Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

LOS DEBATES

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  24-10-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

    

Tomando el ejemplo de nuestro chicharronero proceso electoral, los debates entre los candidatos presidenciales estadounidenses Hillary Clinton (demócrata) y Donald Trump (republicano), fueron más que una exhibición de dos personalidades contrastadas, la escalofriante demostración de la insustancialidad, la frivolidad y hasta la chabacanería que caracterizan el sistema político del país vecino. Sin más referencias a las buenas propuestas de gobierno, ambos aspirantes a la Casa Blanca (la de Washington, D.C.) se trenzaron en un duelo personal de descalificaciones, chismes, burlas e incluso amenazas de persecución judicial (de Trump a Clinton), y ofrecieron un espectáculo nauseabundo lleno de intrigas y pestilencias. 

En los enfrentamientos televisivos, quedó claro una vez más que la Sra. Clinton posee una mentalidad injerencista y belicista y una gran capacidad para minimizar sus propios errores y extravíos sobre todo cibernéticos, pero también mostró que tiene un pensamiento político estructurado, una vasta experiencia en el poder público y lo que suele llamarse tablas. El magnate Trump, por su parte, hizo una enésima exhibición de intolerancia, impericia dialéctica, extremismo fóbico, ignorancia y demagogia, en lo que constituye la personalidad más peligrosa que se haya presentado en décadas, o acaso en toda la historia estadounidense, a una contienda presidencial.

Pero más allá de las personalidades bipolares, los tres debates dejaron tras de sí una pregunta obligada: ¿cómo ha podido llegar el país que se presume ejemplo mundial de democracia a semejante desolación ideológica? Es escandaloso, por decir lo menos, que la presidencia estadounidense, un cargo político que conlleva tan abrumadoras responsabilidades – el botón nuclear, por ejemplo– y que es tan relevante para el mundo, se ponga en juego no en un contraste de programas internacionales y nacionales, políticos, económicos y sociales, sino en un intercambio de acusaciones personales por expresiones misóginas (en realidad repugnantes y llenas de líquido biliar) y por el uso (a todas luces indebido) de un servidor de correo electrónico, o por sospechas de malos manejos financieros y fiscales cometidos por ambos contendientes.

Lo único cierto de esta puesta en escena, es que el desmedido afán de ganancias de las corporaciones dueñas de los medios informativos, especialmente la televisión, han desempeñado un papel de suma importancia en la extrema banalización de la política, un fenómeno que si bien no es exclusivo de Estados Unidos, adquiere allí una dimensión trágica. Una inquietud que se repite hasta el cansancio tiene que ver exclusivamente con el aspirante presidencial republicano de quien todo mundo se pregunta cómo es que con un discurso tan impresentable haya podido llegar tan lejos. Además, pese a los deslindes de última hora de decenas de líderes, legisladores y figuras prominentes del Partido Republicano, no se puede creer que esa organización fue incapaz de detener el inopinado ascenso del empresario neoyorquino porque de inicio no encontró en su racismo, su misoginia, su rudeza y su ignorancia nada incompatible con la plataforma y el ideario partidistas.

Resulta obligado concluir al respecto que ese discurso rudimentario, fóbico y violento es satisfactorio, gratificante y alentador para un buen número de ciudadanos estadounidenses que están llenos de frustración. En suma, lo más escalofriante es que aunque las posibilidades del republicano de ganar la elección de noviembre se reducen día tras día, Trump es un candidato válido y resulta un referente deseable para un importante sector del electorado estadounidense.

Los debates finalizaron con fuerte olor a azufre o huevo podrido, se adivina en muchos segmentos mexicanos un cierto suspiro de presunto alivio, muchos consideran casi una bendición “Guadalupana” que Hillary Clinton ocupe la presidencia de Estados Unidos y no el bocón multimillonario. Creen salvados sus intereses ante el aparente declive de la candidatura presidencial de Trump y el consecuente avance de Hillary Clinton, cuya principal debilidad, según sus asesores más cercanos, es que no le cae bien a nadie pero a pesar de ello, se le adjudican infundadas virtudes cuando menos en contraste con la figura del grotesco y poco lúdico empresario republicano. 

El supuesto ascenso de Hillary en encuestas de opinión, y su consecuente expresión en urnas, liberaría a los mexicanos de las nefastas intenciones del mencionado Trump, pero de ninguna manera significaría buenas noticias para el interés nacional mexicano en crisis, pues la ex secretaria de Estado tiene tras de sí al conjunto de intereses que, consideran necesario realizar ajustes y correcciones al esquema de trabajo entre los dos países dispares.

Para los demócratas, no es fácil olvidar la torpeza que Peña Nieto escenificó; una lamentable pieza de equívocos diplomáticos y políticos con la visita del mencionado candidato republicano, en un episodio que produjo molestias inocultables en el flanco partidista demócrata del vecino país.

Se acerca noviembre y los debates concluyen que en caso de ganar Clinton, ella tendrá que tomar en consideración al electorado duro y hosco que ha apoyado hasta ahora a Trump y que, entre otras cosas, exige reformular políticas de empleo y migratorias y además, poner un alto al proceso de irrupción o invasión de lo mexicano en el cuadro del poder del país vecino. ¿Usted qué opina?

 


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