Linea Directa


EL PODER EJECUTIVO Y LA UNAM
Por Gerardo Reyes Gómez (LD 09-09-02)

Al buen entendedor, pocas palabras, reza un enunciado popular de viejo cuño; el rector de la Universidad Nacional, doctor Juan Ramón de la Fuente no asistió al Segundo Informe de Gobierno del presidente Vicente Fox el pasado domingo primero de septiembre, y eso no fue fortuito, porque independientemente de quién fuera el rector, a éste se le consideraba en el pasado reciente como un líder social de primer nivel, al que, de cierta manera, la Presidencia de la República utilizaba como legitimador de muchas de sus políticas públicas. En otras palabras al rector de la mayor universidad del país siempre se le consideró un referente ético y de prestigio.

Sin embargo ahora lo relevante no es que el rector De la Fuente haya faltado a una ceremonia que, aun desacrilizada por los nuevos estilos de gobierno, continúa siendo de enorme importancia para la buena marcha del país, donde se establece una especie de catarsis entre los poderes de la Unión. No, lo verdaderamente importante es que al rector le destinaron un asiento en la galería, con lo cual públicamente se le relegó a una posición de desdoro para su investidura intelectual. Y como en política las formas son fondo, la administración foxista, o la mayoría panista en el Congreso que para los propósitos de este análisis es casi lo mismo, se infiere que las relaciones institucionales entre la instancia presidencial y la UNAM muestran un evidente deterioro.

Para Vicente Fox, el primer presidente egresado de una universidad privada, debe ser extremadamente difícil entender lo que significa la Universidad Nacional y, probablemente, para éste funcionario ello signifique una hazaña francamente insuperable.

Mientras que la UNAM no atraviesa ahora por su mejor momento, debido a diversas causas como por ejemplo: las restricciones presupuestales y limitaciones que imponen las constantes crisis económicas del Estado, la precaria disponibilidad de recursos para la investigación; la falta de un sistema equitativo y justo de seguridad social que permita la renovación oportuna de cuadros académicos para su rejuvenecimiento y el reciclaje de nuevas opciones; la sangría de profesores calificados que son coptados por las universidades privadas que les ofrecen mayor remuneración, sin haber invertido un peso en su formación; la migración de sus egresados, que gracias a la educación recibida le abre posibilidades de empleo en el extranjero; formas anquilosadas de selección de nuevos cuadros académicos y añosas e ineficientes prácticas administrativas influenciadas por un sindicalismo que dejó de ser de avanzada para tornarse en un pesado lastre que impide, o al menos retrasa, su libre movimiento.

Con todo, la UNAM continúa siendo un sujeto social de enorme influencia política cuya función, además, no ha sido sustituida por ninguna otra institución nacional. En las universidades privadas, por su propia naturaleza, no están suficientemente representados los intereses de las clases medias o grupos marginados del desarrollo: son incapaces de articular un discurso humanista que dé sustento a valores de justicia y al avance democrático de la sociedad. Por ello es muy peligroso que el Poder Ejecutivo desdeñe a un núcleo tan importante de pensamiento crítico, un centro de estudios y reflexión que, confrontado, podría incendiar al país, desde luego ya no con las tácticas y estrategias del siglo pasado, sino fomentando ideologías de contraimperio y estructurando la bioproducción del pensamiento crítico del fenómeno global.


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