Linea Directa


EL PRESIDENTE, EL EJÉRCITO Y LA PGR
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 14-05-01)

Lo que para un presidente normal hubiera significado una piedra en zapato, a Mr. Fox la PGR se le ha convertido en un pedrusco en la bota; no lo deja caminar a gusto y hasta tiene que disimular la enorme molestia que le causa esa, cada vez más, lúgubre institución. Sin embargo, el problema debe analizarse en su contexto político, si se pretende llegar a conclusiones válidas.

La Procuraduría General de la República venía en el paquete que Mr. Fox se sacó en la rifa del tigre. Cuando Ernesto Zedillo le planteó al ahora mandatario que, para obtener el apoyo incondicional de del Ejército sin arriesgarse a provocar un golpe de Estado castrense, serían necesarias tres condiciones: 1.) aceptar la jaula de oro, esto es, entregar su seguridad personal al Estado Mayor Presidencial, 2.) seleccionar, de entre los candidatos del general Enrique Cervantes Aguirre, al secretario de la Defensa Nacional y 3.) entregar la PGR para que fuera manejada por militares.

A Mr. Fox no le gustó la idea, pero después de consultarlo con la almohada y con quien tenía que consultarlo, dobló las manos y aceptó. Pero viéndolo bien la cosa no ha sido fácil. Aunque le prometieron al presidente reformar la institución utilizando toda la fuerza de la disciplina del Ejército, pronto descubrieron que se enfrentaban a un organismo irreformable y altamente pernicioso que, como una manzana podrida, donde le rascaran salía un gusano. Años de administraciones inexpertas y poco eficientes, como la de Antonio Lozano Gracia o, de plano completamente corruptas, como las de Enrique Alvarez del Castillo, Jorge Carpizo y Jorge Madrazo, llevaron a la PGR a exhibir su derecho a reclamar el título de la más corrupta de las dependencias gubernamentales del Estado mexicano.

Parece difícil que los esquemas mentales de un administrador puritano, que utiliza criterios gerenciales para su toma de decisiones, le permitan darse cuenta que un problema de esa naturaleza no se soluciona con persignadas, o con buenas y santas intenciones. La última vez que el Estado mexicano enfrentó un problema de esa naturaleza le fue muy mal. Eso fue cuando se decidió disolver la temida Dirección General de la Federal de Seguridad, enclavada desde su creación por Miguel Alemán, en la Secretaría de Gobernación. Fue como abrir la caja de Pandora; aquellos que detentaban los males de la violencia, acostumbrados a ejercer su monopolio, llevaron a nuestro país a conocer niveles avanzados de intemperancia, en un proceso irreversible que aún en nuestros días es posible apreciar sus maléficos efectos.

¿A quién le sirve una Procuraduría General como la que tenemos? ¿A la DEA? ¿Al presidente? ¿A la CIA? ¿Al Ejército? o ¿a los narcotraficantes?

A esto se enfrenta Mr. Fox, con sus pobres herramientas, su enfermizo optimismo, su deficiente oficio político, su inexperiencia y falta de malicia. Fox se encara a una organización formada por intrincadas redes de complicidades formadas por la delincuencia organizada, dirigida desde el interior de las instituciones de justicia, con arraigados nexos con el narcotráfico internacional, donde las fuentes de poder real no son ajenas a ese estado de cosas y hacen usufructo de enormes ganancias, de alguna forma reflejadas en el producto interno bruto fiscal. Al Pan, pan y vino al vino.


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