NUEVA RELACIÓN GOBIERNO-UNIVERSIDAD
Por Gerardo Reyes Gómez.

La UNAM todavía no digiere cabalmente el cambio político que significó la derrota electoral del candidato del PRI. Justo a un par de días de haber recibido el rector Juan Ramón de la Fuente un doctorado Honoris Causa, por la Universidad limeña Ricardo Palma, estrepitosamente se derrumbó el edificio de las ilusiones del ex partido oficial; ahora, para la UNAM, la perspectiva se antoja dramática.

Urge una reflexión serena y profunda sobre la nueva relación Gobierno-Universidad. Dadas las actuales circunstancias, muchas cosas necesariamente tendrán que cambiar.

Con los gobiernos priístas la autoridad universitaria guardaba una adecuada distancia con el gobierno federal, sin embargo, esta no eximía al rector de ser considerado por el jefe del Ejecutivo como un miembro del gabinete ampliado. Casi no había evento relacionado con el ámbito de la cultura, la ciencia o la tecnología en el que participara el presidente de la república y en el cual dejara de participar el rector de la UNAM, como representante de su comunidad pero, al mismo tiempo, para legitimar la gestión federal.

Poco o nada podían hacer los rectores de la Universidad para cambiar esa sui generis relación. El rector debía recibir el apoyo de al menos un miembro del Estado Mayor Presidencial, que le garantizara su seguridad personal, pero que, en la práctica, siempre sirvió para elaborar reportes militares confidenciales de las actividades públicas y privadas del rector. Esas eran, y mientras no se cambien, aún lo son, las reglas del juego, porque sabido es que ningún rector podía mantenerse en su puesto si contaba con la animadversión del presidente. El último de los rectores que sufrió en carne propia el rechazo presidencial fue el doctor Pablo González Casanova y fue a partir de entonces,  cuando la Junta de Gobierno de la UNAM se preocupó, en aras de mantener la estabilidad política de la Universidad, en tomar en cuenta la opinión presidencial para la designación del rector; se le ofreció una especie de capacidad de veto que algunos presidente ejercieron con puntualidad, hasta que el doctor Ernesto Zedillo rompió con la tradición y seleccionó con meses de antelación al doctor Francisco Barnés de Castro, como heredero del doctor José Sarukhán.
Ahora con un presidente que se confiesa empresario, más que político, y siendo egresado de una universidad privada, las cosas poco a poco tendrán que desdibujarse  y volverse a construir.

Por lo anterior se vuelve aún más prioritaria la auto transformación de la UNAM, cuando todavía no se sabe si la Universidad tendrá la misma libertad de acción para llevar a cabo el cambio. Lo que sí se puede anticipar es que el papel que juega el doctor José Narro Robles, como el gran estratega del rector De la Fuente, ha tomado una muy especial relevancia y en su momento veremos los resultados de tal medida.