Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

NUESTRO PROCESO ELECTORAL

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 27-04-15)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Han pasado más de veinte años de aquel decepcionante proceso electoral de julio de 1994, los resultados de aquellas elecciones presidenciales, fueron una gran desilusión para muchos que creían que en los seis años anteriores con Carlos Salinas De Gortari como presidente, las oposiciones se habían ganado un espacio en el sistema político, lo cual era un buen augurio para quienes esperaban la derrota del partido en el poder PRI.

Históricamente, los jóvenes nacidos en aquel entonces y hoy con derecho al voto, saben muy bien que la maduración del Partido Acción Nacional (PAN) como oposición relevante y la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), nos hicieron creer a la sociedad mexicana, que la alternancia estaba al alcance de la mano, sin embargo, tal vez desconozcan que la aparición del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en enero de ese año y el nefasto y todavía no aclarado asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994, se sumaban quizá, a las muchas razones que sostenían endeblemente, la hipótesis de que el partido hegemónico iba de salida.  

Contra toda expectativa, Ernesto Zedillo Ponce de León, el inesperado relevo priista después de esa trágica muerte, ganó en esa ocasión las elecciones con un porcentaje superior al 48 por ciento que unos meses antes parecía impensable.  Entonces, un grupo de distinguidos intelectuales y periodistas se dijo avergonzado de este voto, muchos señalaron con el dedo a los votantes por el PRI y, los calificaron de ignorantes, tontos, traidores o miserables.  

En ese momento, el voto por el PRI pudo haber sido visto como la acción de mayorías equivocadas que no sabían cómo calcular los costos de su voto, y más allá de la desmesurada arrogancia de estos críticos, dicen que desde el punto de vista de la transición democrática la decisión de votar por Zedillo resultó acertada. No obstante, y como siempre, las verdaderas consecuencias de una decisión política, en este caso el sufragio, no se conocieron sino hasta después de haber terminado el reprobable mandato zedillista.

Las consecuencias de su negativo gobierno, fueron catastróficas para el pueblo mexicano pero más para los priistas, que tan sólo en seis años, con Francisco Labastida Ochoa como su candidato, se vieron obligados a aceptar su derrota y entregar en el 2000, el poder al primer presidente proveniente de un partido de oposición (PAN), el señor de las botas y empresario de una firma refresquera, Vicente Fox Quezada, que logró terminar con la hegemonía de 72 años del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Al término del sexenio foxista y de su predecesor Felipe Calderón, sólo podíamos pensar qué las mayorías se habían equivocado al votar por candidatos a los que les quedó cortísimo el traje de Presidente y el cambio político que esperábamos. ¿Se equivocaron las mayorías, o simplemente no pudieron anticipar lo que Fox o Calderón harían –o no harían– en el gobierno?

Lo único que quedó demostrado es que la incertidumbre propia de los procesos de elección democrática es mucho más amplia que la que plantea la competencia por el poder y que frecuentemente el gobernante elegido, resulta muy inferior al candidato que durante su campaña nos ofreció las perlas de la virgen pero que poco a poco, con engaños y promesas no cumplidas nos deja al margen de sus proyectos.

Los riesgos de elegir a un representante inadecuado como nos ha ocurrido históricamente, están siempre presentes en el voto y, la duda del sufragio sólo desaparece después de que gobernó nuestro candidato, tal vez, a nuestro juicio, el menos peor de todos.

Cuando en 2012, los malos recuerdos se hicieron a un lado, las mayorías hartas de la incapacidad de los panistas (Fox y Calderón) para entregar buenos resultados, tomaron como referente el récord de estos nefastos expresidentes y creyeron probablemente que reduciendo el margen de error, podían prever con más tino el comportamiento de más vale un viejo conocido que un nuevo por conocer, votaron por Peña Nieto, el candidato del PRI. Su preferencia se interpretó como el deseo de llevar de nuevo al gobierno la competencia que ese partido había mostrado en el pasado para administrar con relativos sobresaltos el país.

Hoy, desafortunadamente, el gobierno de Enrique Peña Nieto con su errático proceder falló una vez más, el hecho de no cumplir sus promesas de campaña, dejaron abierta la hipótesis de que a pesar de que estamos en un entorno democrático y mediático que tendría que proporcionarnos más elementos de información para decidir por quién vamos a votar, la capacidad de errar del electorado –o de simulación del candidato – sigue siendo un factor muy importante e incierto.

Cuando el voto de la mayoría se equivoca, el tema no es fácil tratarlo, porque generalmente, el que pierde puede entender esa equivocación como una reivindicación del fraude electoral. Al menos ese era uno de los argumentos de los más viejos priistas para justificar que el voto a los electores fuera arrebatado: Alguna vez uno de ellos dijo, si los dejamos votar como les dé la gana, nos encontraríamos a Cantinflas en la Presidencia de la República, lógicamente lo dijo sin alusión al momento actual.

Con poca fortuna no estamos como antes, estamos peor, porque ahora como en todo sistema democrático, tenemos subsistemas correctivos, pues eso son las cámaras legislativas de Senadores y Diputados, el Poder Judicial y el flamante Instituto Nacional Electoral que aun cuando digan lo contrario, juntos no atan ni desatan para apagar tanto foco rojo que la violencia e inseguridad han encendido en algunas regiones del país (Guerrero, Michoacán, Tamaulipas y Estado de México, entre otros), poniendo en riesgo las elecciones del 7 de junio próximo.

En esta coyuntura electoral tan cuesta arriba, tan llena de sombras, sospechas e irregularidades, muchos por temor o por el acostumbrado “me vale madre” proponen dar la espalda a las instituciones democráticas, anulando el propio voto, o simplemente no votando y además convocando a que otros sigan esta conducta, no caen en el supuesto de preferir la nada, pero su preferencia política se acerca más a esa posición que no deja de tener algo de capricho y berrinche.

Esos muchos, se olvidan que las elecciones además de servir para que los ciudadanos que piensan en forma similar sobre economía y política se organicen, son también, una especie de juicio civil mediante jurado popular: si un gobierno lo hace bien, los ciudadanos votan por él; si lo está haciendo mal, los votantes pueden usar su boleta electoral para censurarlo votando por otra opción. Para manifestar la reprobación a Peña Nieto, al gobierno en general y al sistema, el momento tiene fecha fija, desemboca el 7 de junio en las urnas y la propuesta de dar la espalda, de pedir la renuncia, de promover la revocación del mandato, puede ser antes o después, puede esperar un poco. La opción de votar es a plazo fijo y no se opone a la de ellos.

Para todos aquellos que están hartos e indignados, pero que son inteligentes y quieren cambiar de sistema y reencauzar el rumbo de México, la propuesta ciudadana y no de las autoridades responsables del proceso, es que den oportunidad a la vía electoral una vez más, que con su voto, permitan medir cuántos están tan hartos e indignados como ellos y si son suficientes para empujar el cambio esperado por la vía de las elecciones. Si el sistema del proceso electoral, no puede ser imparcial y dejar que los ciudadanos se expresen libremente para elegir en serio a sus representantes, entonces, como muestra de desaprobación a esa mala conducta oficial, la respuesta es la abstención electoral y dar la espalda al proceso.

Con tantos candidatos desconocidos y otros conocidos pero muy malos (futbolistas, artistas y líderes corruptos, entre ellos), unirse al voto de la reprobación y del cambio, sin cancelar otras opciones, creo que hoy es lo deseable, de otra manera, nunca vamos a saber cuántos votos fueron comprados o son resultado del fraude electoral, pero sí sabremos cuántos fueron a favor de la oposición y el resultado será un elemento más de juicio, tanto para la opinión pública interna y externa como para los contendientes.

Hace tiempo, escuché un consejo entre tomadores de decisiones que más o menos dice así: si tienes dudas entre hacer algo o dejar de hacerlo, hazlo, es mejor; si has de arrepentirte, que sea después de haber actuado y no por haber escapado de ese brillante momento. 

Si usted ya tiene su candidato, lo conoce y sabe por quién votar, no olvide ponerlo en práctica, en caso contrario, no se vale arrepentirse.

 


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