Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

PERDÓN PRESIDENCIAL FINGIDO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  25-07-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

   

Por fin Peña Nieto se dignó pedir perdón a los mexicanos, nos sorprendió y nos hizo recordar aquel famoso melodrama de 1976 protagonizado en dos actos por el finado ex-presidente José López Portillo. En el primer acto, durante su toma de posesión, pidió un emocionado perdón a los pobres por el fracaso del Estado en acertar a "sacarlos de su postración", lo cual expresó que cambiaría durante su gobierno mediante la atención prioritaria a zonas marginadas carentes de servicios, infraestructura y llenas de pobreza. 

La promesa que hizo “Jolopo” con lágrimas en los ojos, alentó en algunos sectores de la sociedad esperanzas vagas de que eso se cumpliera durante su sexenio, se lograron avances interesantes pero no suficientes. En el segundo acto, desgraciadamente eso se quedó en demagogia pura, plasmada en el discurso de su último informe presidencial en 1982, cuando nuevamente pidió perdón a los pobres por haberles fallado, después de que sus frivolidades habían dejado al país literalmente en bancarrota y sus esfuerzos por defender al peso como un perro, se quedaron en el vacío. Los que le siguieron: De la Madrid, Salinas de Gortari. Cedillo, Calderón y Fox, implementaron programas como: Prospera, Progresa y Oportunidades, pero ni siquiera perdón pidieron, se llevaron todo lo que pudieron.  

En el México de hoy, el presidente en turno, pidió perdón a los ciudadanos por el agravio y la indignación causados por la compra de la llamada “Casa Blanca”, que fue adquirida por su esposa Angélica Rivera en condiciones de severas dudas tanto en lo laboral con Televisa como en la especial relación con el empresario Hinojosa del Grupo Higa, amigo de Peña Nieto, quien antes de promulgar un paquete de siete leyes secundarias del Sistema Nacional Anticorrupción que urge poner en práctica, señaló con cierta hipocresía que “los servidores públicos además de ser responsables de actuar conforme a derecho y con total integridad, también somos responsables de la percepción que generamos por lo que hacemos”.  

Dice el señor de Los Pinos, que aun cuando actuó conforme a la ley, entiende perfectamente la irritación de los mexicanos y les reitera humildemente una profunda y sincera disculpa por el agravio y la indignación causados. Lo que no dijo, porque no le conviene, es que esa irritación e indignación tienen que ver con el cinismo y la impotencia, con la falta de transparencia, el conflicto de interés y la impunidad, tiene que ver con el enriquecimiento ilícito del servidor público y del empresario en toda su dimensión y desde luego se anticipa que no será fácil perdonarlo. 

El presidente sabe que el fantasma de la corrupción corroe las entrañas del sistema político y va estrechamente ligado al de la ostentación, la riqueza y el poder, componentes que resultan terriblemente ofensivos en un país afectado por múltiples carencias e inaceptables indicadores de pobreza y marginación. De ahí que el costo de la que iba a ser vivienda presidencial y su aparatosa opulencia, resultaban difícilmente compatibles con la austeridad que debía evidenciar el jefe de una administración que en su campaña política y en sus inicios presidenciables había prometido como todos sus antecesores atenuar las desigualdades y terminar con los privilegios.

Que el Presidente asegure que comprende y siente la irritación de los mexicanos (claramente expresada en los comicios de junio pasado, contra su partido, el Revolucionario Institucional) contradice las negativas consideraciones que apenas hace tres meses formuló sobre el malhumor social. Reconocer la “Casa Blanca” aunque sea como uno solo de tantos errores parece indicar lejanamente que las autoridades cobran conciencia de que esa irritación existe y con sobrada razón.

Que lo reconozcan gobernadores, miembros del gabinete, empresarios y funcionarios corruptos de todos los niveles, será otra cosa. Por lo demás, el olfato del pueblo lo percibe como un gesto muy bien fingido en un gobierno que durante su gestión no se ha caracterizado precisamente por las manifestaciones de ese tipo. Los asesores de Peña Nieto que lo pusieron en ese predicamento habrían debido advertirle, para empezar, que una petición de perdón que se lee en un apuntador electrónico no puede ser creíble ni es convincente, sólo faltaron las lágrimas.

La declaración del error cometido que afectó a su familia, lastimó a la investidura  presidencial y dañó la confianza en el gobierno, contrasta de manera notoria con las reacciones que desde el propio entorno presidencial surgieron a finales de 2014 –cuando la adquisición, el precio y las características del citado inmueble fueron públicamente conocidas–, en las cuales se mezclaban la negación, la minimización del hecho o simplemente el silencio. 

El momento actual marca apenas el inicio del largo y escabroso camino que será preciso recorrer para al menos reducir drásticamente, si no extirpar, la auténtica plaga social de la corrupción. De la eficacia de los nuevos instrumentos legales, y sobre todo de la voluntad y decisión que muestren los organismos y los funcionarios encargados de su uso y aplicación, dependerá el grado de éxito que se alcance en la lucha contra el dañino hábito. El siguiente paso sería que la declaración del titular del Ejecutivo se viera fortalecida con medidas que le den continuidad y la impulsen más allá de su carácter nominal, que la hagan extensiva al conjunto de quienes integran las estructuras gubernamentales y las instancias públicas y privadas vinculadas con ellas.

Fuera de eso, ¿qué esperaba generar el presidente? ¿La compasión que no tuvo para con las mujeres violadas en Atenco? ¿La empatía que le faltó –y le sigue faltando– con los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa? ¿La duda de las masacres de Tlatlaya y Nochixtlan? ¿La actitud comprensiva de la que ha carecido su gobierno hacia el movimiento del magisterio democrático? ¿La benevolencia que no ha tenido con los presos políticos de su sexenio? ¿El desempleo, la injusticia, la devaluación del peso y la caída del precio del petróleo? 

Acaso con su actitud dudosa cree el Presidente que la gente va a olvidar todos los actos de corrupción cometidos en su administración y muchos de ellos ocultados y exonerados por el renunciado secretario de la función pública Virgilio Andrade Martínez. Acaso cree que si el mensaje no se concreta con acciones y se produce un cambio a tiempo, la asignación no cumplida de combatir a la corrupción  corresponderá a un juicio de la historia. 

El presidente ya se disculpó, pidió perdón. Faltan todos los demás, la misión ahora es cumplir el diseño de una  estrategia para que en los hechos y no en las palabras, su compromiso se vea hecho una realidad, de lo contrario no tardaremos un par de años para estar inmersos en un melodrama tan demagógico, perverso y reprochable como el ocurrido en 1982.


 


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