Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

ECONOMÍA DECEPCIONANTE

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  05-09-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

   

En escasamente una semana antes del informe presidencial, la empresa calificadora Standard and Poor’s (S&P) –una de las tres principales calificadoras del mundo, junto con Moody’s Investors y Fitch Ratings– destacó que México ha tenido una tasa de crecimiento decepcionante, por tal razón, la firma calificadora redujo de estable a negativa la calificación sobre la posibilidad y la perspectiva de impago de la deuda pública del gobierno mexicano y advirtió que si la política económica no reduce sus pasivos podría decretar una nueva degradación. 

Las calificaciones de deuda son un indicador de la probabilidad de impago de obligaciones por parte de gobiernos y empresas. A mejor calificación, es menor el costo del financiamiento que reciben. Reducir a negativa la perspectiva indica que es más probable que en tan sólo 24 meses, hacia el final del gobierno en 2018, baje la calificación si el nivel de deuda del gobierno general sube o la carga de intereses presenta un deterioro superior a nuestras expectativas, y aumenta la vulnerabilidad de las finanzas públicas ante los choques adversos.  Aun cuando México ha llevado a cabo más reformas estructurales en comparación con la mayoría de los países de mercados emergentes, la firma calificadora anticipó que hacia el 2018, el endeudamiento será equivalente a 47 por ciento de la economía nacional.

El balde de agua fría arrojado por la empresa estadounidense estuvo precedido por una caída en las estimaciones del crecimiento económico de este año, que seguramente usted recordará que originalmente fue proyectado por los especialistas en más de 3 por ciento y que ahora se ha fijado, dependiendo de la fuente, en un decepcionante 2 por ciento o menos, constituyéndose en una señal de alerta que deberá ser tomada en cuenta por las autoridades económicas del país.

El crecimiento decepciona debido parcialmente a factores no económicos como la débil aplicación de la ley y las debilidades en la gobernabilidad, un factor que hace mucho daño se refiere a la corrupción que limita los beneficios de los cambios impulsados por el gobierno, en particular en el área de inversión.

El hecho esencial es que las reformas estructurales aprobadas a finales del sexenio de Calderón y en los primeros 14 meses del gobierno de Peña Nieto, no han podido detonar el crecimiento económico que México requiere, pero eso sí, han sido causa de una fuerte polarización nacional y han derivado, como es el caso de la educativa, en una marcada agudización de los conflictos sociales.

La administración del presidente Enrique Peña Nieto hizo notables reformas estructurales para modernizar la economía en los sectores de energía, educación, telecomunicaciones, fiscal y financiero en la primera parte de su periodo de administración. Sin embargo, la deuda neta del gobierno general no ha dejado de crecer en relación con el producto interno bruto, se ubicó en 42 por ciento del producto interno bruto (PIB) en 2015. Aunque el nivel de deuda es moderado, en la actualidad el gobierno tiene menos margen de maniobra fiscal del que tenía hace 10 años, cuando era de 28 por ciento del PIB. Esa proporción es ahora de 45 por ciento y la empresa calificadora prevé que llegará a 47 o 48 por ciento para 2018-2019.

En su argumentación sobre la decisión de poner en perspectiva negativa la calificación financiera del gobierno mexicano, la calificadora expuso que la democracia mexicana ha generado estabilidad y cambios regulares de gobierno, pero no ha derivado en un dinamismo económico ni ha mejorado la seguridad pública, su madurez se torna incipiente en la medida que los partidos comparten el poder en los niveles de gobierno nacional y local. Se espera que la continuidad de las políticas económicas en los próximos dos años, junto con el ajuste fiscal en curso, remedie los menores ingresos derivados de productos petroleros y contengan el nivel de deuda del gobierno.

La supuesta genialidad del financiero nacional Luis de Videgaray debe prevenir las medidas hacendarias para que la implementación de las reformas económicas, especialmente en los sectores de energía y telecomunicaciones, mantengan el crecimiento del PIB a largo plazo, pero su jefe Peña Nieto y él personalmente saben bien que no necesariamente incrementarán la tasa de crecimiento, en ausencia de otras tantas medidas que no se han puesto en marcha.

Es cierto que parte de la explicación de la naturaleza contraproducente de tales reformas se encuentra en el mal momento económico internacional, particularmente por lo que hace a la caída de las cotizaciones del petróleo y al insuficiente crecimiento en diversas regiones del mundo. Pero es evidente que las modificaciones constitucionales de corte neoliberal implantadas en el marco del Pacto por México se traducen inmediatamente en un incremento de la desigualdad, la pobreza y la desprotección jurídica de la mayoría de la población y, con ello, en un desasosiego social que inevitablemente reduce las expectativas de recuperación económica, incluso si el fantasmagórico entorno exterior fuera menos desfavorable que por el que transitamos actualmente.

Ante panorama tan sombrío, se constata que el dogma contenido en el llamado consenso de Washington ha sido llevado demasiado lejos en el país y que ha desembocado en un callejón sin salida. La propuesta de generar riqueza en las cúpulas para que se derrame poco a poco al resto de la sociedad, no ha funcionado: la riqueza generada, lejos de socializarse, se ha concentrado en unas cuantas manos y ahora, para colmo, ya no hay instrumentos para generarla.  

En consecuencia, es tiempo de cambiar el orden de prioridades, abandonar la estrategia que ha favorecido a los capitales nacionales y transnacionales y colocar el bienestar de la gente como preocupación central de la decepcionante política económica. También es tiempo de aclarar los motivos de la visita de Donald Trump a México, una visita que nos dejó la amargura del sometimiento y el testimonio del bajo nivel político de la representación formal de México, su vulnerabilidad y lentitud. Cualquiera que llegue al mando estadounidense habrá visto y calibrado la muy reducida capacidad de la contraparte mexicana para defender los intereses de su pueblo.

Esa inesperada e infortunada visita fue una mentada de madre y una bofetada para los miles de paisanos que han recibido ofensas y agresiones en Estados Unidos y para los que residimos en el propio México, pero estas bofetadas y mentadas, sin resistencia decorosa, pueden fácilmente agudizar el apetito de una potencia que necesita controlar más abiertamente a su vecino, ya lo veremos muy pronto.

Ante la decepción que vivimos, dice demagógicamente Peña Nieto que lo bueno casi no se cuenta pero cuenta mucho, estamos de acuerdo, sobre todo en un país donde lo malo es nuestro pan de cada día. ¿Acaso habrá algo bueno que contar?

 

 


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