Linea Directa


LA DIPLOMACIA MEXICANA AL SERVICIO DE EE.UU.
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 25-02-02)

El globalismo, como política de un Estado imperial, tiene antecedentes antiquísimos. Sin llamarlo como lo denominamos ahora, el globalismo en sus formas incipientes, lo exportaba la vieja China Imperial y su equivalente occidental, el Imperio Romano. Y éste, que parece un fenómeno moderno porque nunca había alcanzado tan poderosa inercia, es una manifestación eminentemente política, antes que económica. En ese contexto analicemos la actuación de un controvertido personaje, ahora situado literalmente en el ojo del huracán.

El canciller Jorge G. Castañeda, es un producto muy pragmático de la globalización; al mismo tiempo podríamos clasificarlo como uno de los primeros funcionarios a los que los EE.UU. han logrado colocar en la cúspide de poder en México, con todos los beneficios que eso conlleva para aquellos que lo llevaron a la posición que hoy ocupa.

En primer lugar, con solamente el acto de hacer jefe de la diplomacia mexicana a Castañeda, los EE.UU. tomaron el control de una importante red de información internacional: el cuerpo de embajadores, cónsules, agregados comerciales y culturales y demás funcionarios que representaban los intereses mexicanos en el extranjero. Sin embargo ahora la información captada por esa red, está para ser clasificada, seleccionada y retransmitida a centros de información y análisis en el imperio.

A quien piense que ese tipo de  información es irrelevante, ya que los EE.UU. cuentan con una bastísima red de servicios de inteligencia operando en prácticamente la mayor parte del mundo, le recordamos que a pesar de poseer durante más de medio siglo esa red, los estadounidenses fueron incapaces de prever el derrumbamiento de la Unión Soviética y, sobre todo, el ataque del 11 de septiembre a las Torres Gemelas en Nueva York. Aunque esto último no es estrictamente cierto, puesto que los servicios del Mossad, la inteligencia israelita, sí detectaron con días de anticipación el ataque y, en rigor, como sus más leales aliados que son, avisaron a ciertas cabezas de la inteligencia estadounidense. Si ellos no actuaron en consecuencia se debió a otros motivos muy ajenos a la ignorancia. Sin embargo, hecha esa salvedad, la información, cuando posee calidad, nunca es desdeñable.

Formar parte de la seguridad nacional de los EE.UU. probablemente posea sus ventajas estratégicas, como bien podría asegurarlo el canciller Castañeda, pero entre ellas no está la de la de la mínima reciprocidad. México, en materia de información, no puede obtener nada que sea de su interés, si previamente no se valúa para dejarnos conocer sólo lo que a ellos les conviene que conozcamos.

En pocas palabras, a los EE.UU. les causaría terror si tuviéramos una terminal de computadora conectada a alguna de sus cuatro supercomputadoras que operan el sistema Echelon. Así que el Departamento de Estado se limita a usar al canciller Castañeda, como lo que es: un traidorcillo a su servicio; nunca como su socio.


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