¿UN SECRETARIO ARREPENTIDO?
Por Gerardo Reyes Gómez.


El Dr. Juan Ramón de la Fuente, quizá el más brillante y seguramente el menos maleado de los actuales secretarios de Estado, no tiene problemas para conciliar el sueño, aun cuando se vio obligado a servir de fiel de la balanza para darle gusto al presidente Zedillo, colocando en la rectoría de la UNAM al Dr. Francisco Barnés de Castro, sin embargo, podría jurar que eso, al de Salud, no lo llena de orgullo.

Barnés está pagando, más pronto que tarde, su novatez. Las diferencias políticas entre los grupos internos han propiciado un estado parcial de ingobernabilidad en la Universidad. Bloqueado el rector por el supersecretario Malo que acaparó para sí, de acuerdo al diseño del ex rector José Sarukhán, las tres funciones fundamentales de la administración, y además por otros funcionarios como el secretario general de la UNAM, "sugeridos" por la plana de mando anterior, Barnés comenzó a interpretar el papel de primer actor de un enorme teatro Guiñol.

El reciente papelazo de la UNAM en relación al "error" en la publicación de las listas de aspirantes aceptados y rechazados, es la punta del iceberg, y ha sido interpretado como una trampa puesta a Leopoldo Silva, el responsable del área, a quien se identifica con las huestes nada ortodoxas del director general de información, Gerardo Dorantes. En esta sucia lucha interna entre facciones políticas universitarias la gran perdedora es la gran casa de estudios, pero es evidente que al equipo humano cercano a Barnés carece de sensibilidad.

En su afán de cumplir su compromiso con el presidente, de llevar el noliberalismo a la Universidad, el rector permitió ser copado por tecnócratas, por cierto no de los más inteligentes, quienes lo pueden llevar, en tiempos políticos críticos, a encender en la UNAM las luces rojas del conflicto.