Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

IZQUIERDA A LA MEXICANA

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 10-02-14)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

En México, como en Europa, el concepto izquierda como se sabe, tiene su origen en la revolución política francesa de 1789 y llegó a ser, a partir de un ideario político nuevo, sinónimo del concepto socialismo. Las luchas populares por un cambio revolucionario, hacia el socialismo o por reformas democráticas dentro de un proceso con objetivos socialistas, conocido como la izquierda, en oposición a la derecha compuesta por el conjunto de organizaciones que luchan por consolidar el poder de la burguesía ante el acoso de la izquierda socialista.  

A principios de l919 un fantasma recorrió México, el Partido Comunista Mexicano (PCM), y con ello una corriente de opinión, que planteaba en un sentido claramente progresista las concepciones ideológicas del marxismo–leninismo, bajo la denominación de izquierda. En 1934, el entonces presidente de México, Lázaro Cárdenas del Río, retomó las banderas del constitucionalismo y optó por la creación de una sociedad capitalista en la que el Estado tuvo una intervención decisiva para proteger a la clase capitalista mexicana de la clase capitalista extranjera, que se había apoderado ya de las ramas de la economía más importantes y que por su poderío económico podía reducir a la nada a la clase empresarial mexicana. 

Después de la alianza entre el cardenismo y la permanente división interna de los comunistas mexicanos, el movimiento estudiantil y popular de 1968 abrió espacios políticos que permitieron el surgimiento de una segunda oleada de tipo cardenista conocida bajo el concepto de nacionalismo revolucionario, que bajo el mando político del líder electricista Miguel Galván (galvanismo), dio origen a un frenesí aglutinador de amplios contingentes populares y, los partidos socialistas por fusionarse y participar en las elecciones con mayores posibilidades de ascender en la preferencia de los electores mexicanos. 

El nacionalismo revolucionario, sin embargo, fue destruido por los gobiernos de Luis Echeverría (1970–1976) y de José López Portillo (1976–1982) destruyendo las corrientes opositoras que militaban en el sindicalismo universitario que era el sector gremial que apoyó a los electricistas que comandaban el nacionalismo revolucionario. Con su derrota se fueron abandonando, no reformando, los principios socialistas que abrían el paso franco hacia la desaparición del socialismo como objetivo de lucha y trajo consigo la muerte del socialismo como opción política para los mexicanos. 

Ésta era la situación política e ideológica de los socialistas mexicanos, quienes se asumieron como la izquierda mexicana, y así fueron conocidos dentro y fuera del país, cuando llegó la movilización popular en torno al nuevo cardenismo comandado por Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo del general Lázaro Cárdenas. 

El surgimiento del nuevo cardenismo, como un fenómeno electoral, a partir de la movilización y el resurgimiento de las clases populares y medias en la escena electoral con posibilidades de llegar a la Presidencia de la República, a la que se sumaba una tradición política de los socialistas mexicanos favorables al viejo cardenismo, hizo del nuevo cardenismo su receptáculo político lógico.  

La mayoría, se sumó al proyecto cardenista de 1989 para crear el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el cual se le dio el tiro de gracia a la ideología socialista que había sido matizada ya en el Partido Mexicano Socialista (PMS) la izquierda política mexicana llegó a su fin con su creación.  

La polémica actual en torno a si el PRD y sus distintos componentes, o sólo alguno de ellos y no otros, constituyen una opción de izquierda es una confrontación política que nada tiene que ver con la realidad política en que viven las clases populares ni el ideario político, en que se sustenta el PRD, da lugar al surgimiento de bases políticas para pensar que en este partido anida el núcleo de dirigentes con pensamiento socialista, líderes que están en vías de transformarse en los conservadores del sistema capitalista mexicano que, por un acto reflejo, se definen como políticos de izquierda. 

Los socialistas mexicanos de los 80 abandonaron el socialismo y para ocultar su fracaso y su abandono de esta opción política pretenden adulterar el concepto de izquierda asociándolo con políticas reformistas que ni siquiera pueden compararse con las propuestas del nacionalismo revolucionario de los 70. Las masas populares, con sus luchas populares y su participación en las urnas, han sido las que empujan a los ex socialistas mexicanos a posiciones democráticas con las que ni siquiera están convencidos. 

En el México actual, el llamado que algunos burócratas partidarios de la llamada izquierda (PRD) han hecho en los últimos días para unificar esfuerzos de oposición a la reforma energética, ha caído en el vacío que ellos mismos crearon. Saben muy bien que no hay lugar para especular sobre los efectos que tendrá la llamada reforma energética. Saben también que no se irá con ella más allá de un nuevo reparto del botín en que se han convertido, con el artilugio legal, los bienes y las riquezas nacionales y que como ya es costumbre, veremos que dicho reparto en no más de cinco años quedará entre los preferidos del poder, sean locales o externos. Poco o nada goteará a la base como pretenden hacerlo creer discursivamente los voceros del oficialismo.

El sinvergüenza y exhibido Rene Bejarano, al convocar a una insurgencia civil pacífica para pugnar por una consulta ciudadana contra la reforma energética dijo que se haría un llamado a la unidad de las izquierdas y según él dos cosas han perjudicado a la izquierda y al país: la firma del pacto por México, que la izquierda democrática nacional siempre combatió y que la mayoría del PRD nunca estuvo de acuerdo, y la división de la izquierda que se propició a raíz de que López Obrador decidió convertir a Morena en un partido político, ambas ayudaron al PRI y al PAN.

Respecto al pacto por México, su conexión con la venidera subasta petrolera y eléctrica es directa, sin tapujos que la cubran. A ello contribuyeron, con diligencia inaudita los mandones del PRD, que en esas convenencieras aguas se movieron a sus anchas y, ahora, espantados por las consecuencias  corren en pos de ayuda y salvamento. El lobo les carcome las pocas bases de sustento que podrían tener. Las elecciones de 2015 darán puntual cuenta de ello.

Ahora AMLO buscará que Morena (único organismo que tiene y ensancha su base popular), sea el partido hegemónico de la izquierda y en la búsqueda de refrendar su registro en 2015, se convertirá en el principal rival de la unidad de la izquierda, ya que requiere de cuadros, militancia y clientela de dichas organizaciones PRD, PT, PC. Y hace bien en deslindarse de los llamados chuchos a defender las riquezas ya en inminente subasta. No podría ser de otra manera. Los llamados chuchos (y demás aliados), bien aferrados a los cargos directivos del moribundo PRD, después de sus trapacerías, pretenden aliarse con Morena y con AMLO para presentar frente común ante el poder priísta. Usan para ello la muletilla de la unidad para potenciar las fuerzas de izquierda.

Por su parte Marcelo Ebrard (uno de tantos priistas que han llegado al PRD), ha expresado en varias ocasiones, la necesidad de un espacio de encuentro progresista con Morena, Movimiento ciudadano y el PT, así como con las diversas expresiones sociales de izquierda. Preparando su salida, coincide con Bejarano en que Cárdenas sería el único que puede garantizar que no hubiera desbandada de perredistas. Él ya negoció su candidatura como diputado por MC o PT. Los chuchos quedarían entonces culpables de traicionar y vender a la izquierda, de fracturar al PRD y en última instancia de su debacle electoral. Además, la batalla por el DF agudizará más el enfrentamiento entre la izquierda, el enemigo común es Miguel Ángel Mancera quien pretende tener su propia tribu aliada con Nueva Izquierda como plataforma para su candidatura presidencial.

Para muchos especialistas en la materia, la izquierda mexicana de hoy, no tiene un discurso ideológico, carece de una visión sobre la construcción de un sistema político socialista, su fuerza militante se encuentra sólo en algunos movimientos contestatarios, de autodefensa y de reivindicaciones de corto plazo que sólo representan el conseguir del gobierno federal soluciones negociables. Sus militantes ocupan posiciones en la burocracia, asesoran a los órganos de seguridad nacional, derechos humanos y los más radicales ocupan puestos de gobernadores (Puebla, Tabasco, Morelos, Tlaxcala, Guerrero y D.F, entre otros), diputados y senadores.  

Primera conclusión, en el PRD anida la opción política cardenista que, a su vez, constituye una opción política del empresariado nacional, no de las masas populares y no existe la opción socialista o popular, que es la base política fundamental para hablar de la existencia de una corriente política de izquierda, tal como ésta fue desarrollada a lo largo del siglo XX, la cual se perdió en 1989 al crearse el sol azteca que ya ni siquiera es un tema de discusión nacional. 

La opción socialista y los grupos políticos que pueden recuperar el concepto de izquierda, asumiéndose como legítimos continuadores del socialismo en México, que rechazaron su integración en el PRD, están en una posición de marginalidad tan extrema que aún no podemos hablar del renacimiento de la opción socialista y de izquierda en México, y lo peor para las masas populares en México es que quizá esta ausencia se prolongue por mucho tiempo. 

Segunda conclusión, la defensa de un modelo alternativo al actual no fructificará mediante la firma de cooperación entre unos cuantos dirigentes notables de la izquierda. La harán las masas afectadas que ya comenzaron a empujar hacia adelante. El proceso para alentar una mayor conscientización tendrá que multiplicarse para llegar robustecidos a las elecciones venideras: las inmediatas de 2015 y las mediatas de 2018.  

 


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