Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

INDIGNACIÓN Y LOS PENDIENTES FRANCISCANOS.

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  22-02-16)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Contra los pronósticos iniciales de las autoridades mexicanas, la visita del Papa Francisco se fue convirtiendo poco a poco en acto de agitación política que tuvo ya un impacto importante en la configuración de una suerte de mapa de la indignación. En su corta visita nos mostró que la clase política mexicana es indigna y en verdad patética. Se presenta toda perfumada a Palacio Nacional donde recibe sin un ápice de vergüenza serios señalamientos del líder religioso: Den al pueblo vivienda adecuada; trabajo digno; alimento; justicia real; seguridad efectiva y un ambiente sano y de paz.

Ante Enrique Peña Nieto, miembros de la política mexicana y empresarios el visitante señaló tajante: “La experiencia nos muestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos, en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”. El mensaje resbaló de inmediato y lo único que interesó a la mayoría de los intolerantes políticos y empresarios presentes fue aproximarse indignamente al personaje, tomarse una foto, estrecharlo y estar cerca del líder religioso, dejando de lado la vestidura del jefe de estado del Vaticano.

Esta indigna actitud despertó críticas y preguntas sobre la vigencia del Estado laico que según el discurso protocolario de Peña Nieto ante el Papa, es como el Estado mexicano, que al velar por la libertad religiosa protege la diversidad y la dignidad humana. Desde su llegada a México el pontífice insistió en la oración por él y en el perdón y ese parece que fue uno de los pilares de su prédica en su recorrido por el territorio nacional. Una apabullante, totalitaria, costosa campaña propagandística con aliados vaticanos por simple contagio santificado, hizo la tarea complementaria: anuncios espectaculares fijados por doquier, inserciones radiofónicas y televisivas en las que los patrocinadores hicieron ostentación de ser quienes financian el viaje pastoral de Francisco, etc. El tema ameritaría una reflexión mayor.

El Estado que de verdad se reconoce laico no se arroga autoridad alguna sobre cuestiones religiosas, sino considera que el ámbito de su autoridad viene de su imparcialidad y respeto a todas las libertades. Por tanto, no se superpone ni a la religión ni a la moral, sino que se circunscribe a la política. El problema de nuestra clase política es que asume dichos postulados en el discurso, pero en la práctica los traiciona. Cuando le conviene, en el espacio público se asume condescendiente y en sus mensajes privilegia a la Iglesia católica. No sólo honra sus personalidades, como el pontífice que nos visitó, sino asume como propia la agenda de la jerarquía católica.

Claro que nos indigna la actitud de los gobernadores visitados y que Manuel Velasco Coello el de Chiapas, con su fingido beso de sumisión al anillo papal, se haya olvidado que México es un Estado laico donde a ningún gobernante se le permite andar mostrando devoción y obediencia a un determinado credo religioso cualquiera que este sea. Indignan las limitaciones del modelo penitenciario actual que fueron señaladas por Francisco en su discurso; la pobreza extrema, la poca atención a los jóvenes; el despojo de las culturas indígenas y el agravio a su entorno natural que se identifica con ellos y con su vida; y, mucho nos indignó ver que al paso de la caravana Franciscana, las autoridades locales realizaran obras cosméticas que contrastaron con la realidad de la pobreza nacional y que los medios de comunicación locales se refirieron con sarcasmo a cada una de ellas como otro milagro del Papa.

Lo que indigna no se trata sólo de que los políticos y funcionarios públicos asistan a misa. Incluso transgrediendo lo establecido por la ley de asociaciones religiosas y culto público; se trata como lo sugirió en su momento el diputado Zambrano Grijalva a las autoridades de los tres niveles de gobierno, tener cuidado con cruzar los límites de la buena convivencia y la preservación del Estado laico, pues en el afán de estar a tono con la visita del jerarca católico podrían infringir la ley. Si bien después de la reforma al artículo 40 constitucional nadie cuestiona la laicidad del Estado, el problema es que cada quien la entiende de modo distinto.  

Durante su visita, el Papa Francisco fue muy cuidadoso y no reivindicó cambios, ni reclamó mayor libertad religiosa; es más, ninguna de sus intervenciones provocó el carácter laico del Estado mexicano. Cuando en la catedral Metropolitana el líder de la Iglesia católica romana hizo una larga exposición sobre lo que deben evitar los dirigentes eclesiásticos y cuál debería ser la forma de ejercer su ministerio; sus palabras y conceptos fueron tajantes y muchos las interpretaron como un regaño a los obispos, arzobispos y cardenales del país. Evidentemente, el Papa no vino a México a regañar a nadie, sólo demandó de ellos mayor cercanía al pueblo católico y les dijo que la institución no necesita príncipes, sino una comunidad de testigos del Señor.  

Se los dijo porque sabe bien que la corte eclesial autoritaria y principesca que lo estaba escuchando, se opone a la participación horizontal aparentemente deseada por Francisco e inhibe la comunidad imaginada por el Papa, una Iglesia católica en la que el llamado laicado tenga funciones preponderantes en la vida cotidiana de la institución. En un símil monárquico, a los cardenales desde siempre se les ha conocido como príncipes de la Iglesia y, en consecuencia, el Papa en turno es el rey de la comunidad eclesial. Unos y otro son parte clave del verticalismo de la institución, y esa verticalidad es una forma organizativa que en mucho anula la participación de la feligresía en la vida y accionar del catolicismo.

Francisco soltó a su selecta audiencia clerical lo siguiente: “No se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la ‘columna de fuego’ que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor”. Entre los connotados que escucharon a Francisco estaba el cardenal primado de México, Norberto Rivera Carrera, uno de los altos funcionarios eclesiásticos que mejor encarnan la opción preferencial por los ricos y poderosos. En tal compromiso ha tenido excelentes compañeros de ruta, como el cardenal Juan Sandoval Íñiguez y el obispo Onésimo Cepeda Silva, ambos ya retirados por haber cumplido la edad obligatoria para jubilarse como eclesiástico en la Iglesia católica, Rivera Carrera esta próximo.

El Papa pidió a los obispos que tengan una mirada limpia, de alma transparente y de rostro luminoso, y agregó: no tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar, pero, precisamente lo que ha faltado para dilucidar uno de los flagelos que ha hecho víctimas a cientos de infantes mexicanos es transparencia por parte de la institución eclesiástica presidida por Francisco.

El principal flagelo trata de la pederastia clerical, de la que se conocen en el país más de 500 casos, de acuerdo con el ex sacerdote católico Alberto Athié, quien afirma que México tiene los pederastas más crueles de la Iglesia y sostiene, atinadamente, que el encubrimiento a los curas pederastas es un problema sistémico que requiere acciones concretas para confrontarlo, y no solamente discursos que lo reprueben. Llegado ya a Roma, Francisco tendrá ante sí el dilema de llevar a efecto medidas que terminen con las conductas obispales principescas que ha denunciado. No basta que su estilo personal de ejercer el Papado sea de manera austera. Ahora es tiempo de pasar de los exhortos a ejercer la voluntad de cambios que necesita una institución anquilosada y alejada de las necesidades de la gente como lo ha reconocido el propio Pontífice.

Esa gente que por lo menos en Juárez, le disputó la visita a la jerarquía eclesiástica y a las élites políticas y económicas. Esa gente que reflejó el ánimo de muchos activistas, víctimas y grupos solidarios de acercarse a demandar un espacio para hacer valla por donde pasó el Papa. Esa gente de Chihuahua que esperaba que Francisco identificado como un Papa justiciero, llamara la atención a los clérigos alcahuetes y comodinos que solapan a políticos corruptos, como el gobernador César Duarte y otros tantos. Tal vez, eso hubiera sido congruente con la diferencia que ha establecido entre pecadores y corruptos. El Papa prudentemente no lo dijo, pero bien sabe que el mexicano es un gobierno con probadas incapacidades y debilidades reales para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años y generó con sus múltiples errores inseguridades y violencias nacionales ya documentadas en extremo.

Gracias a la visita de Francisco, el gobierno de Peña Nieto convocó al gabinete México Incluyente, para echar a andar un nuevo paquete donde el ejercicio efectivo de los derechos sociales vaya más allá del asistencialismo y conecte al capital humano con las oportunidades que genera la economía en el contexto de una nueva productividad social. Es decir, el gobierno se lanza tardíamente a virajes señalados por el Papa y que presuponen una sólida base de sustentación y legitimidad cabal que, ciertamente, no tiene. El gobierno no podrá alejarse de las masacres continuas (Acapulco, Topo Chico, Ayotzinapa) y las desapariciones forzadas tan flagrantes como ignoradas por autoridades indiferentes al sufrimiento; menos podrán borrar los latrocinios, los recortes presupuestales, el endeudamiento disfrazado, la inflación galopante, pobreza extrema, la desigualdad, él desempleo y la impunidad que atora todo desarrollo, un atorón que parece que con el tiempo será sin remedio más notable, incapacitante y vergonzoso.

Cuando abordó el avión “El mensajero de la Paz”, notamos preocupación en el rostro de Francisco. Quizá habrá comprendido que México si es un país que realmente sorprende y donde difícilmente habrá perdón sin justicia, un país en donde además de reír y cantar, no se dialoga con el demonio y menos con el gobierno, en ambos casos se pierde.

Nos deja pendientes varios asuntos: Un gobierno más digno y sensible, la expiación de tanta culpa sanguinaria, la penitencia severa y el castigo civil para funcionarios corruptos y los legionarios del imperio pederasta, la reconversión a todo pecador que se crea impune y la reconquista espiritual de una inmensa mayoría. Nos deja la reflexión de su mensaje o la resignación como arma favorita del demonio, no hay remedio, si nos resignamos a los males que nos aquejan, viviremos una vida indigna.

 


volver al homepage
HOMEPAGE


LINEA DIRECTA GERARDOREYES.COM DERECHOS RESERVADOS.   regg48@hotmail.com