Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

FRUSTRANTE DEBATE

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  03-10-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

    

¿Qué debate puede haber entre un político profesional, Hillary Clinton (demócrata), y Donald Trump (republicano), un charlatán? Este calificativo “charlatán” se originó en el siglo XVII, viene del vocablo italiano ciarlare, o sea, charlar, y se refería en ese entonces a ambulantes que vendían falsos remedios con base en su capacidad de enrollar a los simples. Si el verbo debatir hace mención a una controversia, discusión o contienda, entonces, el primer debate Clinton - Trump, fue frustrante.

Como tipo social, Donald Trump es un charlatán que vende productos falsos con base en su labia y en su mentira, su negocio depende de engrandecerse a sí mismo para convencer incautos, si tiene uno, dice tener tres. Lo que vende no es una poción o fragancia exquisita, sino su propio nombre o prestigio como marca, ambos asociados a toda clase de negocios fracasados, hoteles, casinos y propiedades inmobiliarias que requieren pagar pleitos judiciales, la Trump University, por ejemplo, nunca fue una universidad, cerró hace cinco años, pero sigue enfrentando demandas por defraudar a los estudiantes.

Tampoco su fortuna es tanta, en días pasados, la revista Fortune calculó que la fortuna del millonario es en realidad de una tercera parte de lo que él dice (3.7 mil millones de dólares, en lugar de arriba de 10 mil millones) y tampoco paga impuestos; es el primer candidato moderno a la presidencia de los Estados Unidos en haberse negado a publicar sus declaraciones fiscales, aparentemente porque, en años pasados al menos, sus negocios multimillonarios no pagaron impuesto alguno. Clinton acusó que Trump no quiere hacerlo porque tiene algo que ocultar, tal vez no es tan rico como dice, o tiene más deudas, o no ha pagado impuestos federales.

Él no negó lo último. Para defenderse, dijo que estaría dispuesto a difundir su informe si ella revela el manejo que hizo de los 33 mil correos electrónicos durante su gestión como secretaria de Estado y que han desaparecido de su cuenta. Clinton reconoció que fue un error, “no tengo excusas, asumo la responsabilidad”. Trump la interrumpió y afirmó que fue una desgracia hecha a propósito.

Los candidatos presidenciales estadounidenses, fueron un espectáculo televisivo asombroso que sin tener intercambio de opiniones y puntos de vista acerca de programas de gobierno, los productores y el moderador supieron encauzar el enfrentamiento entre un candidato carente de conocimientos para un debate exitoso, contra una de las figuras políticas más experimentadas que seguramente se preparó para enfrentar al contrincante más inusual e impredecible en la historia política moderna y, a la vez, superar la falta de confianza popular que sigue padeciendo. El debate fue entre dos clases de gente muy diferentes, un concurso entre la bella y la bestia, una fantasía infantil donde luchan animales de especies diferentes, un elefante de plástico contra un león de peluche. Fue un debate frustrante entre dos candidatos mal calificados que buscan etiquetar al otro como el más peor.

Más allá de los ataques personales, gestos para la cámara y los dimes y diretes que intercambiaron ambos aspirantes, Clinton, presentó un discurso más articulado en lo que respecta a propuestas y políticas públicas, sin embargo, sus planteamientos no lograron ser convincentes, porque están lastrados por su pertenencia a una élite política y corporativa ajena a las necesidades populares y por su desempeño militarista e intervencionista en el Departamento de Estado. Trump, como es su costumbre, hizo una nueva exhibición de cinismo y egocentrismo y es claro que, fuera de algunas ocurrencias escalofriantes, no logró comunicar una idea de lo que haría si resulta electo presidente en los comicios de noviembre próximo.

Las encuestas indican que la señora Clinton tuvo mejor desempeño y que su conocimiento y habilidad en los temas públicos no tiene comparación frente al aprendiz Trump, pero esa ventaja sustancial no pudo ser convertida en una diferencia irremontable, pues el marrullero Donald logró escabullirse de temas delicados y, en términos generales, sostuvo el (bajo) nivel intelectual y político que es apreciado por una gran franja de estadunidenses marginados que le apoyan aunque no tenga experiencia y entorchados políticos y diplomáticos.

El charlatán se dedicó a inculpar a los políticos de todos los males de Estados Unidos. Hillary Clinton fue retratada como política profesional con mala experiencia y, por tanto, como responsable única de todo; Trump, en plan de merolico, afirmó que él sí sabría obligar a Japón y a los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a pagar más a Estados Unidos por el rubro de protección militar, obligar a China a revalorar el yuan, y a México a pagar por el muro. Sabría bajar los impuestos a la mitad y obligar a las compañías estadunidenses a regresar las fábricas a Estados Unidos. En fin, sabría todo lo que sabe un charlatán que vende la cura mágica de una enfermedad terminal con base en pomadas de Sábila, Tepezcohuite o de Árnica.

Trump ofreció muchas más afirmaciones falsas o engañosas que Clinton y fue muy efectivo en su crítica de los acuerdos de libre comercio apoyados por Clinton, tema hasta ahora clave que explica en gran medida el apoyo logrado por Trump entre trabajadores en estados electoralmente claves como Michigan, Ohio y Pennsylvania. Compitieron sobre quién sería el comandante en jefe más feroz contra la amenaza del Estado Islámico, contra el crimen y la violencia dentro de Estados Unidos y quién generaría más prosperidad para la clase media. Ambos prometieron derrotar al Isis y cambiar todo lo demás.

Clinton acusó a Trump de racismo y sexismo y de haber llamado a mujeres “Miss Piggy” “cerdita” o “perras” en varias ocasiones, pero también “Miss servicio de limpieza” en alusión al origen latino de Alicia Machado, (una venezolana participante del concurso Miss Universo en ese tiempo manejado por el magnate) pero que ahora es ciudadana estadunidense y resultó ser uno de los puntos más delicados y sorprendentemente claves del debate y sus secuelas. Ante este inesperado embate, Trump se vio furioso y sorprendido, con su actitud amplió dos flancos vulnerables identificados en las encuestas: dudas sobre su temperamento y su actitud en torno a mujeres y minorías. “Un hombre que puede ser provocado por un tuit no debería tener sus manos sobre los códigos nucleares”, atacó Clinton.

En el plano local, en varios sitios de poder se quiso entender que la confrontación escénica entre Clinton y Trump prefigura una votación menor para el magnate y el consiguiente triunfo de la menos peor. Para el “Charlatán”, a pesar de la visita “de estado” a Peña Nieto, México está entre las naciones a las que considera amenazantes o enemigas, nada menos que al lado de China, Irán y Corea del Norte. En contraste, la demócrata se limitó a declarar que favorecía tratados justos e inteligentes pero no usó ni un segundo de su tiempo para reivindicar a México, pese a que éste es uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos.  

El dato es alarmante porque uno de los dos ocupará la Casa Blanca en unos pocos meses y se encontrará con una política exterior mexicana en situación de debilidad, confusión y extravío. Claro que será bueno que no triunfe el multimillonario que amenaza con cargar a nuestra cuenta la construcción de lo que falta de muro entre las dos naciones y con devolvernos a millones de paisanos cuyas remesas son hoy un sostén económico fundamental.  

Pero del lado demócrata, tampoco se ofrecen perspectivas favorables para los intereses de México, podemos advertir que las riquezas, aptitudes y posibilidades de nuestro país han quedado ya en la mira de los francotiradores de la gran potencia, ellos conocen bien nuestras debilidades e insuficiencias, saben que contamos con una clase política absolutamente ineficaz y corrupta, y que somos una sociedad pasmada e igualmente impávida ante el embate de fuerzas trasnacionales que ya han desembarcado empresarial y políticamente en México gracias a las reformas estructurales, tan antipatrióticas como fallidas, que Peña Nieto consiguió imponer en términos legales.  

Al final, nada dramático pasó para cambiar de manera sustancial la percepción pública, aunque eso se comprobará en los próximos sondeos. El debate fue frustrante, los candidatos sólo se dijeron sus verdades. Vinieron, vieron, pero no ganaron.

 

 


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