Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

ESCÁNDALOS, HAMBRE Y SED DE JUSTICIA.

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 15-12-14)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Un escándalo más se vislumbra relacionado con el influyente empresario Juan Armando Hinojosa, el mismo contratista que financió la llamada Casa Blanca propiedad de Angélica Rivera, esposa del presidente y que ha sido beneficiario de contratos en la presente administración y desde el pasado mandato de Enrique Peña Nieto en el Estado de México, por ser uno más de los consentidos de Gerardo Ruiz Esparza el ostentoso secretario de comunicaciones y transportes.

Ahora resulta que otro secretario, el de Hacienda, Luís Videgaray Caso, considerado el hombre fuerte detrás de las reformas económicas de la actual administración, se pronunció en favor de ser investigado por la compra de una propiedad en el Club de Golf Malinalco, en el Estado de México, al mismísimo empresario amigo de peña Nieto y dueño del Grupo Higa. En plan de defensa, (nadie sabe porque) Videgaray Caso sostuvo que no hay acto ilegal ni conducta indebida en la casa adquirida con absoluta legalidad y transparencia por un valor de 7.5 millones de pesos, cantidad que liquidó con sus ahorros, y no tiene motivos para venderla.

El responsable de las finanzas públicas en México, señaló que la revelación de estas informaciones proceden de intereses que buscan que el país no cambie, quieren proteger sus intereses personales o de negocios, o hay aquellos que prefieren tener un discurso de inmovilidad o de regreso al pasado; al financiero le queda muy claro que la actuación de este gobierno ha afectado a gente con intereses importantes (sin mencionar nombres) con la aplicación de reformas, como la hacendaria o la de telecomunicaciones, donde se está generando un nuevo entorno de competencia en beneficio de los consumidores. En su posición defensiva, nos amenazó con seguir por la ruta de aplicar los cambios, de transformar al país; con honestidad, con transparencia, y con una gran convicción de no detenerse o distraerse respecto de esa gran oportunidad histórica de transformación que supuestamente tiene el país, pero que se tambalea con la caída del precio del petróleo, el desaliento de la inversión privada que se asusta por la corrupción, la impunidad, la violencia, el engaño y la paridad del peso que se colapsa ante el dólar.

Lo cierto es señor Videgaray, que si el grupo gobernante sigue creyendo que todo México se reduce a los Valles de Cuautitlán, Toluca, Chalco, Valle de Bravo y Atlacomulco, no sólo dará la razón a quienes lo hemos criticado por haber mostrado su incompetencia ante la crisis de gobernabilidad y de justicia que estamos viviendo, sino que irremediablemente se colocará en los límites de un quiebre institucional.

Señor secretario, no se deje engañar, los intereses políticos, ideológicos  y económicos a los que usted alude, no son circunstanciales, son fríamente planeados (tal vez dentro del mismo gobierno) y convergen con las justas demandas de localización de los normalistas de Ayotzinapa y la aclaración de los hechos vergonzosos de Tlatlaya, entre otros muchos actos vandálicos que quedan impunes. Esta convergencia ha logrado enderezar en muy poco tiempo una poderosa contestación de la sociedad a través de las redes sociales (que se traduce como mensaje) al sistema político, al gobierno federal y al propio Presidente y su ya desgastada investidura.

Entiendan bien la lección señores gobernantes, la voz del pueblo les dice que la incapacidad y la falta de destreza en el timón, agravan los daños y aumenta el hartazgo de la calle; que el riesgo de erosión de la legitimidad y de la honestidad gubernamental obliga a un cambio permanente de actitud, de estrategia y de discurso; que no se trata de rediseñar el país con leyes que ya existen, sino de definir prioridades, y que el bache es más profundo de lo que en un principio se pensó.

El pueblo requiere pruebas y hechos que demuestren que la protesta de la sociedad y el enojo de los agraviados no se diluirán con discursos, decálogos y promesas burocráticas a las cuales nos tienen acostumbrados. De lo contrario, la complejidad del enojo colectivo seguirá creciendo, calles y plazas públicas serán escenario de grandes manifestaciones y no será difícil predecir y advertir que el proceso electoral del año próximo se verá empañado por la ausencia del sufragio en las urnas y la falta de legitimidad y credibilidad de los futuros candidatos.

Bien dicen los expertos de derechos humanos, no puede haber vuelta atrás. No hay manera de recuperar la engañosa normalidad que como país teníamos antes de los hechos de Iguala o Tlatlaya, porque era anómala, estaba sentada en parte en la simulación, la ausencia de información pertinente, la desidia, la indolencia y la falta de responsabilidad pública de quienes propiciaron ese estado de cosas.

Existe un malestar social muy difundido, pero no necesariamente tiene su origen y se limita a estos casos, los cuales más bien han catalizado un largo proceso de frustración de expectativas iniciado años atrás, pero que no fue advertido con oportunidad en sus diferentes vertientes económicas, sociales y culturales.

La violencia, la inseguridad, la corrupción y la impunidad han provocado, además de dolor e indignación, un sentimiento de desconfianza hacia nuestras instituciones, de malestar, de fractura en nuestro Estado de Derecho, así como una percepción de lejanía e indiferencia de las autoridades ante los justos reclamos de la sociedad.

Los mexicanos tenemos el valor y la fuerza, y todavía la oportunidad de encauzar nuestras diferencias, de evolucionar como individuos y como sociedad, lo haremos, si podemos confiar en los gobernantes, si sabemos que no son corruptos, que tienen dignidad y vocación de servicio, si sabemos entender y atender nuestra realidad; si volvemos a escucharnos y si podemos dialogar para buscar la paz, la verdad y la justicia.

Enrique Peña Nieto y gabinete que le acompaña, diputados, senadores, gobernadores y presidentes municipales, su obligación constitucional, es concretar ese México pacífico, próspero, justo e incluyente al que aspiramos. Les deseamos un mejor año, que gocen su dieta y jugoso aguinaldo pero eso sí, desde esta humilde tribuna les exigimos un trabajo más serio en su gabinete o curul que ocupen y menos ostentosidad ante un pueblo que no alcanza el salario mínimo, no tiene aguinaldo pero tiene hambre y sed de justicia. Salud.

 

 


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