Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

EL NARRADOR DE CUENTOS

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 02-02-15)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Según declaraciones de los detenidos y con la información obtenida durante las reconstrucciones realizadas en el basurero de Cocula y el río San Juan con los autores materiales del homicidio y desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la Procuraduría General de la República (PGR), logró presuntamente identificar a los tres normalistas que tenían más tiempo en la escuela y que supuestamente estaban al frente del grupo de estudiantes que se desplazó a Iguala pero que por alguna extraña razón, terminó su viaje en Cocula.

Tomás Zerón de Lucio, Director de la Agencia de Investigación Criminal dice: “Estos tres estudiantes: Bernardo Flores, El Cochiloco; Jorge Luis Hernández Barajas, El Flaquito, y Miguel Ángel Martínez, El Patilludo, fueron interrogados y ejecutados en el basurero por considerar, por parte de los que los secuestraron, que eran miembros del grupo delincuencial antagónico”, por lo tanto, se consolida el móvil de tan lamentable hecho, “formar parte del grupo antagónico de la delincuencia organizada en la región; única razón por la que los privaron de la libertad, en un primer momento, y finalmente de la vida”.

Más tarde, Jesús Murillo Karam todavía en su papel de narrador de cuentos y actor principal de la Procuraduría General de la República, con modulada y comprensiva voz de locutor profesional, señaló categóricamente que no existe ninguna evidencia de que alguno de los normalistas haya tenido relación con grupos delictivos, y que de las investigaciones se sabe únicamente que las víctimas sólo querían estudiar para ser profesores.

Don Jesús, desde esta modesta columna, aplaudimos su gran hallazgo, ahora entendemos lo efímero de la vida. Su historia es increíble, inaceptable y muy poco probable, ahora resulta que los malvados poderes de los hacendosos narquillos de Iguala: José Luis Abarca Velázquez, María de los Ángeles Pineda Villa y Sidronio Casarrubias Salgado, que en su historial siempre dejaban a sus ejecutados a ras de tierra o apenas sepultados en fosas elementales, en esta ocasión, súbitamente se esmeraron en no dejar huella de los asesinatos cometidos y tuvieron tiempo para montar la elaborada faena homicida y pirotécnica, retadora de lógica y ciencia para obtener cenizas y eliminar evidencias y testimonios que luego embolsaron y fueron a tirar a aguas cercanas del contaminado río San Juan.

Usted sin inmutarse y sin presentar nuevas pruebas, como todo buen narrador de cuentos, afirma que el llamado caso Iguala debe cerrarse porque la verdad histórica basada en las pruebas aportadas por la ciencia, peritajes, evidencias y declaraciones de los 99 involucrados detenidos hasta hoy, ha permitido conocer lo que ocurrió y ejercitar acción penal contra todos ellos.

Por supuesto que dicha afirmación ha recibido numerosos cuestionamientos de los propios padres y condiscípulos de los desaparecidos, de investigadores universitarios y de organizaciones de derechos humanos, todos invariablemente señalan que es "prematuro y alarmante" que las autoridades federales que dan la impresión de que no están comprometidas con el Estado de derecho, hayan dado por concluida la indagatoria sobre la desaparición forzada de los normalistas, pese a que todavía hay muchas interrogantes sin respuesta sobre el caso.  

En su interesante y exitoso cuento, al citar los resultados de los análisis de ADN que ha realizado la Universidad de Innsbruck, Austria, los especialistas austriacos le avisan lo ya sabido, que nada se puede esclarecer científicamente a partir de cenizas preparadas para ser inescrutables, es decir, que los restos fueron cuidadosamente destruidos y no permiten la identificación de los asesinados salvo en el caso de un fragmento óseo ya identificado (pertenecen al estudiante Alexander Mora), los forenses argentinos han señalado su acuerdo y ratifican que no hay suficiente certidumbre científica o evidencia física para afirmar que forman parte de los recuperados en el basurero y se requiere someterlos a nuevas pruebas que tomarán aún dos o tres meses, sin garantía de obtener conclusiones claras.

Su asombrosa actuación como Fiscal de la Nación y narrador de cuentos, nos deslumbra, esa indagación negativa efectivamente le pudo dar una prueba plena de que sucedió lo que sucedió y para cerrar el insólito caso de los muertos que oficialmente no están muertos porque no se puede demostrar su muerte, soltó otra joya del México grotesco: “me queda claro que si allí mataron por lo menos a uno; las declaraciones, las pruebas y todas las líneas de investigación para buscar a los normalistas desaparecidos han sido agotadas y todo lo demás me hacen pensar que allí mataron a los demás”.

Con tales afirmaciones es imposible no percibir con claridad la urgencia del gobierno federal por dar por cerrado el trágico e indignante episodio ya que el propio presidente Enrique Peña Nieto, herido gravemente tanto en su popularidad interna como en su credibilidad internacional quiere superar este trago amargo que se expresa en un grave desgaste político que se atribuye a su mala administración, y que ha servido de catalizador de muchos y diversos agravios del poder público hacia la sociedad.

Aun cuando la prisa pudiera ser comprensible y al margen de las debilidades e inconsistencias de la versión oficial, el caso dista mucho de estar solucionado en lo criminalístico, en lo jurídico y en lo político, La reiteración pública de que los muchachos desaparecidos están muertos constituye un agravio adicional a los progenitores de las víctimas, toda vez que semejante afirmación tendría que ser formulada con pruebas técnicas incuestionables y ser comunicada con humildad y en primer lugar a las familias afectadas.

Declaraciones fuera de lugar como las referidas, lejos de calmar los ánimos, los exacerban por partida doble. Regrésenlos con vida será un reclamo permanente escrito en la historia de México, seguramente en sus páginas estarán el Cochiloco, el Flaquito y el Patilludo y desde luego el Cepillo, personaje traído de la nada y cuyas declaraciones naturalmente bajo sospecha de aplicación de los clásicos pocito o el tehuacanaso, se convirtieron en argumento sustituto de los dictámenes de Innsbruck.

Señor Murillo, su cuento de que no hay una sola evidencia de la participación del Ejército en la desaparición de los normalistas y de que su teoría del caso era correcta al asegurar que los estudiantes habían muerto, ha sido todo un éxito y confirma su hipótesis, por desgracia, sus actitudes erráticas, equívocas e improcedentes ante este episodio terrible, muestran agotamiento sobre agotamiento y parece difícil que, en tal circunstancia, sea posible superar la crisis política y gubernamental que ha generado y como usted dice y dice bien: “quienes no crean en el resultado de las investigaciones, en lugar de ser coadyuvantes del Ministerio Público, fueran coadyuvantes en la defensa de los responsables de este caso”.

Al fin cerró Usted triunfal y a tiempo el ciclo narrativo y, al final, se sacó de la manga el resplandor indudable de la verdad, la justicia, la ley y otros alias incluidos en declaraciones, pruebas y dictámenes periciales que acabarían demostrando que el gobierno de la República ha hecho un esfuerzo extremo hasta llegar a su verdad histórica, procesalmente consignable, pero sólo por delitos que afecten a los niveles meramente municipales Igualtecos y cuando mucho Coculenses.

Fue un cierre conforme a itinerario que según los estrategas oficiales irá bajando de intensidad, justo entre las escaramuzas electorales que ayudarán a distraer la atención del respetable público y con signos puntuales de que el señor de Los Pinos, en este momento de la historia nacional no puede dejarnos atrapados, dice que tenemos que asumir el derrotero de seguir caminando para asegurar que México tenga un mejor porvenir. Siempre colaborador, el rector de la UNAM, José Narro se permitió la solidaridad retórica al decir, o repetir, que no debemos quedar atrapados en este momento de la historia. Pues ni modo. Ya qué.

Que quede claro, a partir de la fecha, toda protesta (individual o social) deberá ser presentada por escrito, con suficientes copias, sellos y argumentos formales para solicitar su integración al expediente del caso, sometiéndose obviamente a ese largo y silencioso curso institucional, pues el tema ya no estará a discusión, estará en espera ya nada más de que la incorruptible justicia mexicana se abra paso con sentido ejemplar para demostrar que esos hechos son castigados y que no se volverán a repetir.

El cierre de la investigación y su consecuente pretensión de reencauzar el tema hacia el ámbito procesal jurídico buscan dar sustento a la intención peñista de actuar con firmeza contra las múltiples expresiones de descontento contra su gobierno y específicamente contra la manera en que se ha tratado el caso.

Precisamente y horas antes de los discursos, la Policía Federal había impedido por primera vez desde hace cuatro meses, que encapuchados tomaran una caseta de peaje en Palo Blanco, Guerrero. Distintas voces entendieron los signos del carpetazo como anuncio de que Peña Nieto al fin actuará contra quienes a su entender subvierten el orden público. Veremos si es cierto o será otro cuento que nos tienen preparado.

 

 


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