EL PRESIDENTE TRAICIONADO
Por Gerardo Reyes Gómez

Cuentan que en una famosa cena en Jerusalén, cuando Jesús auguró que sería traicionado, Judas mirándolo a los ojos dijo: ¿acaso seré yo Señor. De la misma forma el presidente Ernesto Zedillo sorprendió a los mexicanos cuando la semana pasada pronunció en público su celebre frase: "no estamos en un concurso de popularidad".
Patética, por decir lo menos, resultó la oración del presidente. Si bien es cierto que refleja el íntimo anhelo del mandatario, creemos que tampoco está en un concurso de impopularidad y, sin embargo, han sido tales sus esfuerzos, que lo ganó con creces.
Claro que, siendo honestos, estamos obligados a reconocer que el mandatario se vio sincero. Decantando la expresión del doctor Zedillo, ésta engloba el reconocimiento más profundo a su fracaso; para él comenzó demasiado pronto la pesadilla de Los Pinos.
Debemos admitir, por otra parte, que el presidente mexicano no ha estado solo para realizar la negativa hazaña de su gran impopularidad. Le han ayudado la mayoría de sus secretarios de Estado y, sobre todo, aquellos en que, ante su falta de sensibilidad política, confió  para que le proporcionaran guías de comportamiento en su toma de decisiones en la conducción del país.
Traición, quizá no sea un término demasiado duro para calificar a aquellos que recibieron la total confianza presidencial y, en aras de perseguir su ambición personal, cometieron la villanía de engañar, distorsionar y mal informar al presidente. El resultado es ahora de todos conocido. Aunque la responsabilidad del fracaso de la administración zedillista es del señor de Los Pinos, no podemos pasar por alto la perversidad de quienes le fallaron.
De entre todos sus colaboradores debemos buscar al más cercano o a los más inmediatos, porque sin haber sido electos por el pueblo, tomaron decisiones nefastas para la marcha del país y, especialmente, para poner en evidencia la falta de manejo político de su jefe. A pulso se ganaron ellos el repudio popular. ¿Quién afirmaría, por ejemplo, que Guillermo Ortiz fue un dechado de lealtad, probidad e inteligencia, en uno de los cargos más importantes de la administración? ¿Quién abogaría por don Emilio Chuayffet, como optimo operador político de un presidente que vio traicionada su confianza y buena fe? ¿Quién sería capaz de defender la capacidad política y la eficiencia de Arturo Núñez, para controlar en el Congreso a una fracción priísta desbocada e iracunda, así como su casi inexistente capacidad negociadora con una oposición que desde el principio de la actual legislatura lo rebasó?

El presidente traicionado, arrinconado y casi solitario, pronto tendrá que enfrentar a su consciencia y preguntarse: ¿quién es el principal de mis colaboradores que me juró lealtad y me falló?