LA CIA TRAICIONÓ A CLINTON NO A EE.UU.
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 12-112-00)

El insólito proceso electoral estadounidense mantuvo sorprendido al mundo por más de un mes. Ahora todos sabemos que el imperio político, cultural y tecnológico del planeta posee uno de los más anacrónicos mecanismos para ejercer la democracia. Después de esto, EE.UU. no volverá a ser el mismo; las consecuencias del ridículo serán amplias y contundentes.

El pueblo norteamericano, o al menos la parte pensante de ese pueblo, tomó nota y conciencia de las tremendas debilidades de su modelo y claro que, así como está diseñado, sería insano tratar de exportarlo a los diferentes países de su área de influencia, misma que excede los límites del continente americano.

Sin embargo, existe un elemento que no ha sido suficientemente analizado en el contexto internacional: la lucha por el poder presidencial en EE.UU. no se da entre dos políticos o dos partidos, en realidad se polariza entre diferentes centros de poder económicos enraizados en el poder militar.

Para los expertos analistas norteamericanos es evidente que en la era del conocimiento, la cantidad y calidad de la información que manejan los contendientes hace la diferencia, entre los equipos de los candidatos. No fue sino hasta la semana pasada cuando se hizo público un dato que todos los expertos conocen: la Agencia Central de Inteligencia, nutría de información política confidencial al candidato George Bush. Eso, insisto, no es nuevo, la CIA está alineada apoyando al hijo de quien hace años fuera su director y luego ocuparía la Casa Blanca durante los años previos a la Guerra del Golfo, aquella eufemísticamente llamada "madre de todas las batallas".

Lo que muy pocos de los analistas de la vida política estadounidense se atreven a publicar es que, con todos los recursos económicos, tecnológicos y un pull de expertos de alto nivel en el espionaje y contraespionaje como aquel con que cuenta la CIA, puestos al servicio de la candidatura del gobernador texano, poco hubieran podido hacer otras agencias de inteligencia paralelas para reforzar la candidatura de Al Gore. La pelea a esos niveles no fue limpia, ni ha sido transparente.

De esta manera quedó claro que la CIA, como un instrumento al servicio de los grupos de poder, no tiene por que guardar lealtad a su jefe formal, que es el presidente de EE.UU., sino que, de manera relativamente autónoma, obedece a otros grupos de interés. Eso hace de la CIA una institución peligrosa, porque representa un poder real al servicio de causas ajenas al gobierno y, de alguna manera una limitante del

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