Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

CONTAMINACIÓN, CIENCIA O FICCIÓN

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  11-04-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

   

Auxilio, contingencia ambiental, que no cunda el pánico, la Ciudad de México actuará con toda responsabilidad; el jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera (un personaje con asmáticas aspiraciones de futuro) y sus colaboradores, se pondrán las pilas y no van a permitir que se ponga en riesgo la salud pública de sus habitantes contra todo lo que implique: una drástica restricción vehicular por partida doble para dejar a 2 millones de automóviles puestos fuera de combate sin importar modelo ni holograma, transporte público insuficiente, peligro latente de malestar y tumultos ciudadanos, emisiones industriales sin restricciones y finalmente, centenares de camioneros que obstruyen el flujo de las carreteras en protesta porque las restricciones vehiculares les impiden llegar a tiempo a los mercados que distribuyen a su vez, víveres y mercancías a la población sitiada por el fantasma del ozono y por quién sabe cuántas partículas volátiles venenosas.

Cabe señalar que el ozono es un contaminante secundario, no se libera de forma directa a la atmósfera, requiere del equilibrio de dos precursores: los óxidos de nitrógeno, cuyo 88 por ciento corresponden al parque vehicular, y los compuestos orgánicos volátiles (COVs), como hidrocarburos, aerosoles y otro tipo de elementos, sobre todo los usados en la industria.

En fin, en la ficción, las acciones desarticuladas para atender la contingencia ambiental, se perdieron entre la nata gris de las emisiones tóxicas, en la planicie asfaltada y el lago desvirtuado, el servicio de transporte colectivo mostró su sabida insuficiencia, el malestar ciudadano se hizo presente, se perdió el respeto a la dignidad humana que se propicia con tales servicios públicos y la ciudad mostró la irracionalidad criminal de su planeación. Uber, la marca que parecía maravilla a varios de sus clientes, disparaba sus tarifas dinámicas hasta niveles indecorosos por aquello de la ley de la oferta y la demanda, asunto embarazoso que parece se resolvió a favor de los usuarios.

En la penumbra de la nube contaminante, fue posible distinguir a Miguel Ángel Mancera y al secretario de salud de la ciudad, Dr. José Armando Ahued Ortega, pidiendo disculpas y sin ofrecer a los habitantes de la monstruosidad conurbada algún indicio de genialidad resolutiva o, cuando menos, de razonable esperanza de que las cosas ambientales pueden mejorar un poco. Su rostro desencajado mostraba pesar y sus palabras eran graves. Propusieron para vergüenza nuestra, la instalación de un semáforo epidemiológico para que los chilangos enfermos de tanta porquería respirable vayan midiéndole el riesgo a sus pulmones o a algunas otras partes del organismo que sufrieran las consecuencias de su exposición al ozono y linduras pre apocalípticas similares.

Otro personaje de la burocracia ambiental, Martin Gutiérrez Lacayo, titular de la Comisión Ambiental de la Megalópolis (conjunto de áreas metropolitanas) confirmó que la falta de actualización y omisión de normas ambientales en las pasadas administraciones federales favorecieron la reciente crisis ambiental que padeció el valle de México, entre otras: Norma para la recuperación de vapores en gasolinas y gaseras; Norma sobre la calidad de los combustibles y de motores a diésel y la urgencia de actualizar los límites y procedimientos de verificación vehicular.

Hay normas relacionadas con los sectores de la industria muy focalizadas, las que también se tienen que actualizar para mejorar la calidad del aire y no solamente de la megalópolis, sino de todos los centros urbanos del país, como la zona Tula-Tepeji. Sobre el estudio que el Instituto de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) entregó a autoridades ambientales locales y federales a principios de 2015, en el cual recomendó la actualización y aplicación de algunas de esas normas, el funcionario afirmó que la Comisión que preside no conoció el documento.

Cuando la mula es arisca, tantas estupideces juntas, hacen parecer que todo se encamina hacia el aprovechamiento de las circunstancias grisáceas y humeantes, para lanzar nuevos planes recaudatorios y controles de emergencia que signifiquen nuevas erogaciones ciudadanas, rediseño del esquema de verificaciones, engomados y hologramas para mejor gloria de las arcas capitalinas y aledañas. Mancera quiere un fondo emergente, de cuando menos 5 mil millones de pesos para mejorar el transporte público y dar un cambio significativo, sólo así, la gran ciudad seguirá adelante, Peña Nieto tiene la última palabra.

Sin embargo, en la misma Ciudad Tóxica y en el verdor que circunda Los Pinos, el hombre de poder revisaba los pormenores de su agenda en Alemania y Dinamarca y las complicaciones de su situación. No las derivadas de Los papeles de Panamá y el contacto Higa, sino las relacionadas con las limitaciones de circulante presupuestal del erario que hasta ahora, aunque su secretario de finanzas, Luis de Videgaray no lo reconozca, han sostenido una gobernabilidad contaminada y contaminante pero a fin de cuentas más o menos sostenida.

 


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