Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

LA INCREDULIDAD Y LA DESCONFIANZA, VOZ DE UN PUEBLO.

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 16-03-15)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

 

Disculpe señor presidente: Soy incrédulo y tengo desconfianza, soy la voz de un pueblo que al despertar no sé qué me espera durante el día. La angustia llega fácilmente sobre todo cuando tengo hambre, y sin empleo, me entero que desde ya largo tiempo, los grupos dominantes donde quiera que estén, han practicado con relativa tranquilidad y la mesa puesta, el peligroso juego de la simulación, donde tú haces como que respetas la norma y yo papá gobierno, la quebranto consistentemente y con indiferencia sin que nadie se dé cuenta. 

Si la democracia se pierde y la desconfianza crece, se debe a que la absurda y golpeada credibilidad del régimen que encabeza usted Sr. Peña Nieto, ha caído a niveles no imaginados, su legitimidad se partió como si fuera el espejito de Blanca Nieves, en cientos de pedazos, tantos como mentiras burdas ha inventado su gobierno durante meses, para encubrir la terrible masacre y desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa y eludir entre actos diplomáticos y posturas televisivas su responsabilidad como jefe del Estado Mexicano. 

En el Reino Unido, reconoce usted sin titubeos, que desde la desaparición de los 43 normalistas, existe una sensación de “incredulidad y desconfianza”, y se compromete (cuantas veces más), a luchar contra la corrupción en una forma mucho “más eficaz”, así como terminar con el “estigma” de considerar a los políticos como “ladrones”. Según sus propias palabras, la crisis de confianza es “una oportunidad”, para reconsiderar hacia dónde nos dirigimos y piensa que aún está a tiempo de mostrar resultados y de dar beneficios a los mexicanos. Al preguntarle, por qué nunca visitó Iguala para mostrar solidaridad con los estudiantes desaparecidos, respondió: “Eso no significa que no hemos hecho lo que se debe hacer. El Presidente no tiene por qué ir en persona, tenemos gobernantes ahí”. En ese preciso momento, le faltó tacto, perdió no solamente la palabra, perdió la credibilidad y hasta la vergüenza si es que la tiene.

Luego, con su soberbia pose habitual señaló a los medios británicos: “El Presidente, en quien confiaron los empresarios en sus primeros dos años de presidencia, por aprobar casi una decena de reformas económicas, ha enfrentado desde entonces una marea de inquietud popular y un electorado cada vez más escéptico”. Sin darse cuenta y sin advertencias de sus acompañantes, su postura poco humilde y su hipocresía, derramaron el vaso de agua.

En poco tiempo, la indignación y reacción social inteligentemente organizada en masiva y persistente protesta callejera, transformó la crisis de legitimidad en una profunda crisis política, y logró poner al descubierto que el estado de derecho es una invención de la realeza en el poder, que empieza a ser referida como grupos dominantes o narco estado; ya que en México, todo hace suponer que el gobierno y el crimen organizado son dos caras de una misma moneda.

Por lo menos el jefe del Estado Mayor o alguien en su gabinete, debe advertirle que la incredulidad y la desconfianza se acentúan en el país, porque es difícil creer en nuestros gobernantes y sus discursos demagógicos, no confiamos en Diputados y Senadores, mucho menos en lo que hacen, ya no aplaudimos porque desconfiamos de la procuración de justicia y de las instituciones y las fuerzas armadas, y no creemos vivir una guerra contra las drogas sino una guerra para ver quien las controla. 

Una guerra trágica y sucia que, en tan sólo siete años, arroja más de 120 mil personas asesinadas, más de 20 mil desaparecidas, más de 250 mil desplazadas, así como más de 20 mil huérfanos. Nuestra triste realidad son estas cifras que calan muy hondo, en ellas si creemos. 

Llegaron al pueblo que con sus miles de voces reclama solamente dos cosas: justicia y el derecho a la vida, dos cosas que el Estado mexicano no garantiza y al cual los gobernantes y la clase política encabezada por usted, les llaman descaradamente, incredulidad y desconfianza, pero que Max Weber, ilustre sociólogo alemán lo describe sencillamente así: ‘‘el Estado es una relación de dominación de hombres sobre hombres, que se sostiene a partir del exitoso ejercicio del monopolio de la violencia física legítima al interior de un territorio”. 

Prescindir de dicho monopolio pareciera una obviedad en medio de la lucha armada que se vive en México por el control de territorios para la producción, trasiego y venta de droga, pero no es así, existen contrariamente elementos de mucho peso para sostener que el ejercicio de esa violencia deviene directamente de  las estructuras del propio Estado donde ha sido y es tutelada, consentida y tolerada a más no poder.  

La persistencia y magnitud del problema, se explica con la tolerancia o participación directa de funcionarios civiles en todos los niveles de gobierno, su sólida estructura y sus jefaturas operativas, están constituidas dentro de las propias fuerzas armadas del Estado –policías municipales, estatales y federales, el Ejército y la Marina– y él invisible Estado Mayor y principal beneficiario lo constituyen banqueros y grandes empresarios que cuentan con la indispensable colaboración de los controles del Estado y del aparato de justicia. (A. Gilly: La Jornada, 23 de mayo de 2014). No olvidemos que en parte muy importante el narco negocio nació de una política de Estado, durante la Segunda Guerra Mundial para sembrar amapola y proveer de morfina a los servicios médicos de las tropas estadunidenses.

Más allá de este origen y aceptando que el narcotráfico es un secreto a voces, entonces, la pérdida de democracia y el Estado fallido que se vive en México, parecen temas no discutibles, ya que la supuesta pérdida del monopolio de la violencia, se confunde con la pérdida creciente de legitimidad y exonera al Estado de su participación directa y diversa en la galopante comisión de delitos y la consecuente crisis humanitaria que sufre el país, secuestros, fraudes, influencias, etc., cree usted que a esta situación, se le puede llamar ¿incredulidad o desconfianza?

Sabe usted muy bien que las instituciones del Estado y su gabinete en pleno, sufren por su brutal discrecionalidad y ausencia del respeto que deben a su propia legalidad, una pérdida creciente de aceptación social, obviamente, abandonaron su responsabilidad como garantes de los derechos ciudadanos y consecuentemente, dejaron que el monopolio estatal de la violencia persista sin argumentos que la justifiquen y fuera de su base legal, lo que no se percibe es la legitimidad requerida –aceptación social significativa– para hacer perdurable o exitoso su ejercicio.

En fin, sáquenos de la duda, soy la voz del pueblo que al no obtener justicia y derecho a la vida, llegan rumores perversos para decirnos que al encargado de despacho de Los Pinos lo único que le importa o así lo aparenta es generar las condiciones necesarias para seguir haciendo negocios al amparo del poder público. ¿Incredulidad o desconfianza?

 


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