UNAM, S. A. de C. V. y R. L.
Por Gerardo Reyes Gómez.

El doctor en química Francisco Barnés de Castro, gerente general de la Universidad Nacional Autónoma de México, S. A. de C. V. y R. L., se encuentra empeñado la gran transformación de la que fuera la gran casa de estudios para convertirla en una empresa, capaz de formar los cuadros técnicos que requieren las instituciones dedicadas a la producción de bienes y servicios de la iniciativa privada y del sector público.
Lo anterior conlleva un cambio de visión, perspectiva y objetivos de la Universidad para llevarla a ser una empresa de servicios y proporcionar soporte a una economía abierta y de libre mercado, inmersa en un acelerado proceso de globalización, de acuerdo al actual modelo económico impuesto por la dirigencia del Estado mexicano.
Desde este particular punto de vista, según opinión del Dr. Barnés externada en varias ocasiones, la Universidad puede y debe ser dirigida con criterios de alta eficiencia, para lograr sus objetivos con la menor cantidad de recursos, pero en el menor tiempo posible. Esta es la filosofía del, más que rector, gerente de la UNAM, respaldada sin cortapisas por el jefe del Poder Ejecutivo, quien se sirvió imponer en la rectoría al Dr. Barnés, mediante el concurso de la fuerte influencia del Dr. Juan Ramón de la Fuente, en la Junta de Gobierno, en una cerrada votación en la que en el último minuto fue descalificado por la Junta de Gobierno, el Dr. Salvador Malo Alvarez, actual secretario de Planeación de la UNAM.
Queda claro que la transformación de la Universidad se aparta de la letra y del espíritu de la Ley Orgánica de la UNAM. Los objetivos de generación, recreación y difusión del conocimiento pasan, con esta nueva perspectiva del señor gerente de la UNAM, a segundo término porque, al parecer, es más importante adecuar fines y programas de estudio a las pragmáticas necesidades de un sector empresarial, que ajustarse a la libertad de investigación científica y su correlativa libertad de cátedra.
En términos precisos, algunos renglones del conocimiento perderán prioridad, porque es mucho más importante formar economistas, contadores, auditores, administradores de empresas, diseñadores gráficos, por mencionar solo unas pocas especialidades, que formar filósofos, historiadores, astrónomos, sociólogos, literatos o poetas que a nadie en la industria le interesan. La ley de la oferta y la demanda modulará la producción intelectual y serán las leyes del mercado las que den las pautas a la administración universitaria para canalizar esfuerzos y recursos a los sectores altamente demandados entre la gama de las profesiones.
El pensamiento económico neoliberal que el ex presidente estadounidense Regan y la señora Tatcher, la Dama de Hierro inglesa, implantaran en su momento como el paradigma del desarrollo económico mundial, con todos sus posteriores y evidentes fracasos planetarios, como: los incrementos de la pobreza, del desempleo, de la violencia, la injusticia, la concentración salvaje de la riqueza, la involución educativa, el injusto reparto de la riqueza y otros muy nefastos efectos, todavía tienen vigencia en México.
Y, lo que es peor, las instituciones que deberían tener la responsabilidad de condenar las modalidades espurias de desarrollo, como la UNAM, ahora se convierten en cómplices y legitimadoras de modelos condenados a la obsolescencia. Debo reconocer que el margen de maniobra del presidente Ernesto Zedillo, así como el del gerente de la UNAM, para oponerse a un modelo que nos es impuesto por la metrópoli policial del planeta, es mínimo, pero al menos en los terrenos de la producción intelectual debería prevalecer la honestidad y ofrecer algún tipo de resistencia, para no transformar a la UNAM en una sociedad anónima, de capital variable y de responsabilidad muy limitada.