Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

EL MOMENTO ESPERADO Y LA TEORÍA DEL VOTO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 08-06-15)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Con la amenaza real y violenta de grupos radicales, el riesgo de alto abstencionismo y la antesala de una guerra sucia que oficializó el espionaje telefónico como estrategia electoral de todos los partidos políticos, hoy, estamos citados 83.5 millones de sufragantes potenciales, para elegir en las urnas a 500 diputados federales, nueve gobernadores, 639 diputados locales, 903 presidentes municipales y 16 jefes de las delegaciones del Distrito Federal. La jornada cívica está precedida de un clima de confrontación que ha desembocado en actos violentos que invitan a reflexionar sobre el sufragio como verdadero mecanismo de participación y la importancia de que la votación transcurra sin incidentes ratificándose la vocación de resolver diferencias con diálogo y no con enfrentamientos.

En el turbulento proceso, el INE debió registrar a 10 partidos políticos participantes y más de 11 mil candidatos. Los partidos inscribieron sus respectivas plataformas electorales basadas, supuestamente, en sus declaraciones de principios, sus programas de partido y sus estatutos. Recursos mal gastados en miles de páginas que nadie ha leído, y que son prácticamente inútiles para el efecto práctico de la toma de decisión del voto por los electores.

Salvo unos cuantos, los ciudadanos no están enterados, de quién es quién y qué proponen, para su distrito electoral, para su alcaldía, para la gubernatura correspondiente. ¿De qué modo, entonces, tomarán sus decisiones de voto los electores?

En medios académicos de Estados Unidos han empeñado muchas horas de investigación en tratar de aportar teorías sobre el comportamiento de los votantes: así, se han sugerido teorías conductistas, teorías racionales y teorías culturales. Sin ser especialista en esta temática, puede suponerse que quizá algún aporte podría encontrarse en tales teorías. También se han dado múltiples explicaciones a partir de diversas tipologías del electorado.

La más común toma en consideración las simpatías o antipatías políticas que se han formado los ciudadanos a través de los años. Así, la segmentación habitual ha clasificado a los electores en cuatro categorías: el voto duro, el voto blando, el voto opositor y los indecisos.

El voto duro proviene del elector que mantiene identidad ideológica con unas ciertas siglas, aunque la ideología de las formaciones políticas cambian, como ha hecho el PRI con su paso del PRI populista, al PRI neoliberal; lo mismo ha ocurrido con el PAN, que pasó de una cierta tensión interna entre una vocación opaca por ser oposición a ultranza, llamada por Gómez Morín brega de eternidad, la que no se llevaba bien con sus componentes católicos, liberales y empresariales. Esa tensión se resolvió en un partido con un discurso que insiste flácidamente en la legalidad, pero orientado al pensamiento único neoliberal. El voto duro de estos partidos proviene en realidad, principalmente, del clientelismo. Ocurre lo mismo con el PRD.

El voto blando guarda cierta afinidad ideológica con algún partido, pero no es un voto seguro, porque toma en cuenta también la coyuntura, los comportamientos de los dirigentes, sus (previsibles) escándalos. Es un voto que cambia de una formación política fácilmente.

El voto opositor nunca votará por un determinado partido, así haya postulado a buenos candidatos o su plataforma electoral sea la más pertinente. Y el indeciso, poco involucrado en la política, no manifiesta identidad, simpatía o lealtad con ninguna fuerza partidista. Por igual, puede decidir votar por un partido u otro, o incluso no votar.

Hay coyunturas políticas, como la actual, donde puede manifestarse con gran fuerza la hipótesis de que la ciudadanía en México atraviesa por un complejo proceso de construcción que se puede caracterizar por su relación de desconfianza en el prójimo y en la autoridad, especialmente en las instituciones encargadas de la procuración de justicia; por su desvinculación social en redes que vayan más allá de la familia, los vecinos y algunas asociaciones religiosas, y su desencanto por los resultados que ha tenido la democracia.

En el presente, esa desconfianza, ese desencanto, puede haber crecido sensiblemente, y no sólo alcanza a las instituciones encargadas de la procuración de justicia, sino al gobierno todo y a los partidos tradicionales. Aún más, no sólo se trata de desconfianza y desencanto, sino de mucho más: existe miedo, indignación, hartazgo de los ciudadanos por unos derechos humanos aplastados por miles y miles de muertos, por cientos de fosas llenas de esqueletos anónimos; por desaparecidos, extorsionados, secuestrados, bebés calcinados en la guardería ABC, Ayotzinapas y Tlatlayas, en medio de una violencia salvaje en la que delincuentes y autoridades son muchas veces indistinguibles.

Pero quizá nada provoque tanta ira como la corrupción galopante de tantos gobernantes que al tiempo que se enriquecen quizás como nunca en el pasado, obran con una notoria hipocresía y un nauseabundo disimulo que fácilmente provoca el vómito.

Los tres partidos mayores (PRI; PAN y PRD) comparten el mismo modelo básico de desarrollo y lo prueban en los hechos. La desigualdad sigue avanzando, los sueldos que se asignan diputados, senadores, ministros de la Suprema Corte, en medio de una gran mayoría de miserables, deja flemático e imperturbable al núcleo político/privado dominante. Los millones de mexicanos que han debido emigrar a otros países en búsqueda de oportunidades entran, para este núcleo, en el orden natural de las cosas. La entrega de recursos naturales valiosos, inclusive los no renovables, es norma estándar del mundo globalizado neoliberal. En esa coyuntura, resulta muy frustrante ver cómo los políticos se protegen los unos a los otros independientemente de su partido. Es frustrante ver cómo no entienden la gravedad del momento y cómo le apuestan al silencio y al olvido.

No entienden que a pesar de las reformas constitucionales y las medidas anticorrupción, la vida política e institucional se ha colocado en el centro del debate por la simulación y el autoritarismo, por la corrupción e impunidad. La transformación de ese México, dadas las características de las élites políticas y económicas que el país padece, será un largo y sinuoso camino, pero que, como siempre, se hace camino al andar o echando a perder se aprende.

Para dar el primer paso, convendría recordar el discurso del senador Zoé Robledo, titulado “Para remontar las dificultades, el único camino es la política como la entendía Belisario Domínguez: la práctica cívica por excelencia”, donde presenta un diagnóstico certero.

“Porque México varias veces ha querido levantarse, ha querido volar, pero justamente ha habido mucho sobrepeso. Sobrepeso como las instituciones extractivas que han arraigado un estado permanente de desigualdades totales: desigualdad en la concentración de la riqueza, desigualdad en la distribución del ingreso, desigualdad ante la ley, desigualdad en la calidad de los servicios, desigualdad en el ejercicio de los derechos políticos. Pero otro de esos encarguitos ante los ojos de la sociedad, uno muy pesado, es nuestra clase política en la que se incluyen los integrantes de todos los Poderes de la República.” Y que ha ido acumulando intereses que constituyen una carga pesada y un lastre que es necesario y urgente, eliminar”.

En la coyuntura actual, bien por Robledo de recurrir a la autocrítica. Es el discurso que hemos esperado que algún día dé Peña Nieto, pero que por circunstancias de todos conocidas no se ha atrevido a dar, la más razonable es que pertenece a una clase política con muy poca sensibilidad y capacidad para leer el mensaje de hartazgo ciudadano por lo ineficaz de la democracia para controlar la violencia, la corrupción y el estancamiento económico.

El momento esperado llegó con el proceso electoral que nos ocupa, la protesta y la inconformidad ciudadana son mensajes que deben ser escuchados por la clase politica, distribuir el poder entre los partidos políticos como lo están haciendo, es secundario. La democracia está en juego.  

 


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