Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

DISCRIMINACIÓN Y EL RACISMO DE TRUMP.

Por Alejandro Díaz Camacho (LD  19-10-15)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

A pesar de ser un día festivo en el calendario, el Día de la Hispanidad que los países latinos reconocen como el Día de la Raza, celebrado el 12 de octubre, pierde relevancia en casi toda Latinoamérica, en donde incluso el Descubrimiento de América hace 523 años, tiene una connotación negativa y cargada de polémica. En México, de no ser por las manifestaciones de inconformidad del magisterio y por el recuerdo trágico de 1968, la masacre de estudiantes en Tlatelolco previa a unos maravillosos juegos olímpicos, la fecha pasó totalmente desapercibida.

 

Del concepto raza sale el término Racismo este distingue las diferencias de identidades y culturas, entre otras cosas. La xenofobia, considerada como la base del racismo, es uno de los prejuicios con recelo, odio, fobia y rechazo contra los diferentes grupos étnicos cuya fisonomía social y cultural se desconoce.

 

En la sociedad mexicana, su carácter racista resulta ser un fenómeno incuestionable que desde la época de la Colonia novohispana fue transmutando en un sistema de jerarquías profundamente arraigadas y que fueron establecidas por las clases dominantes para justificar sus privilegios los que reafirmaron durante los primeros años del México Independiente y con mayor fuerza después de la Revolución. Estas jerarquías implantaron en el imaginario social la categoría de raza, misma que fue asociada a la supuesta inferioridad o superioridad de pueblos y culturas.

 

A partir de entonces, el gobierno mexicano “hace nación mediante la homogeneidad de un mestizaje donde se busca asimilar a los diferentes”, quienes están obligados a dejar atrás su identidad por temor al fracaso social, los malos tratos, la injusticia y la discriminación que durante mucho tiempo ha sido un tema determinante de orden social y de rechazo que obviamente, el Estado no ha querido reconocer porque sabe que significa un verdadero impedimento para la vida democrática del país que compromete de paso lo indígena y lo mestizo, la pobreza y la desigualdad.

 

De hecho, el mestizaje fue una "invención" de los liberales criollos cuando, al finalizar la guerra de Independencia, tuvieron que construir al "ciudadano" para desconocer el protagonismo de los pueblos indios y sus derechos ancestrales, que eran incompatibles con el proyecto capitalista que empezaba a tomar forma. El “Mestizo” era alguien que no se identificaría con lo indio, pero a la vez, sería descartado como blanco. Hoy la Iglesia católica ha reforzado el poder de la confusión: ha beatificado al indio Juan Diego, cuyo retrato oficial lo muestra tan barbado como un español.

 

El racismo a la mexicana, se dice que es más “sutil” y que brinda a los diferentes la posibilidad de asimilarse al modelo mestizo como una forma de mejorar. En un contexto relativo eres el güero del grupo, en otro el más moreno y en uno distinto eres igual que los demás. Esa posibilidad nos permite pasar de víctimas a victimarios en una dinámica en la que una persona puede quejarse de que no la dejan entrar a un antro porque es morena, pero al mismo tiempo se cambia de banqueta si ve a alguien más moreno que él.

Se dice también que “El racismo es de asimilación, no de segregación” y es fundamentalmente ­de exclusión sobre todo­ contra los indígenas, los pobres, los feos y los morenos en general. A diferencia de otras naciones donde la división racial es muy clara, las posibilidades de combinación dan lugar a un juego de apariencias en donde una misma persona puede ser discriminada en cierto ámbito, pero privilegiada en otro. Es común criminalizar a ciertos grupos por su apariencia física, culparlos de su pobreza, despojarlos de sus recursos naturales o simplemente negarles derechos básicos, como en los casos recientes de mujeres indígenas que han dado a luz fuera de hospitales públicos porque nadie aceptó atenderlas. Esos son los efectos graves del racismo.

 

Una encuesta elaborada por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), refleja que 23 por ciento de los habitantes del país no estarían dispuestos a vivir con alguien de otra raza o con una cultura distinta; el 55 por ciento admite que en el país se insulta a los demás por su color de piel, o están de acuerdo con que los indígenas son pobres porque no trabajan lo suficiente; 43% opina que los indígenas tendrán siempre una limitación social por sus características raciales y uno de cada tres mexicanos opina que lo único que deben hacer los indígenas para salir de su entorno ingrato es no comportarse como indígenas.

 

El dirigente maya Genaro Serech Sem describe al racismo en estos términos: " El racismo en su esencia expresa prejuicios desfavorables, repugnancia, miedo, desconfianza, desprecio, hostilidad y odio, como mecanismo para esconder el estado de dominación, opresión y explotación que se ha cometido contra nuestro pueblo". Amnistía Internacional ratifica que el racismo se encuentra en la base de las desapariciones forzadas, invasiones de tierras, encarcelamientos arbitrarios, violencia contra las mujeres, pobreza y baja escolaridad en las zonas indígenas de México.

 

Racismo y discriminación, son temas poco discutidos y menos analizados, no hay corriente o partido político que aun con la esperanza de México, reivindique algún tipo de superioridad racial y la oficial definición de México como país mestizo acalla cualquier exaltación de un grupo étnico como consecuencia de una discriminación tan difusa como negada. En pocas palabras, no hay mecanismos políticos, sociales y jurídicos que castiguen a los infractores. La Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación sólo faculta a las autoridades a sancionar a organismos públicos, pero no a individuos o empresas particulares, quienes son más propensos a este tipo de actitudes. En las legislaciones estatales el tema es muy desigual, la mayoría prohíbe las actitudes racistas, pero muy pocas han definido mecanismos adecuados para actuar en consecuencia.

 

Cada vez que pueden, los representantes indígenas del país, enumeran ante el gobierno de Peña Nieto y los anteriores, las discriminaciones de sus prácticas culturales, educativas, religiosas, médicas y jurídicas, la invasión de sus tierras por parte de ganaderos sin escrúpulos, así como la opresión por parte de las autoridades, en particular el ejército y la policía. Generalmente no tienen respuesta, por ello, insisten en el desinterés de la federación y acusan el desvío de recursos que los han llevado a elevados grados de pobreza y aislamiento.

 

En sus comunidades marginadas, se resienten de manera grave las consecuencias de la descapitalización del campo, la falta de inversión productiva, los altos niveles de erosión del suelo, la escasa o mala calidad de la educación pública, la corrupción, la injusticia y la ausencia de servicios médicos. Frente a actitudes como éstas, seguir diciendo que en México no hay racismo, además de ser una hipocresía y una burla, es la mejor forma para no enfrentarlo y seguirlo tolerando.

 

La raza que cada quien tiene y comparte con otra gente es totalmente respetada, pero no es base de burla o rechazo, todos como seres humanos tenemos por naturaleza la necesidad de tener contacto con gente, sin importar el color de su piel, el físico, la religión, la cultura. En verdad, no somos nadie para crear prejuicios de esta magnitud creyendo y transmitiendo el temor a la gente negra en caso de ser blanco, el odio a los extranjeros, el repudio a los aborígenes, el rechazo a los feos, la marginación de la mujer.

 

Para ser justos, tampoco es nadie el estadunidense Donald Trump, que sin reclamos de la presidencia de la República, el Congreso de la Unión, la cancillería o la diplomacia a la mexicana, declara que: Los inmigrantes mexicanos son basura y enemigos de USA, cuando México manda a su gente no manda a lo mejor “traen drogas, traen crimen, son violadores y algunos, supongo, son buenas personas.” El desprecio de éste prepotente e imbécil millonario hacia los mexicanos, sin duda sigue los parámetros de la doble moral de muchos republicanos del país vecino, critican a un país, pero al mismo tiempo dependen económicamente de él. Discriminan a su gente, pero cortejan hipócritamente al electorado de origen latino.  

 

En ese sentido, Trump representa la caricatura perfecta del republicano radical. Una caricatura que al escupir sandeces, salpica y avergüenza a quienes en teoría comparten sus ideas. Es cierto que la xenofobia y el desprecio hacia México persisten en la sociedad americana, pero también es cierto que muchas veces es mejor no darle valor a lo que no lo tiene, tal vez a eso se debe el silencio diplomático. Por lo menos en esta línea directa nos queda el derecho de réplica y la satisfacción de recordarle al bufón más rico de Estados Unidos que el racismo proporciona la única oportunidad que tiene la gente mediocre de una raza determinada de sentirse superior a otros que realmente valen la pena. 

 

Señor Trump, sabemos que usted hace negocios con empresas de la mafia y ciertamente sus declaraciones son terribles y llenas de soberbia pero son irrelevantes y no nos alarman; nuestra capacidad de indignación hacia su persona la complementamos con nuestro sentido del humor y pensamos que es imposible tomarlas en serio. Usted sin el debido respeto, se ha vuelto una parodia de sí mismo y sus ataques contra los mexicanos son tan absurdos que sólo entran al debate público en forma de mofas y comedia.  

 

Ante el silencio de los gobernantes, le recomendamos no decir más estupideces, la venganza de Moctezuma y el voto latino acechan el momento menos esperado de su aventura política, para hacer que se trague su soberbia y de paso sus millones, así aprenderá a no burlarse nunca más de la Raza.

 


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