Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  07-12-15)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Muy quitado de la pena, Enrique Peña Nieto se reunió en Palacio Nacional, con servidores públicos y miembros de las fuerzas armadas y de la sociedad civil para celebrar sus tres años de gobierno. En ese tiempo, de la mano del mexiquense, pasamos rápidamente del supuesto momento de éxito, al eterno lamento mexicano, del sueño de estadista de talla mundial que le fomentaban al de Atlacomulco, a la vejada condición de beneficiario personal, conyugal y grupal de maniobras corruptas para hacerse de lujosas residencias, con el beneplácito de un títere llamado Virgilio, designado como contralor de la función pública para limpiar las huellas y corruptelas.  

La evaluación del desempeño presidencial, señalan que estos tres primeros años, han sido un sonoro fracaso. México perdió en términos institucionales y sociales, ganaron en lo particular, los que a final de cuentas, nunca pierden: políticos, empresarios y miembros de las élites de la política mexicana, y lo más inquietante del mal desempeño, es que los años venideros, apuntan a que esa tendencia fallida se incrementará conforme se acerque a su final lo que desde ahora puede ser calificado de sexenio perdido. En tres años, la inseguridad destrozó el rostro y el tejido nacional, la riqueza energética se malbarató a los extranjeros, la educación se convirtió en plataforma de futurismo electoral y campo experimental de represiones, la economía a la baja y los recursos naturales sin la sustentabilidad deseada.

Pasamos de manera vertiginosa de la destrozada verdad histórica a la falsedad histérica no sólo en el caso de los 43 estudiantes desaparecidos, sino en muchos otros episodios de criminalidad desde el poder, como ha sucedido en Tlatlaya, Tanhuato, Apatzingán y otras tragedias conocidas pero no únicas, pues el país se desangra diariamente. La sociedad mexicana, con la inconformidad encima y su continuo movimiento de reclamos, protestas y conflictos, ha formado un polvorín donde la variedad temática es inmensa. Los concurrentes en las calles, carreteras y plazas se cuentan por miles. Un día aparecen los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional blandiendo su inconformidad ante un cambio súbito a sus planes de estudio y, una semana después de álgidos intercambios con el gobierno, se hacen presentes los maestros de la CNTE con todo un pliego de propuestas y oposiciones a la reforma educativa y a su evaluación magisterial.

Hasta los siempre apreciados y nunca bien escuchados bomberos toman sus pancartas y muestran, enfundados en sus cascos y ropa maltratada por el uso, sus carencias que rayan en la pena ajena. Otro día vuelven, sobre sus anteriores andanzas ya bien sufridas por los citadinos, los precaristas de Antorcha Campesina para reinstalar sus acostumbrados asedios a la sede de Gobernación en la calle de Bucareli. Y así de forma casi interminable, continua el abigarrado tropel de la sociedad hacia el clamor sinfín de sus angustias y demandas que no tienen respuesta y menos de dónde agarrarse. El grueso de sensaciones, creencias, problemas y propuestas sociales se deposita finalmente, en los ya atascados cajones de la burocracia donde, a lo mejor, alguna vez se cimentó la legitimidad en el llamado Estado Nacional.

En su equivocado desempeño, el gobierno de Peña Nieto, –sin excluir a los locales– se retuerce sobre sí mismo incapaz de atender la desbordada demanda. No logra, quizá porque tampoco quiere, escapar del juego de espejos que lo aprisiona la mayor parte de las veces. En la destilada representatividad de sus actores e instituciones aparece, cada vez más audible y cierto, ese oneroso vacío que debía estar atiborrado de pueblo satisfecho. Tratándose de asuntos relativos a los derechos humanos, el problema se magnifica de manera exponencial. A ello hay que añadir el daño causado por la impunidad y la corrupción imperantes. Se condensa entonces el cúmulo de insatisfacciones y demandas no atendidas que tienen en jaque a los diversos niveles de la autoridad actual.

Una tragedia, en apariencia aislada y local (Iguala) se incrustó en el cuerpo colectivo hasta paralizar a toda la Federación y para colmo, como testigos de lo no previsto, otros sucesos hacen su aparición: la caída del precio del petróleo (bajó a su menor nivel en más de seis años) y el consiguiente zarandeo de la reforma energética, tan celebrada, ocupa lugar de privilegio. México ya bajó la producción, no por acuerdo político, sino por agotamiento de reservas. Ante la caída de los ingresos presupuestales y el enquistado lento crecimiento económico, lo más probable es que la inestabilidad hacendaria mexicana continúe. Parece pues, que se han terminado las energías de un alegado gobierno que en sus albores dijo que sabía cómo poner en marcha a México.

Termina 2015, un año que quisiera pasar al olvido pero que enardece la densa neblina de la insatisfacción popular. Con un gobierno herido de muerte política a la mitad del camino, la Presidencia de la República cojea notoriamente aunque pretenda valerse de intensa propaganda de imagen para rescatar presencia y fuerza para acometer los tres años que le quedan por delante. Pero no todo el desempeño ha sido malo:

Los mecanismos de control político y de represión social funcionan de manera aceptable; los medios de comunicación, en lo general, están alineados, sobre todo los electrónicos y de manera descarada los televisivos; las cúpulas (empresarial, eclesiástica, etcétera) continúan apegadas al poder y sus beneficios. El sistema electoral partidista mantiene la efectividad del juego de la competencia, alentando presuntas delanteras de algún opositor caudillista para luego desinflarlo y evidenciar que así es la democracia y hay que respetarla. La pereza y la abulia cívica siguen encauzadas hacia las opciones independientes, tan falsas como el disfraz del bronco tejido desde otros poderes, se cocina la reforma laboral y la educativa se impone con fuerza policiaca y sobornos.

Con el respaldo de una intensa campaña publicitaria y la macana de la Policía Federal en la mano, todos los lunes, el sargento Aurelio Nuño recorre el país para someter al profesorado rebelde a la penitencia administrativa de las evaluaciones educativas que equivalen a los exámenes de control de confianza de las corporaciones policiacas. La infame amenaza de despido y el sometimiento a esa evaluación, constituyen un grotesco engaño y un soborno corruptor del que dependen aumentos salariales y créditos para vivienda que son derechos de los maestros.

No es mera opinión personal calificar de engaño y corrupción la política educativa que impone el gobierno, con el apoyo del empresariado, quienes en su nefasto desempeño exigen a la SEP y al INEE no titubear y aplicar sin contemplación las sanciones a los maestros indisciplinados. Con ello, no sólo se perdió al actor principal de cambio en los procesos educativos, sino que se le desautorizó socialmente y se le condujo a una situación límite: someterse o perder el empleo.

Tenemos que pensar que aún faltan otros tres años, tal vez los peores, la opinión de muchos es que el desempeño seguirá rezagándose ya que no tenemos ningún respaldo para esperar que el segundo y postrer trienio será mejor que el recién cumplido.

 


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