locución verbal del slang (vulgarismo) británico, trump, disculpe, significa tirarse un pedo. Yo voy por el segundo.

 


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