Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

MÉXICO DESPUÉS DE DONALD

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  21-11-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

    

Es muy preocupante para México, el vuelco de más de ciento ochenta grados que dieron Donald Trump y su partido republicano en la cúpula del poder político de la principal potencia del mundo, sobre todo si los mexicanos tomamos en cuenta los propósitos vertidos por el empresario neoyorquino durante su campaña: amenazas, fobias, belicismo, intolerancia y autoritarismo, y no pocos de los cuales han tenido como blanco a nuestro país. 

Para muchos connacionales, el triunfo republicano, expresó paradójicamente el tamaño del descontento social en Estados Unidos, el sufragio para el partido republicano y su candidato millonario fue una expresión de rechazo al sistema político, a los partidos tradicionales y a las instituciones. Reflejó que la demócrata Clinton y su partido, a pesar de los masivos y significativos respaldos recibidos, no fueron capaces de traducir en resultados reales esos respaldos y sus ventajas en encuestas, lo cual, fue indicativo de la impopularidad y la erosión de la credibilidad de su figura política, así como de un desinterés ciudadano (principalmente latinos y mujeres) en la tarea de impedir la llegada de Trump a la Casa Blanca.

La tercera ola ya llegó, en términos de ética social y de conciencia cívica, la victoria de Trump es un dato devastador. El hecho de que una mentalidad tan rudimentaria y agresiva haya logrado atraer a casi la mitad de los electores indica la persistencia de grandes bastiones de atraso político que contrastan con la modernidad de que hace gala el vecino país del norte. Por desgracia, el triunfo del empresario racista y belicoso podría llevar al mundo a enfrentar una situación muy parecida a la que padeció cuando la administración de Bill Clinton fue sucedida por la de George W. Bush: un hito que marcó un generalizado retroceso en la legalidad internacional, los derechos humanos, la paz y la transparencia.

El efecto que sentimos desde ahora mismo en México, es la inestabilidad financiera que se ha desatado en las bolsas y que puede perdurar cuando menos hasta el relevo presidencial en la Casa Blanca, previsto para enero del año entrante. Ese paréntesis podría generar un quebranto perdurable en diversas economías. En la nuestra, por lo pronto, en unas pocas horas el peso mexicano experimentó una devaluación mayor a la sufrida en el curso de todo este año, la sola noticia del triunfo de Trump provocó un derrumbe bursátil y cambiario extremadamente negativo para nuestro país. A este efecto recordemos que los intereses corporativos del país vecino conforman poderes fácticos que aprecian, por encima de todo, la estabilidad y desde luego, la utilidad económica.

Para el mundo general, la victoria electoral de Donald Trump anuncia impactos graves y preocupantes, pero en el caso de México resultan particularmente severos, habida cuenta de la retórica racista y antimexicana, que fue uno de los arietes de campaña del magnate neoyorquino. No es para menos: sus veladas amenazas de abandonar el Tratado de Libre Comercio (TLC), su pretensión de gravar las exportaciones mexicanas con 35 por ciento, su plan de confiscar las remesas de los connacionales para financiar la construcción de la valla fronteriza y su ominosa advertencia de emprender deportaciones de millones de migrantes provocarían un cataclismo no dimensionado en la economía y la sociedad mexicanas.

Analistas de ambos países consideran, que lo que el presidente electo ofreció como programa de gobierno es irrealizable en su mayor parte, incluidas sus agresivas ocurrencias contra México, aquí enumeramos algunas.

Sobre el muro fronterizo se ha mencionado que su construcción enfrentaría dificultades geográficas, legales, políticas y económicas que llevarían al gobierno de Trump a un atolladero de años; el decomiso de los envíos de dinero para financiar semejante obra sería ilegal, además de muy difícil de aplicar por razones administrativas; una salida estadounidense del TLC conllevaría una pérdida casi inmediata de puestos de trabajo que provocaría un salto brutal en el desempleo en ambas naciones; el impuesto a las importaciones desde México sería, a fin de cuentas, un gravamen interno inaceptable para innumerables empresas que han trasladado a nuestro territorio parte de sus cadenas de producción; la deportación en masa de indocumentados tendría un costo astronómico para el erario y consecuencias sumamente negativas para la economía. 

No sería oportuno minimizar la seriedad de la situación; los señalamientos referidos indican, simplemente, que en el horizonte de corto plazo no hay catástrofe segura para nuestro país y que la voluntad de Trump será sólo uno de los factores que determinen el rumbo del próximo gobierno estadounidense. Por lo que a México respecta, esta difícil coyuntura debiera conducir al inmediato abandono de la política económica en curso desde hace casi tres décadas, que apostó todo a la integración con el vecino del norte, le entregó la fuerza de trabajo de nuestra población como insumo de bajo costo y descuidó el fortalecimiento de la producción, la investigación y el mercado internos.

Esa estrategia errónea y trágica fue acompañada por un torpe achicamiento de las funciones, propiedades y potestades del Estado y ello se tradujo en una constante cesión de soberanía, en una creciente dependencia y, como se ha visto ahora, en una peligrosa vulnerabilidad nacional. México debe abandonar la absurda idea de depositar sus expectativas de crecimiento en la economía del país vecino, ir tomando distancia con respecto al TLC y fijarse como objetivos prioritarios el impulso a un mercado interno robusto y capaz de dar sustento a la producción propia, la soberanía alimentaria, la dignificación del campo, la reducción de la desigualdad social, la redistribución de la riqueza, el rescate de los recursos naturales entregados al extranjero por la reforma energética y la consecución de índices de desarrollo humano en lugar de tasas de competitividad.

Para el gobierno de México, una tarea impostergable es salir en defensa efectiva y resuelta de la población mexicana que vive y trabaja al otro lado de la frontera, hoy más amenazada que nunca en sus derechos humanos, su integridad, sus propiedades y sus familias; cada gesto de debilidad u omisión de las autoridades mexicanas incrementará el riesgo de que sean víctimas de atropellos adicionales a los que ya enfrentan de manera regular. Las instituciones deben estar preparadas para acudir a las instancias internacionales, si es preciso, para denunciar cualquier maltrato que sufra un ciudadano mexicano en Estados Unidos.

Otra lección que los miembros del grupo gobernante y la clase política debieran extraer del reciente episodio electoral estadounidense es que deben evitar toda intromisión en asuntos políticos de otros países, sobre todo cuando se trata de Estados Unidos, no sólo porque es una práctica indebida, sino porque a la larga se traduce en graves daños al país.

No olvidemos que el respeto a la diversidad de ideas, opiniones y maneras de ser es un valor supremo en las sociedades modernas que aspiran a ser justas y a garantizar una sana convivencia.

 


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