Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

CORRUPCIÓN, COMENTARIOS DE CANTINA

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 19-05-14)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

De acuerdo con las estimaciones del Banco Mundial, la corrupción le cuesta a México 9% del PIB cada año, es decir, dos puntos más que la fortuna desmedida de Carlos Slim. Si preferimos las estimaciones del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, la cifra alcanza el 20% del PIB, en otras palabras, la quinta parte de lo que se produce en el país, se diluye, se reparte, filtra y trasmina en corruptelas. 

Con base al Índice de Percepción sobre Corrupción que realiza Transparencia Internacional, en el espejo de la corrupción, nuestro país se encuentra reflejado en el lugar 105 entre 176 naciones, nos vemos igual que Kosovo, Mali, Filipinas y Albania (me parece que se calificó desconociendo los casos de Moreira, Gordillo, Reyna, Grannier y los contratos de Línea 12 del Metro en el Distrito Federal y Oceanografía en Pemex entre otros). Sin embargo, a pesar de la generosidad del ranking, el enorme problema que refleja dicha clasificación, es que, llegar a ser el país más corrupto del mundo no nos suena difícil, pues estamos acostumbrados a tal argumento. 

La corrupción la solemos percibir los mexicanos como un mal endémico e inmutable, tan arraigado como el consumo del maíz, el chile, las tortas y los tacos, y tan cierta como la pobreza extrema, la desigualdad y la impunidad, de tal manera que cuestionarla y en su momento, confrontarla, resulta inútil. Tal vez por ello, dentro del inmenso catálogo de problemas nacionales, para los tres Poderes de la Unión y los diferentes niveles de gobierno, la corrupción parece ser que no pinta, es algo tan inherente al paisaje cotidiano que atacarla parece ocioso, sólo así se entiende que la Comisión Nacional Anticorrupción siga en el tintero, y el titular de la Secretaría de la Función Pública sea un encargado más del despacho. 

El ejercicio práctico de la transparencia –materializado en solicitudes de información– es cuestión de enterados y la mayor proporción del dinero público se ejerce con absoluta discrecionalidad, en todos los niveles de gobierno se tienen reglas que incentivan la corrupción, en ese sentido, la Comisión Nacional Anticorrupción no es solución, pero sí mecanismo, mantenerla en el limbo es la mejor forma de ignorar el problema. 

Según comentarios de amistades cercanas y conocedores del tema, el valor positivo de la corrupción es que sirve como aditivo de la maquinaria económica, que lubrica el engranaje del sistema de justicia y que es factor indispensable para que las cosas caminen y funcionen (con dinero baila el perro). La sanción social a las prácticas de corrupción es inexistente, por el contrario, se alientan y aplauden: el que da una “mordida” o consigue un contrato o un “hueso” a través de prebendas, recibe un calificativo de lo más positivo, es hábil, tiene “colmillo”, sabe su negocio. 

Se afirma que el corrupto queda impune ya que superado el escándalo mediático la corrupción en México no tiene consecuencias, solventándose toda preocupación jurídica. Véase el reciente e ilustrativo caso del ex Gobernador de Aguascalientes: se le acusa por peculado de 26 mdp y paga una fianza de 30 mdp. Mal negocio para la justicia.

En la actualidad y en relación a las reformas constitucionales aprobadas, diversos comentarios callejeros, de café o de cantina, afirman que una vez aprobadas las leyes secundarias de cada reforma, quedará abierto el enorme dique que para la inversión privada representa la corrupción, fenómeno que se traduce en falta de seguridad jurídica, en el encarecimiento de cada trámite o contrato, en los costos de producción y en la rentabilidad de las empresas. 

Si queremos crecer más rápido y atraer capitales con la intensidad pretendida, visibilizar y priorizar el problema de la corrupción parece indispensable, para lograrlo, habrá que dejar de alentarla cuando socialmente obviamos condenarla y hacerle frente cuando el discurso termine y el templete presidencial de Peña Nieto se desmonte, cosa que sólo habremos de reconocer cuando en el corto plazo, acabada la tarea reformista algo siga fallando. 

En el escenario que enfrentamos, la “renovación moral” ante el contacto con el dinero, suena imposible o al menos ingenua, no existen reglas claras ni instituciones fuertes que la soporten; la última que intentamos en los años ochenta con Miguel De La Madrid Hurtado, fue eslogan y no política pública.  

La sociedad mexicana exige a sus gobernantes no más discursos y combatir efectivamente la corrupción, exige la paz y la tranquilidad en sus hogares, lo cierto es que lo necesitamos todos. 

 

 


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