LAS PROFESIAS
Por Gerardo Reyes Gómez

Hoy me levanté con ánimo para hacerla de pitoniso, de oráculo o, ya de perdida, de adivino. Pero no siendo un mago de la escuela de Merlín y ni siquiera un merolico de Tepito, restringiré mi campo al ámbito político y anunciaré, con decidido acento, lo que el destino depara a un número selecto de maleantes del poder.

Comencemos pues, con Miguel de la Madrid, el ex presidente que vino por la revancha. Este personaje, que hiciera historia como el primer narcopresidente del país, logrará el próximo sexenio lo que no puedo realizar el general Plutarco Elías Calles: perpetuarse durante más de 18 años en la trastienda del poder. La incrustación de un relevante ex gobernador tamaulipeco en el equipo de campaña de don Pancho, el hombre del presidente, presagia el resurgimiento del Cártel del Golfo, de un nuevo capo y de un renovado narcocompromiso.

  Otro facineroso del sistema político, de nombre Roberto Madrazo Pintado, ocupado por ahora en hacer circo, maroma y teatro disfrazándose de la paloma de la paz, de la democracia y la honradez, pronto se venderá, como suripanta de tacón dorado, por algo más de treinta monedas a don Pancho Labastida o al mismísimo Zedillo. El amo de la más vil de las mercadotecnias (la que abusa de la manipulación, del engaño y el cinismo) no resistirá la tentación, porque, al fin y al cabo, el valor del oro de Salinas puede equipararse al poder político que dimanará de un presidente agradecido.

Otro personaje, de los tablados de la mímica y el burlesque, es Roque. Y la profecía es la siguiente: "Roque siempre será Roque"; un actorcito que juega a ganarse las migajas. En este sentido es quizá, el más congruente de los delincuentes de la política.

Sin embargo, el plato fuerte de las profecías lo constituye el señor de Los Pinos. Un personaje de película que a partir del 7 de noviembre notará un enorme derrumbe de su imagen. A partir de entonces, ni las moscas querrán acercarse al señor del Molino del Rey, la compañía más amable la encontrará solamente entre algunos despistados de su guardia pretoriana y aún ellos lo repudiarán, como ingratamente ya lo hace cualquiera que posea más de media docena de neuronas. Los pocos que se decían sus amigos se han sentido traicionados, marginados y arrumbados. Para él, el cruel olvido será el castigo más piadoso; el otro, el del desprecio a su pusilánime actuación, vendrá poco después, pero de que la paga, la paga.
Los anteriores no son ni buenos ni malos deseos, pero así acostumbra a cubrir sus deudas el sistema.