Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

RECONSTRUCCIÓN DEL ESTADO MEXICANO

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 26-01-15)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Sin duda que 2014 fue un mal año para el país, la paciencia de la sociedad mexicana a fuerza de fracasos, engaños e injusticias fue conducida al límite de la tolerancia rebasando considerablemente los niveles normales de malestar e incertidumbre a que los mexicanos nos hemos acostumbrado.  

Ante la abominable agresión contra los normalistas de Ayotzinapa y el vandalismo impune en Guerrero, Oaxaca, Michoacán y Estado de México, el año que se fue, se llevó consigo la indignación de los mexicanos por los miles de muertos y desaparecidos que se acumulan año tras año mientras los gobernantes se hacen de la vista gorda, la indignación también por el olvido en que se tiene a la educación rural y a los educadores populares y se llevó la indignación por las reformas constitucionales que se realizan en contra de la opinión mayoritaria de la ciudadanía, a la que incluso se le niega el derecho a expresarse libremente por medio de una figura constitucional, como la consulta popular. 

¿Será posible que la situación de dolor y frustración pueda cambiar en él 2015? Desde luego que el renacer de la esperanza no se dará a base de bofetadas como en el caso del jovenzuelo y altanero gobernador de Chiapas y no provendrá de la repetición hasta el hastío de que ahora sí las reformas estructurales van a mostrar sus cada vez más lejanos beneficios. Ni de los llamados a una supuesta solidaridad que no presenta signos concretos y que hace la clase política que encabeza Peña Nieto a una ciudadanía, que ya no escucha palabras sin contenidos, sino que cansada de ocultamientos y engaños, reclama información, argumentos, cambios y compromisos reales. Los voceros del régimen así lo reconocen, al menos parcialmente, cuando señalan que los grandes enemigos de México son la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la impunidad y la violencia.  

La lista enunciada seguramente es parcial, porque le faltan las causas de estos problemas: omisión de la autoridad, ocultamiento de información, utilización de la función pública como medio para hacer negocios particulares, hipoteca del futuro de la nación y, en suma, la privatización del Estado para beneficio de unos pocos. Dicen los que sí saben que en toda teoría de la democracia la exigencia fundamental al Estado es que garantice el derecho a la vida y al bienestar de sus habitantes. En México, el poder gubernamental perdió ese rumbo y esa capacidad hace mucho tiempo.

Por ello, las voces de la calle y de muchos analistas coinciden en que es necesario discutir la refundación del Estado mexicano, pues consideran que el modelo que hasta ahora conocemos llegó a su fin. Afirman la necesidad de reformularlo a partir de un nuevo modelo incluyente, democrático, de cuidado de la naturaleza y basado en la vigencia de los derechos humanos para el llamado de la acción comunitaria.

Hoy en día, son muchas las organizaciones y frentes que trabajan para ello: en el ámbito rural, se preserva la tierra y el territorio; en el de la vivienda, para el logro del derecho a la ciudad; en el sindical, para la reconquista de los derechos laborales; en el de los movimientos estudiantiles, por el derecho a una educación crítica y de calidad, y por la democratización de las comunicaciones y la seguridad ciudadana. Todas estas luchas, a las que seguramente faltan muchas más, tienen un largo proceso de gestación, pero se reconocen en la afrenta común. Cuando en las manifestaciones se exclama: ¡Fue el Estado!, se está expresando que lo que ocurrió en 2014 es que el modelo que guía las acciones de la clase política, basado en la consideración patrimonialista de los bienes públicos, supone que al ciudadano le basta con votar periódicamente por unos partidos cada vez más alejados de la voluntad popular, y piensa que la impartición de justicia tiene que ser sometida al arbitrio del gobernante socavando con ello la credibilidad de las instituciones, argumento que ya no es sostenible, y no se puede seguir apostando a que en el futuro fluirá la inversión extranjera como lo dice él discurso incoherente y sin contenido.

Y ello porque, como todo negocio, tiene claro que en México ya no lo es, pues no crece, no produce, y el poder adquisitivo de sus habitantes se hunde ante la falta de rumbo propio de quienes no tienen más orientación que la asociación desigual y dependiente con el extranjero, la cual si acaso genera buenos resultados para el grupo en el poder, pero pésimos para la nación.

Todo lo anterior plantea un profundo reto a la democracia y no sólo refiriéndonos a las próximas elecciones, donde la interrogante no es tanto si se vota o no, sino si hay alguien que merezca ser votado. Y como aún la clase política se guarda la respuesta, el nerviosismo no es menor. Aunque desde luego la solución no podrá ser la simple multiplicación de partidos políticos, puesto que quien quiera que gane estará condenado a moverse en las pantanosas arenas del viejo régimen político, que en su evolución ha servido más para el reparto del poder entre ellos que para la distribución del bienestar entre los ciudadanos.

Ese régimen obsoleto que tanto daño ha causado, ha servido más para que los partidos se aprovechen del erario y no para que los ciudadanos participen en las decisiones y, ha servido más para incrementar los negocios entre el dinero y el poder político, que para el desarrollo económico y social. Estas son las trabas no sólo políticas, sino también económicas del país.

Crecimiento económico y transformación del régimen político tendrán que ir de la mano para que el país sea viable. Por ello, cada vez con mayor frecuencia, analistas, dirigentes sociales y pueblo en general de la reconstrucción del Estado mexicano como si fuera una película de ciencia y ficción o simplemente un sueño guajiro.

 

 


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