Linea Directa


LA UNAM Y "EL ENFERMO"

Por Gerardo Reyes Gómez (LD 10-01-05)

A la Universidad Nacional le es indispensable realizar análisis periódicos de sus relaciones con la dirigencia del Estado y estos se hacen para evitar sorpresas que se reflejen en dañinos recortes a su presupuesto y otras decisiones del poder central con las que se le pretende castigar.

No es ningún secreto en los altos círculos académicos que la relación UNAM-Presidencia de la República se ha deteriorado durante los dos últimos años, producto de circunstancias tan claras como especiales. Entre ellas, la UNAM continúa enarbolando, entre otros, el estandarte de la crítica política, representando su tradicional papel de “conciencia del Estado”; porque en la UNAM la crítica es consustancial a su esencia.

Por otra parte, el mundo académico vierte sus opiniones, puntos de vista, juicios o peritajes, de acuerdo sea el caso, de como estudia, analiza o percibe la vida institucional y el desarrollo de la administración. Los resultados los publica y difunde por diferentes medios, como parte de su quehacer cotidiano. Sin embargo, en un entorno político con evidentes tendencias al autoritarismo, eso no es bien visto.

La crítica cerrada, la que no se publica ni propala, para no enturbiar las relaciones entre la UNAM y la dirigencia política del Estado, es la que se hace entre la elite de intelectuales y funcionarios universitarios de todas las disciplinas, y me inclino a pensar que pasa lo mismo en otras casas de estudios públicas del resto el país, porque a esa crítica la consideran irreverente o hasta subversiva. En tales círculos se menciona a un personaje al que, desde hace por lo menos un par de años, se le conoce como “el enfermo”, lo cual evidentemente es un eufemismo para referirse a un funcionario del más alto nivel de la administración pública federal que da innumerables muestras de insana conducta y una patología esquizoide.

Sin embargo, ese tipo de crítica termina por trascender, cuando es sabido que en la UNAM están debidamente representados todos los servicios de inteligencia de las diversas dependencias del Estado y, como la crítica abierta, ésta tampoco les agrada en las alturas de la administración pública federal.

Si a lo anterior agregamos que el rector de la UNAM, atendiendo a sus legítimas convicciones personales, proyectó extramuros universitarios una imagen que, de alguna manera, compite con liderazgos institucionales, situándose como el mejor y más popular candidato a la Presidencia de la República de extracción apartidista, en un momento histórico de crisis extrema de partidos, terminó siendo visto como un adversario, líder de la comunidad de la inteligencia y del conocimiento; dos renglones en los que la administración federal esta muy escasa.

Así que no es de extrañar que el doctor De la Fuente se haya visto obligado a desplegar una estrategia de defensa del presupuesto universitario y forzado a enviar operadores a cabildear reconsideraciones en el Congreso, con argumentos válidos y contundentes, habiendo obtenido con ello un sustancial incremento al proyecto de presupuesto presentado por el poder central, a la soberanía legislativa a fines del 2004.

Lo anterior seguramente le dolió al “enfermo” porque, más rápido que los efectos de un tsunami, con epicentro en Los Pinos, giró instrucciones para que uno de sus secretarios hiciera una encuesta muy sui géneris, (como las acostumbra) para calificar a las mejores diez universidades del país y, cosa por demás curiosa, entre ellas no aparece la UNAM, a contrario sensu de otras encuestas serias llevadas a cabo por instituciones internacionales.

Solo de una cosa sí puede alegrarse el rector De la Fuente y es que, hasta donde sabemos, él no puede ser desaforado, si no ya lo hubiera indiciado el des-procurador general del “enfermo”.


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