Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

EL MALESTAR ES PALPABLE

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 28-10-13)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

 

Estimado lector, si Usted observa la discusión sobre las llamadas reformas estructurales impulsadas por la Presidencia, estará de acuerdo que salvo los matices más impugnados por la derecha, persiste la misma orientación que ha presidido la política económica en las décadas recientes. Las élites de dicha política no solamente se resisten a dejar atrás el viejo catecismo, sino que compiten por parecer los más adoradores de la ortodoxia, como tristemente le ocurre al PAN que chantajea porque sabe que coincide en lo fundamental con la Presidencia y quiere sacar raja.

Por su parte, la izquierda, dividida en varias tribus, está en contra de sacrificar el interés nacional al proyecto de subordinación a la globalización o, cuando menos, al capitalismo estadounidense, pero tampoco acaba por ofrecer un camino seguro y transitable a corto plazo para construir la opción que hace falta. Además, en los altos círculos del poder se habla de la economía como si fuera un juguete creado para medir el ingenio de algunos gurús de la tribu (Carstens y Videgaray, entre otros), sin que se les ocurra jamás establecer una relación de causa-efecto entre las medidas que ellos deciden y las necesidades que tenemos la mayoría de la sociedad y muy particularmente, más de 50 millones de mexicanos que estamos considerados como grupo vulnerable.

En las discusiones, la voluntad de rectificar parece ser nula. No obstante que las estadísticas (dicen que no mienten) dan cuenta de que hoy tenemos más pobreza que ayer, que se promueve un país sin hambre y que la desigualdad se mantiene como la gran estructura sobre la cual se perfilan las ambiciones de la élite gubernamental y del sector privado; los sueños de las clases medias que se enmascaran entre el privilegio informal y la miseria salarial, quedan definidos al capricho de los supuestos expertos por la pasión consumista que da identidad a la pequeña burguesía de otros tiempos.

En vez de sopesar nuevos arreglos, fundados en el interés de la mayoría para reducir la desigualdad, crear empleo y lanzar un ciclo de crecimiento, lo único que se escucha en medio de la recesión es un acto de fe en el modelo actual con variantes en favor de la irrestricta libertad de empresa. Las evidencias abundan. Véase, por ejemplo, la unanimidad para decir que el Banco de México debe conservar como único mandato el de reducir la inflación (lo cual no ha logrado), sin que sea su responsabilidad poner en práctica acciones de impulso a la economía y el empleo, o de impedir el adelgazamiento financiero o la caída del estado de bienestar.

Nada importa si la generación de empleos en el sector formal de la economía mexicana registró una caída anual de 38 por ciento de enero a agosto de este año (La Jornada, 15/10/13) ¿Es un dato inocuo? ¿Lo es a pesar del notorio aumento de las protestas sociales en todo el país? Si por voluntad superior, se desvanecen día a día las cifras del horror criminal, la triste realidad es que la violencia estalla sin control aquí y allá, tal vez como indicador de que algo va mal, o tal vez como advertencia de lo que nos espera si no se toman en serio y pronto las señales de precaución.

El malestar es palpable, el gobierno no es serio en sus planteamientos. No habla de frente sobre sus intenciones en materias decisivas como la reforma energética y la reforma fiscal, pero sin duda sabe qué quiere, aunque prefiera la opacidad de las supuestas negociaciones que le permiten crear mediáticamente la ficción de la unidad. De algo sí están seguros: lo más importante es la reforma constitucional y luego todo vendrá por añadidura, aunque la corrupción siga intacta.

Para alcanzar un México en Paz, Incluyente, con Educación de Calidad, Próspero y con Responsabilidad Global, como se señala en el Plan Nacional de Desarrollo no es un asunto reductible a la ética o al diseño técnico. Hace falta unir todas las piezas en un genuino proyecto nacional compartido. Pero ese ideal, sin embargo, no cabe en el marco constitucional mexicano sin comprometer sus principios y la coherencia indispensable.

El malestar es palpable. Pero no pasa nada; no en la forma y magnitud que podría suponerse si la realidad se ajustara a las visiones, normas y principio éticos que creemos universales y que se escriben con letra mayúscula en la Carta Magna.

 

 


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