Linea Directa


DIPLOMÁTICO PERUANO CANDIDATO AL PREMIO NOBEL
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD19-04-01)

La hermana República del Perú le ha regalado al mundo una muestra de ingenuidad digna de ser registrada en el libro de records Guiness. El Excelentísimo señor embajador don Carlos Alzamora, representante de su país en Washington, en un alarde de sublime inteligencia se presentó en el cuartel general de la CIA en Langley Virginia, para solicitar que esa benemérita y prestigiada institución le ayude al Perú a localizar y capturar al señor Vladimiro Montecinos, ex asesor del ex presidente Fujimori.

El embajador Alzamora fue tratado con displicente cortesía, no exenta de algún involuntario dejo de prepotencia, por las autoridades de la Agencia Central de Inteligencia, asegurándole que no se preocupara, que ellos actuarían para que se hiciera justicia y pudiera ser aprehendido el ahora vulgar delincuente que en su momento llegó a ser el segundo hombre de a bordo en la nave del Estado peruana. Y, para colmo del asunto, el brillante diplomático se creyó todo el cuento chino y hasta salió genuinamente orgulloso de tan delicada como inútil gestión.

A alguien que cometa un pecado de ingenuidad como el descrito por el señor embajador, en México le llamamos de una forma un tanto peyorativa pero muy real: incluye las letras "p" con "d" con "j". Porque ¿a quién se le hubiera ocurrido ir a buscar a un prostíbulo a la madre Teresa? De ese tamaño es el "pequeño" error del diplomático peruano.

Es muy probable que al representante de Perú en Washington se le haya escapado leer esta hoja web de Línea Directa, cuando tratamos lo relacionado al problema de la crisis peruana, pero lo más increíble es que no haya leído detenidamente algunas importantes crónicas publicadas por los medios escritos de su país, donde se daba por un hecho que Vladimiro Montecinos inició, desde muy joven, su carrera como agente informal de la CIA y nunca dejó de serlo, hasta que se vio obligado a abandonar su puesto acusado de alta corrupción y desmesurado enriquecimiento ilícito.

Finalmente, y para colmo de la desvergüenza, las autoridades de la CIA que recibieron al ingenuo embajador, reconocieron abiertamente que Montecinos mantuvo una relación con ellos de colaborador, y aún así, el diplomático salió muy orondo de tan feliz encuentro. ¿Acaso no se merece una medalla del tamaño de un cencerro?


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