Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

LOS MÍNIMOS

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 25-08-14)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

  

Con mala fe o cierto dejo de amargura si usted quiere, siempre he pensado que México es un país de mínimos: en la escuela, se exige el promedio mínimo, en la esperanza de vida y la salud el mínimo de bienestar, la mínima vivienda de interés social, en alimentos la canasta básica, en salarios el mínimo, en el retiro la mínima pensión y en los espacios públicos los mínimos para poder moverse aunque sea con dificultades.

En estos días, aun cuando no tenemos la mínima idea de lo que está sucediendo, el jefe de gobierno capitalino Miguel Ángel Mancera, con sus declaraciones ha derramado mucha tinta alrededor de los salarios mínimos, tema que el gobierno federal después de los múltiples festejos y alegorías por las reformas constitucionales, consideró seguramente que sería un asunto pasajero y sin importancia.

Al darse cuenta de que se tomaba en serio, optó por tomar distancia, acudiendo al viejo recurso de convocar a los distintos sectores productivos (defensores de la miseria salarial actual) para pronunciarse y plantear su oposición, señalando que para tomar el tema en cuenta, debía cumplirse con dos condiciones previas: el índice de productividad y el respeto al espacio institucional de decisión, o sea la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos.

Respecto a la primera condicionante, se dice que es un mito señalar que el incremento en los salarios debe diferirse hasta que exista más productividad. Se pierde de vista el carácter básico de esta remuneración, ya que los cálculos de productividad se vinculan a salarios promedio y que ella depende básicamente del desarrollo tecnológico, infraestructura, inversión de capital y de modificar las políticas públicas existentes en materia de trabajo.

Una prueba inefable de que en México los salarios no se vinculan a la productividad se acredita en los periodos en que ésta se incrementó y tal mejora no se reflejó en aumentos salariales; ahora que el salario mínimo se encuentra artificialmente deprimido y más jodido que nunca, se le exige productividad, factor que en todo caso puede relacionarse con empleos de mejor remuneración o vinculados a resultados exitosos y de mayor utilidad empresarial.

Los trabajadores lo viven año con año, cuando las empresas tienen grandes ganancias y se comprueba una alta productividad laboral, ésta no se refleja en los aumentos salariales que se otorgan, generalmente, en las revisiones contractuales dichos incrementos se reducen a niveles cercanos a la suerte del salario mínimo. En otras palabras, nada importan las utilidades de las empresas, el nivel de productividad ni las diferencias en el costo de mano de obra que existen entre una rama de industria o servicios y otra: es bastante falsa la afirmación de que estamos en el mismo barco que en su discurso, los políticos denominan el “México Prospero”.

Para confirmar la falta de correspondencia entre productividad y salario, mientras que el primer factor crece regularmente, para el segundo sólo basta reflexionar sobre el dato de que el 60 por ciento de los asalariados formales ganan menos de 6 mil pesos al mes. Imaginemos para qué alcanzan estos recursos y en qué condiciones vive una familia con ese salario, ciertamente el barco se hunde.

En comparación con otros países, resulta que los trabajadores mexicanos laboran en promedio 500 horas anuales más que el promedio de países con economía similar, y aun así, México tiene la tercera parte de la productividad de España y la mitad de Corea del Sur, sin embargo, el salario español es casi siete veces mayor al nuestro y el de Corea 7.5 veces.

Respecto al segundo punto en cuestión, se afirma que la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, no ha funcionado ni siquiera para mantener el poder adquisitivo y produce sólo estudios salariales por debajo de la inflación es decir, nada relevantes al respecto; es tan sólo una simulación y un simple parapeto gubernamental para hacer creer que en nuestro país existe concertación o diálogo social entre sectores pero sus decisiones las tiene que someter invariablemente a las consignas de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México quienes tienen la última palabra.

Ello explica porque el gobierno defiende que este sea el espacio para atender la creciente exigencia de que los salarios mínimos se incrementen desde este mismo año, a pesar de que crecen las voces que reclaman un viraje inmediato a la política salarial porque consideran que los mini salarios responden a una estrategia deliberada de despojo social, que tan sólo en cinco décadas ha generado más de 70 millones de pobres y más recientemente la caída vertiginosa del producto interno bruto que a pesar de los engañosos pronósticos de Luís de Videgaray, el Secretario de Hacienda, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) determinó recortar de 3.0 a 2.5 por ciento su pronóstico de crecimiento de la economía mexicana para este 2014. Los pronósticos para 2015 no rebasan 3.5 por ciento a pesar de las reformas aprobadas.

A pesar de que crecen las voces que reclaman un viraje inmediato a la política salarial y evitar su caída o estancamiento, en la discusión pública se repiten hasta la saciedad los argumentos para mantener la política que ha prevalecido en los últimos 30 años, y se advierte sobre los riesgos de caer en las crisis económicas de años anteriores, como si la política salarial hubiese sido la causante de los problemas y no al revés.

Otras voces señalan que una recuperación en los salarios es favorable no sólo a la población, cuyo bienestar debería ser el centro de cualquier política pública, sino también un valioso instrumento para superar la parálisis económica y resolver de fondo los problemas de la seguridad pública y la criminalidad.

El propio economista en jefe de BBVA Bancomer, Carlos Serrano, declaró recientemente que la economía mexicana puede resistir el incremento en los salarios mínimos sin tener afectaciones en el empleo ni generar inflación. Recomendó incluso la mejora salarial para reducir la pobreza y la marginación.

Hay al menos dos opciones para lograr el mismo resultado. Una es de una vez por todas fomentar el reparto de utilidades (ligado a la productividad) cerrando todos los trucos que se hacen para no erogarlo. La otra es simplemente aligerar el ISR para asalariados en la parte baja de la escala salarial, allegándose los recursos ya sea de los asalariados de mejores ingresos o de los impuestos de las mismas empresas que se resisten al incremento racional de salarios.

Como si fuera un sueño, ambas soluciones no requieren ser negociadas y dependen solo de la decisión del gobierno federal o del congreso, siempre y cuando aquellos que nos representan sean menos corruptos, no cobren bonos por levantar el dedo, vivan unos días con el salario mínimo y se abstengan de asistir con cargo al erario federal, a fiestas particulares en puertos paradisiacos como Puerto Vallarta. ¿Acaso es mucho pedir?

 

 


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