Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

ESCENARIOS DE LA SEMANA MAYOR

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  28-03-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

   

Bruselas, hermosa ciudad donde palpita el corazón de la eurocracia y se alojan al igual que en otras ciudades del mundo los mejores alientos de continuidad del gran proyecto de nueva civilización (moderna) basado en la cooperación, la justicia social, el gran mercado y la mejor educación, fue escenario del crimen masivo y la inmolación de dos jóvenes hermanos, hechos con los medios más modernos imaginables.

El panorama fue apocalíptico, desplegado sin duda en una y mil histerias apenas contenidas que clamaban después de la masacre por nuevas cruzadas y por poner a un lado, el inmenso y rico inventario de cultura y civilización acumulado y recreado por siglos. En la semana mayor, la capital de Bélgica fue también, que no quepa duda, el escenario de nuestras particulares y tristes tragedias cotidianas, que derrumban modos de vida local y diezman a familias enteras.

Durante la semana mayor, además de vacacionar y no observar los actos religiosos (en el caso de los católicos) nos obligó a preguntarnos en serio lo que hoy quiere decir modernidad, ser modernos, gozar del desarrollo y vivir la afluencia no sólo material, sino aquella que se plasma en la materialización cotidiana, en códigos, agencias e instituciones, que se magnifican en lo que hoy llamamos la era de los derechos.

Para algunos, la semana de asueto transcurrió con preguntas importantes que no pueden ser subestimadas en el tráfico cotidiano de la política que todavía nos empeñamos en llamar normal, cuando lo que impera en el mundo es un estado de emergencia y excepción cuyos poderes se activan casi de modo automático para poner en movimiento auténticas máquinas de defensa y ataque que, una y otra vez se ven humilladas por la audacia criminal y fiel de los buscadores y cultores del fin del mundo y la resurrección del profeta.

El gran ajuste mundial no es pues sólo económico o financiero, tiene que provenir de un recuento doloroso del estado real y efectivo de los equilibrios alcanzados entre seguridad y libertad en los últimos dos siglos, antes de que el péndulo que gobierna esas relaciones fundamentales se vuelva contra todos y desemboque en la guerra más destructiva de la historia. Una “guerra de todos contra todos” según Thomas Hobbes (1588-1679) filosofo inglés, es un estado de vida solitaria, pobre, brutal y breve. Cuando una persona se da cuenta de que no puede seguir viviendo en un estado de guerra civil continua, surge la ley natural, que limita al hombre a no realizar ningún acto que atente contra su vida o la de otros.

Voltear a ver los principios de Hobbes quiere decir volver al Estado. El origen del Estado es el pacto que realizan todos los seres humanos entre sí, mediante el cual se subordinan desde ese momento a un gobernante, quien a su vez procura el bien de todos los súbditos y de sí mismo. De ese modo se conforma la organización social. Esto quiere decir, nos guste o no, que los líderes mundiales deben revisar los criterios de evaluación y alternativas existentes para anteponer los derechos fundamentales de la sociedad, en el lugar que la época les otorga, siempre basados en un régimen de libertad y seguridad expresamente adoptadas por todos como cauce y propósitos universales.

Nada de esto ha quedado indemne después de los atentados alevosos y sangrientos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y su secuela ominosa en materia del derecho de gentes dentro de los propios Estados Unidos de América. A partir de entonces, todo se ha puesto en juego y para mal: el valor de las soberanías nacionales, los órdenes estatales constituidos, el sometimiento a la ley y el interés general de los poderosos intereses financieros, energéticos, bélicos, que se volvieron poderes globales de hecho e impusieron las invasiones en Irak y Afganistán para luego dejar el hoyo negro que pretenden llenar el Estado Islámico y sus aliados, súbditos del terror y la destrucción.

En el escenario de la injusticia mexicana, se cumplieron 18 meses de la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, el tiempo transcurrido ha sido terrible para los padres y madres de los desaparecidos normalistas, han pasado angustias, calumnias, resistencia, búsqueda, coraje y dignidad. Las autoridades siguen indiferentes sin mostrar la sensibilidad requerida para atender sus demandas, que en todo este tiempo, han sido consistentes: la búsqueda efectiva de los desaparecidos y el castigo a los responsables, sin embargo, la justicia es difusa, errática y tardía para las víctimas y para ellos mismos.

Los familiares de los desaparecidos manifestaron no confiar en el gobierno y rechazan categóricamente la reparación del daño planteada por el gobierno federal, que consiste, según los propios familiares, en ofrecimientos de dinero a manera de indemnizaciones por la desaparición de los muchachos. Exigen la continuidad de los trabajos del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), cuyo segundo periodo de trabajos en nuestro país concluirá el próximo 30 de abril. La solicitud se inscribe, en el contexto de una intentona por desacreditar a varios integrantes del grupo de expertos en lo individual, como ha quedado de manifiesto con las denuncias formuladas por las ex fiscales Ángela Buitrago y Claudia Paz respecto de las calumnias y difamaciones que en su contra han lanzado grupos ultraconservadores y medios de comunicación. 

El gobierno de Peña Nieto, no ha dicho que sí y tampoco que no sino todo lo contrario, por un lado ha expresado disposición para prorrogar el trabajo del equipo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y por otro ha rechazado avanzar en las líneas de investigación que involucran a las fuerzas armadas en la desaparición de los normalistas exhibiendo, con ello, su incomodidad por la labor del grupo de especialistas independientes.

En fin, para infortunio de la iglesia católica, el recuento anual del calvario y la resurrección del hijo de Dios, no desembocó en un panorama de auténtico remordimiento, la semana mayor no tuvo nada de santa, estuvo manchada de sangre y corrosión. Tanto en Bruselas como en México y otros lugares del mundo, todo se ha vuelto pantanoso y confuso, con el correr del tiempo, el hombre ha destruido sistemáticamente la historia.

 


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